El sable de la Revolución. - 11/11/03 (Francia)
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El sable de la Revolución. - 11/11/03 (Francia)

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El 18 de brumario

El sable de la Revolución



Uno de los tantos excesos odiosos, infantiles y ridículos en que había derivado el proceso de los primeros años de la Revolución Francesa de 1789 fue desechar a la religión. La Convención votó, por ejemplo, que en adelante Notre-Dame de París se llamaría Templo de la Razón, la nueva diosa legal. Por todo el país las iglesias fueron cerradas, destruidas o convertidas en salas de teatro, de circo, tabernas o almacenes, e incluso se prestaron a orgías y saturnales y a cualquier tipo de mascaradas sacrílegas. Había que adoptar también un nuevo calendario que dejara en el olvido las fechas tradicionales fundadas en la vida de Jesús, los domingos y la memoria de los apóstoles, confesores y santos. El calendario republicano fue adoptado por la Convención en 1793 y se empleó durante doce años, hasta el 1º de enero de 1806, en que se reestableció el gregoriano. Era agreste y floral, con bellos nombres de meses que reflejaban las brumas y nieves del invierno, el fulgor del sol y las cosechas del verano.

El 9 de noviembre de 1799 se denominaba entonces 18 de brumario del año VII. Ese día se produciría el golpe de estado que daría comienzo a una nueva edad, e institucionalizaría la revolución en torno a un nombre: Napoleón.

Después de una década de jacobinos y girondinos, después de la guillotina del Terror, después del gobierno de "los podridos", Francia mostraba en todas partes solamente discordia, intriga, debilidad, ratería. El "fondo sano del país", cansado de diez años de revolución y de guerra, harto de sangre, con los nervios agotados, ya embriagado de libertad, buscaba ahora paz, orden, honor, el reinado seguro de las leyes, y trabajo, lo único capaz de ofrecer un horizonte a la vida.

El Consejo de los Ancianos había sido convocado en las Tullerías para las siete de la mañana del 17 por los adictos al pronunciamiento, evitando prevenir a sus colegas hostiles o dudosos. La Asamblea se reunió a primera hora en una sala medio vacía y decidió el traslado de los Consejos a Saint-Cloud, para poner la representación nacional al abrigo de los remolinos parisinos. El decreto fue aprobado sin discusión y se encargó de ejecutarlo al general Bonaparte, llegado hacía pocas semanas de la campaña de Egipto. Una delegación marchó a notificarlo y a conducirle desde su hotel en la rue de la Victoire ante el Consejo para prestar juramento. Rodeado de un séquito de un centenar de generales y oficiales de uniformes en los que el oro había perdido el brillo bajo el polvo de las batallas, ahí va Bonaparte un poco impaciente, altanero, la mirada fija bajo el cielo claro.

En los Ancianos –el senado de la República- es bien acogido. Presta juramento y pronuncia una arenga mediocre, que cometió el error de no preparar. La ceremonia dura menos de un cuarto de hora. De los cinco miembros del Directorio, tres habían renunciado: el abate Siegès, Roger-Ducos –ambos comprometidos en el complot- y Barras, este último a cambio de una suma en especies capaz de dorar un retiro en su castillo. Los restantes, Gohier y Moulin no ceden todavía. Pero la multitud concentrada en las calles se dispersa, las tiendas vuelven a abrirse, se reanuda el trabajo, y la Bolsa sube. La primera parte de la operación, preparada con cuidado, ha sido ejecutada con facilidad. Todavía faltaba la parte más difícil, los Quinientos, el Concejo de los Diputados, presididos por Luciano Bonaparte, aunque dominados por los jacobinos y, sobre todo, la improvisación, que siempre trae sorpresas desagradables.

A la mañana siguiente el general Bonaparte se dirige en coche a Saint-Cloud, mientras los diputados de los Quinientos reprochaban en calurosos conciliábulos a los Ancianos el haberles trasladado bruscamente. En el castillo, vaciado durante la revolución, los tapiceros deben amoblar a toda prisa las salas de reunión: la galería de Apolo del primer piso, completamente dorada, para los Ancianos, y la Orangerie, o invernadero, amplia galería señorial con vistas al jardín, para los Quinientos. La sesión de los dos Consejos empieza al mediodía. En ambos ya se habla de dictadura y se pronuncian en tono amenazador los nombres de Sila, de César, de Cromwel. El presidente Luciano Bonaparte lucha atento y tenaz entre los Quinientos, pero es abucheado al intervenir. Por su parte los Ancianos reciben el ataque de la minoría hostil por no haber sido convocados en la víspera. Por medio de un mensaje se le pregunta al Directorio si existe todavía. El secretario del mismo responde que el mensaje no había podido entregarse porque el Directorio había dimitido en su mayoría. El Consejo de los Ancianos, ayer tan favorable, ahora vacila: no se atreven a declararse en contra de los Quinientos, donde reina la mala voluntad.

Augereau se atreve a aconsejarle a su antiguo general que vuelva a la legalidad.

– Todavía estás en buena posición –le dice.

– Peor estaban las cosas en Arcola –le contesta secamente Bonaparte-. El vino está servido, y ahora hay que beberlo.

Acompañado de sus ayudantes de campo, se dirige hacia la galería de Apolo. Entra a la sesión de los Ancianos y se para en el centro. Los senadores, inmóviles y mudos, le dirigen sus miradas. Bonaparte está lívido. El valiente héroe militar de mil batallas está paralizado de miedo por parecer incapaz ante esos abogados. A duras penas consigue que salgan de sus labios unas frases deshilvanadas. Balbucea, se embarulla, acusa oscuramente. Sabe arengar a soldados, pero no está hecho para una asamblea. Debía proponer la creación del gobierno consular, pero no se atrevió: hizo un gesto que podía pasar por un saludo, y se fue.

En cuanto franquea el umbral, vuelve a adueñarse de sus nervios. Toma algunos granaderos, que deja con sus oficiales a la entrada de la sala, e ingresa ahora a la Orangerie. Los Quinientos están en plena efervescencia. Apenas le reconocen, se levanta un clamor que le clava al suelo:




– ¡Abajo el dictador!.... ¡Fuera de la ley!

Han brotado las palabras temidas... Luciano, desde su sillón, agita desesperadamente la campanilla. Diez o veinte jacobinos, con los puños en alto, se arrojan sobre el general, lo agarran por el cuello, lo sacuden, le chillan desaforadamente en la cara... El cierra los ojos, se le corta la respiración, desfallece, y cuando está a punto de caer... Murat y sus granaderos, advertidos por el ruido, irrumpen en la sala y, a fuerza de codazos, lo arrancan de las manos de los exaltados y lo sacan a empujones casi desvanecido, extenuado, penosamente sostenido.

– ¡Fuera de la ley!... ¡Fuera de la ley! –gritan desaforados al menos trescientos diputados.

"Fuera de la ley" es una marca de infamia que permite a todo ciudadano matar como un perro al que está deshonrado por ella. "Fuera de la ley", el temido título que se llevó tantas vidas por aquellos años. "Fuera de la ley", el grito fatal que derribó al propio Robespierre... Su hermano Luciano intenta por todos los medios evitar la declaración de fuera de la ley. Los diputados le apremian para que ponga a votación el decreto, pero él, después de hablar como presidente, habla como diputado, enhebra frase por frase, ganando minuto tras minuto pero, al final, desbordado, se quita la toga, la arroja sobre la tribuna, y declara en forma patética:

– Renuncio a hacerme escuchar: ya no hay libertad. ¡Depongo aquí, en señal de duelo, las insignias de la magistratura popular!

Sin embargo en ese instante, para sorpresa y asombro de todos, la puerta se abre y entra una docena de soldados que en un abrir y cerrar de ojos sacan a Luciano de la tribuna arrastrado. El rapto del presidente de los Quinientos va a trasmitir de los diputados a Bonaparte la apariencia de legalidad.

El general ha descendido de la terraza a la explanada y le habla a la tropa, que permanece fría, callada, confundida. Pero en ese momento llega Luciano rodeado de sus salvadores, monta un gran caballo y, al lado de su hermano, de pie en los estribos, le exclama a los granaderos con voz potente una arenga de melodrama, pronunciada fogosamente, que la proximidad de la noche hace estremecedora.

– Soldados de la República: el presidente de los Quinientos declara que la inmensa mayoría de este Consejo está bajo el terror y la amenaza de algunos diputados con estiletes, sin duda pagados por Inglaterra, que se han rebelado contra el Consejo de los Ancianos y quieren declarar fuera de la ley al general encargado de ejecutar su decreto. ¡Estos bribones no son ya los representantes del pueblo, sino los representantes del puñal! Confío a los guerreros la tarea de liberar a la mayoría.

Las vivas estallan entre los espectadores del populacho, bastante numerosos. Luciano apoya la punta de una espada sobre el pecho de Napoleón y jura matar a su hermano si alguna vez atentara contra la libertad. La puesta en escena surge efecto: la guardia queda completamente conquistada, los gritos se amplían, irresistibles, hasta que Bonaparte ordena la carga. Murat forma la columna de granaderos y se coloca a la cabeza, sable en alto. Los tambores baten y, a paso rápido, los granaderos marchan sobre la Orangerie con bayoneta calada, de cuatro en fondo. Entran en la sala redoblando los tambores, ante un griterío descomunal. El público de las tribunas se escurre como el agua. Murat ordena echar fuera a todos los diputados. Lucha desigual de abogados y soldados, derribando sillas, los Quinientos se dispersan buscando la salida, por las puertas o tirándose por las ventanas.

Luciano, luego de sacar de apuros a su hermano, acude a los Ancianos a explicar la expulsión de los "terroristas" de los Quinientos por la fuerza armada y los presiona hasta que aprueban el nombramiento de tres cónsules provisorios: Bonaparte, Siegès y Roger-Ducos, y la suspensión de los Consejos. Después logra reunir menos de un centenar de diputados recogidos entre los jardines del castillo y en Saint-Cloud, y preside una sesión que sin discusión aprueba el consulado y le manifiesta al general Bonaparte y sus soldados el agradecimiento de la patria. Por fin a las dos de la mañana, en medio de una heterogénea barahúnda, los tres cónsules llegan a la Orangerie para prestar juramento, que les toma, infatigable, Luciano. Instantes más tarde, la misma escena se repite entre los Ancianos.

En silencio, cansado, con los ojos bajos, el general Napoleón Bonaparte, solo en su coche, atraviesa el bosque de Boulogne bajo el claro de luna, de vuelta a su casa, donde le espera Josefina, rodeada de una multitud que se empuja para felicitarla.

Conseguido el poder, se dispone a consumar la revolución. Sí, Napoleón Bonaparte es la revolución. Está lleno de su savia e imbuido de su espíritu. Ha sido su hijo y seguirá siempre apegado a ella y a sus ideas. Pero tiene conciencia de que para fijar la obra revolucionaria es necesario reconciliarla y unirla para siempre con la nación. Va a reunir esa nación esparcida y dividida, va a darle un orden nuevo, que intentará aplicar a toda Europa. Encarnará así una revolución conquistadora, en el plano militar y en el civil. El joven capitán no comprenderá el poder sino a través de Francia, de la que hará su instrumento y su "dama", como servidor y como amante.

La altiva llama nacida en 1789 encontrará en Napoleón Bonaparte nuevo alimento, con el que abrazará por fin a Francia y a toda Europa. El 18 de brumario de 1799 comenzará a coronarse.





Luciano Bonaparte


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Gentileza:: Agenda de reflexión agendadereflexion@ciudad.com.ar 

 

 

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