SENSIBLES DEL SUR Nº 167   -    USTEDES, en Mensajería   -    CASSIANO RICARDO    -   COLABORACIONES -     1/8/03  (Argentina)
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PARANÁ, Entre Ríos - Mesopotamia Argentina, viernes 8 de agosto de 2003
( Año III - Número 168 )


¡ Me atravesaba un río,

me atravesaba un río !

Juan L. Ortiz


Primera publicación literaria electrónica y gratuita dedicada a la difusión e intercambio de poesía, cuentos, comentarios, reflexiones y opiniones relacionadas con la Literatura y la actualidad social.

 

Idea y edición: ERNESTO A. BAVIO

 


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RECEPCIÓN DE COLABORACIONES  
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También nos encuentra en estos excelentes portales de la Red:

 

El CIRUJA - La cultura en camiseta


 

 

 

CUENTA CONMIGO - Revista gráfica y virtual

 

l

 


4to. ANIVERSARIO  

( Bariloche, 15/10/99  -  Paraná, 15/10/03 )

 

La propuesta es festejarlo a puro texto.
Disculpen la extensión y, a riesgo de repetirme, gracias

 porque sin ustedes allí, yo aquí ¿para qué?


 ¡ Salud, Sensibles !

 

     Ernesto A. Bavio


1JORGE LEÓNIDAS ESCUDERO   Argentina  -  (Poesía) 
      

    ANDRÉS ALDAO  Argentina  -  (Cuento) 
   
    EMILIA MORONI
   Argentina
  -  (Poesía)      

    
    ERNESTO A. BAVIO
  Argentina  -
  (Cuento) 

    
    MARÍA CRISTINA QUINTEIRO     
Argentina   -  (Poema) 
    
    SANTIAGO HYNES 
  Argentina  -
  (Cuento)


 


2) SENSIBLIDADES
   * hay muertos

       menos que cero  (Fanzine trimestral de cultura / Paraná)


JORGE LEÓNIDAS ESCUDERO - Argentina - (1920)

    Nació en San Juan, Argentina. Abandonó sus estudios de Agronomía y se dedicó a la minería. Durante años buscó oro y metales preciosos en las montañas de su provincia. Comenzó a publicar recién a los cincuenta años.
    Obtuvo primeros premios en varios concursos e importantes distinciones en entidades culturales. Poemas suyos se encuentran en lugares públicos, como el grabado en piedra en el Monumento al Minero, en la plaza de la ciudad de La Toma, provincia de San Luis. 
    Fue incluído en la Antología de la poesía argentina publicada por Raúl Gustavo Aguirre en 1979. 
    Su obra fue antologada en México por el poeta y profesor de la Universidad de Guanajuato, Benjamín Valdivia, en 1990.
    Compuso canciones folklóricas, recopiladas en Aires de Cordillera (San Juan, 1994), musicalizadas por José Luis Aguado Castro. 

    Obra poética editada:
    La raíz en la roca - 1970 -
    Le dije y me dijo - 1978 -
    Piedra sensible - 1984 -
    Los grandes jugadores - 1987 -
    Basamento cristalino - 1989 -
    Umbral de salida - 1990 -
    Elucidario - 1992 -
    Jugado - 1993 -
    Cantos del acechante - 1995 -
    Viaje a ir - 1996 -
    Caballazo a la sombra - 1998 -
    Aguaiten - 2000 -
    Senderear - 2001 -
    A otro hablar - 2001 -

    N. de. E.: al difundir  esta pequeña y subjetiva selección de la poesía del sanjuanino, hacemos nuestras las palabras finales del prólogo al libro A otro hablar
    Dice allí el poeta Javier Cófreces
:
    (...) Los miembros de Ediciones en Danza nos sentimos orgullosos de cristalizar la publicación de A otro hablar. Tal vez, este acercamiento a la palabra de Escudero contribuya a saldar deudas vinculadas a la falta de respeto y consideración que sufren cantidad de poetas argentinos.

    J.C.

MONTAJE DE LA IRA

Qué a enseñarme vos a mí
si sos incapaz de quemarte por mujer,
hacer esperas a destiempo e insistir,
náufrago,
señas con la camisa a barco que no te ve.

Qué vos a decir de mí
si en vez de andar noches de invierno
vichando luz de ventana querida como yo
te da por descuerear vidas ajenas.

¡Vamos!,
qué me decís hago el ridículo por Ella;
lo que tengo lo pongo sobre la mesa
para perder o ganar sin un gesto en la cara,
porque sé ya no puedo regresar el camino
sino jugarme el resto. Me juego, estoy jugado
aunque vaya a parar en una desgracia.

Entonces no a mí que ando equivocado o, siempre.
La ridiculez la hacen los cagones como vos,
los que no dan amor a nadie,
los atocinados comedores de carroña.

                        l


NOCTURNO

Me traigáis más esta bohemias
noches de guitarras tales como el viento
pulsa en cables de luz.

Digo porque me enternezco indebidamente.
Yo sé que me hacen mal las calles así,
o las copas en mí,
haber algunas, digo, o beber las debidas,
o bebidas, como sea.

Pero es que se me encanta el suburbio,
gambetear bocacalles, cabecear la luna
(siempre que esté, claro). Necesito
exhibir un juego bonito y tribunas aplaudan.

Cierto a veces me duele
volver a las bohemias de la juventud,
sobre todo cuando corro
recordando un pase de amor
y me anulan el juego
porque estoy en posición adelantada.

                l


GUANACO RELINCHO

Paró pata en la cumbre reinadora
y miró por el tiempo de sus hembras;
copó el viento, le puso contraseñas
y lo volcó en las cuestas azulinas.

De cogote cruzado con las nubes estuvo,
antojo de ser luz, pegado al cielo.
Corazón de algo grande parecía
diminuto en la mano de una peña.

Del alto nacedero de sus ojos, la nieve
colgaba derritiéndose para forma los ríos;
los pastos amarillos caían de su pecho
saltando las quebradas rumbo a las vegas verdes.

Y enhorquetó de pronto un eco en las orejas:
entre los farallones la piedrita movida.
Dio una vuelta en redondo, avizoró de frente
y así entró por el ojo de la carabina.

Lanzó un relincho azul, morado y negro;
le chispeó en el codillo abierta rosa;
sorprendido en secretos con su ángel
entró al revolcadero de la sombra.

Huyeron las guanacas por las crestas;
hilaron con su lana los abismos;
y la cumbre quedó sin corazón arriba,
como un grito en la nada, sólo piedra.

                l


CORAZÓN REDUCIDO

Ocurrido el naufragio de la creída única,
mujer donde venía él a proa,
prendido a un banco de plaza llega isla,
pero en vez de alegrarse por estar a salvo
horribles lamentaciones pronuncia. 

En eso unos indios reducidores de cabeza
lo descubren y en situ
van a sacrificarlo por obtuso;
dar ahí los gritos en vez de hacer señas,
con la camisa,
pa que lo vea otra hembra.

Xactamente.
Analizan su caso tristeza por tristeza
y resuelven al punto,
no ya como es costumbre en los jíbaros
achicar las cabezas a naranja,
sino que por llorón el corazón
se lo reducen al tamaño de un higo.

A náufragos de amor tan absolutos
es bueno que los castiguen.
He visto en un museo el corazón que dije,
curiosamente triste, arrugado y chiquito.

                        l


JUEGO DE FOTOS 

Con el mazo de fotografías
que guardo amorosamente
voy a jugar al solitario. Empiezo,
pongo sobre la mesa a mi hermana Margarita
y al lado a dos amigos muertos,
debajo al Loco Desiderio (el que creía ser caballo
y trotaba azotándose a dos verijas). Pongo
a mi tío Teodoro junto a su automóvil 1920
y enseguida yo, montado en un burro,
cuando de niño salí a conquistar el mundo.

Toda la mesa ocupo y descarto, saco y pongo
hasta que de pronto me detengo.
Respaldado en la silla cierro ojos
y pienso en lo que ha barrido el tiempo:
tanto pariente al hoyo, tanto sobreviviente
gastado como por erosión eólica.

Barajo nuevamente y corto,
destapo la foto de mi madre
y entonces ella dice hijo mío
recuerdo las primaveras, dame un beso. Se lo doy
y ahí se me nublan los ojos y abandono el juego.

                    l


LE DIGO A UN GRAN POETA

Hölderlin,
a tu mamá nuna carta le dijiste,
¿recuerdas?, "todo lo alcanza el amor".
Escribiste eso y hoy
desdícete, por favor te lo pido, Hölderlin;
pues quise detener lo que huía
con palabra a mujer y no alcancela.

Es por eso que duele haber creído
lo tan absoluto que escribiste
y tan serio en mí que speranzado
corrí tras el amor a lo tonto
cayéndoseme la baba.

¿Es que mentiste?
Sea como sea desdícete, Hölderlin,
así ningún pobre namorado en desgracia
se largue al infinito con todo
y sufra como yo destrozo de alas.

                                l



© 2001, JORGE LEÓNIDAS ESCUDERO
© 2001, Ediciones en Danza 
- del libro A otro hablar 
   
Biblioteca de Sensibles del Sur

34 34 34 34 34 34 


ANDRÉS ALDAO - Argentina - (1929)

    Hijo de judíos y tanos, gallegos y turcos, taitas y malevos, bailarines de tango y filósofos de esquina, inmigrantes proletarios y porteños jurados, nació como Abel Korilchik en Buenos Aires. 
    Militante político y periodista,  de sus textos se desprende que mantiene intactos vocaciones y valores que les son propios: una memoria limpia de malezas, hincha de Ferro, amador del barrio de Caballito, cultor de la amistad y bailarín de tango. 
    Como ANDRÉS ALDAO publicó numerosos artículos sobre la realidad política argentina de los años '70, en los cuales dicho seudónimo sirvió para salvaguardar la seguridad personal. Por motivos sentimentales mantiene ese nombre en su aventura literaria. 
    Casi toda la producción cuentística la realizó en Israel, país de adopción al que arribó en octubre de 1975 luego de su paso como preso político en las cárceles de Villa Devoto y Resistencia.
    Es miembro de la Asociación Israelí de Escritores en Lengua Castellana (AIELC).
    Obra publicada:
    Argentina: de Factoría Agropecuaria a Neodependencia Industrial (1971) 
    Cuentos desde lejos  (1998)
    Al servicio de la vida (1999/2002) - En castellano y en hebreo.
    Ensayitos y sarcasmos en Compás de 2x4  ( 2001)
    Calles empolvadas de Recuerdos  (2002) 

    Como ustedes recordarán, hemos publicado "Por la Causa" (3) y (4). En este aniversario, completamos la serie con los textos (1) y (2) con más la "yapa" de una reciente narración en exclusiva.


    La cuenta impaga  
    (...) Hay mucho luto, muchas tragedias, muchas muertes. Millares de víctimas padecen, aun, la cobardía de los asesinos que los desaparecieron. Los crímenes son la cuenta pendiente, el capítulo no terminado, la deuda impaga.
    Por eso los familiares, los protagonistas sobrevivientes, los amigos y la sociedad, no pueden ni deben "cerrar la causa". (...) 

 

POR LA CAUSA (1)
 
M a d r e O r g a


" ... desfilan ante él uno tras otros los rostros
de los compañeros muertos o desaparecidos
en la vorágine sngrienta de diez años,
y él vuelve a leer sus nombres en la lápida sumergida del recuerdo. "
Juan Marsé


    Le cuesta recordar por qu
é se encuentra allí, en ese portal oscuro, mirando inquieto hacia la esquina. Ve la sombra deslizándose con cautela, sigilosamente adosada a las protuberancias rugosas de los ladrillos del muro, envejecidos por tantas inclemencias. La noche, somnolienta y pringosa, esparce un suspenso extraño. Como un signo de pregunta titilante que aguarda algo que debe ocurrir, un suceso imprevisto que dé respuesta a la incógnita.

El auto, raudo, rasante, hace pedazos la calma de la noche. Como una exhalación imprevista se detiene con violencia calculada a un paso de la sombra. Los tres tipos saltan del vehículo con eficiente ferocidad y sin preámbulos, con saña, acribillan la figura negruzca que cae revolcándose en su sangre, como un cuerpo que libera sus entrañas y luego se transforma en una masa compacta de desechos.

Los disparos secos, sucesivos, siegan con su estruendo la pastoral calma nocturna. Uno de ellos se acerca a la cosa derrumbada y quieta y con la punta del botín le patea las costillas. Parece disfrutar con esa última profanación al hombre muerto, mientras la patota sonríe satisfecha. Se van. El auto se extravía entre la bruma opaca que cubre las calles silenciosas. Una pausa tristona parece detener fugazmente la noción de tiempo, el sentido acrisolado de la vida. La esquina vuelve a sumirse en su monotonía de suburbio, taciturno y aburrido.

Parapetado en el umbral sombrío, el enigmático espectador tirita. Tiene una curiosa sensación: lo acaecido no le es ajeno. Como la proyección refractada de algo que ocurrió. O de algo que podría ocurrir.

                                                                  

Se incorporó con violencia mientras la transpiración le empapaba el rostro sin afeitar. Las ojeras, aviesas y oscuras, no se compadecían de su juventud. Reconstruyó el sueño: “Truculento y tan vívido”, pensó, mientras se pasaba la mano por la mejilla.

La preocupación le inundó los pensamientos. Fue inútil: ya no pudo remontarse a otra cosa y la figura de la sombra convertida en un guiñapo sin vida retornó con punzante nitidez. Se estremeció.

Con gesto exasperado se lavó la cara. Tenía que ir al empleo pero esa pesadilla le arrasó el humor. Salió apurado y alcanzó a treparse al colectivo. Contempló a los pasajeros buscando una figura que encajara en el molde arcano de su visión.

Rastreó las causas que generaron ese sueño tan cercano a la memoria de sus noches pretéritas, recientes. Percibió el miedo. Como una realidad suya, enteramente propia y profunda. Reprodujo entonces en su mente las escenas que supuso ver desde ese umbral onírico, uniendo imagen tras imagen. Como si fuese un rompecabezas, o los vidrios esparcidos de un espejo roto que lograba recomponer en un todo homogéneo, hasta que el eco de los disparos fragmentaba nuevamente la imagen en innumerables partículas salpicadas de sangre.

Casi se pasó. Bajó apurado y llegó a la oficina a tiempo para firmar la entrada. Los otros empleados lo miraron con curiosidad. Él no tenía ánimos para enhebrar coloquios estúpidos acerca del tiempo o el fútbol. Se abroqueló en el escritorio e inició su labor cotidiana. Se puso a examinar bocetos de tapas para libros próximos a aparecer. Su mente navegaba. Retrocedió tercamente a la esquina de barrio que vio en su sueño, a los ladrillos rugosos cuyos resaltes picaneaban al hombre convertido en sombra. Su mirada se extraviaba en algún punto infinito que cruzaba el espacio, más allá de este universo que se le antojó cruel y conflictivo. La tarea devino en una sensación fastidiosa, como si estuviera sentado en un cepo que lo mantenía maniatado a la silla.

Alguien le dijo que en receptoría habían dejado una nota para él. Se sobresaltó pero fue a recogerla:

«Estate a la hora convenida; hoy tenés el solo de trombón. Traélo. Pepi», leyó en  silencio.

Fue al lavatorio, rompió la nota y la quemó en el inodoro. Lo invadió la angustia; como un rubor insolente que tiñe las mejillas y no pide permiso. Pensó en el «Yorugua» Walter y en el Negro. «Cayeron con honor y valentía cumpliendo una tarea revolucionaria», recuerda haber leído en el boletín de la Orga. Lacónico y conciso, pero desajustándose de la otra verdad, más triste, menos heroica, mucho más simple, insulsa y terrible.

Él sabía que esos cumpas, y otros que no volvió a ver, cayeron en acciones cuestionadas por irresponsables e improvisadas. Los rumores, que fisuraban la presunta hermeticidad de la Orga, se filtraron por canales dudosos y anclaron en su ánimo, ya percudido.

Al pensar en el compartimento se ofuscó. como si alguien le hubiese restallado un látigo en los oídos. Cerró los ojos y sintió que un sudor helado descendía desde sus sienes y la frente; lo percibió como hilos de sangre que se iban coagulando. Pretextó una indisposición y abandonó la oficina. En un teléfono público habló con la madre. Hacía más de tres meses que no la veía: desde que alguien que conocía cayó en una inexplicable emboscada.

 

Se tumbó sobre la cama sin probar bocado. Sabía que no era inapetencia. porque el temor lo venía jaqueando incluyéndolo en un desalmado juego, en el que los estímulos al martirio languidecían estrellándose contra el muro del miedo físico, ante el temor a una muerte irreparable, total, definitiva. También a él le llegó la narrativa triunfalista de los boletines, las odas huecas y reiteradas ponderando la heroicidad de los combatientes, artífices de las victorias populares: «La Orga ya es parte de los sentimientos del pueblo», le recordaban sin darle resuello. Descreía. Dudaba angustiándose, agonizando con esa implacable sensación de culpa que lo mortificaba, que le usurpaba espacios vitales de sus sentimientos.

Se confesó el miedo a la muerte. Y luego cuestionó lo que sentía: «¿Por qué esta caída en el derrotismo pequeño burgués?». Sollozó sin pudor en la soledad de su cuarto gris, que de pronto se le antojó una celda, un féretro que le farfullaba maliciosamente un final no invocado. Que rechazaba, porque aún no había conocido la cara feliz de la existencia. Porque amaba lo que no le fue dado disfrutar.

Vivía desplazándose en un laberinto lóbrego, temeroso de las celadas que lo acechaban y que, sin duda, podían segregarlo de esta vida a la que se aferraba desesperadamente. Se percibía abyecto cuando dudaba de la Orga. Era como andar sobre el reverso crujiente de la felonía: «¿Qué me pasa?», interrogó acongojado a su conciencia. Luego se durmió.

Al despertar se sintió más tranquilo. Asumió su miedo como una sensación natural. Creyó haber dominado sus aprensiones, convenciéndose de que lo importante era dar la batalla contra los enemigos.

 

Se preparó huevos fritos. Los comió en silencio, taciturno. El diario dispuesto para la lectura esperaba en vano; el calor y algunos mosquitos lo encolerizaron. Mientras se duchaba escuchó las sirenas que aturdían y entonces recordó que más tarde debía participar en una actividad de la Orga «Que es como nuestra madre», pensó como otras veces. Pero le desafinaba. Finalmente decidió creer que se había reanimado.

Quitó un zócalo de la cocinita y extrajo la Parabellum. La acarició con áspera ternura mientras entornaba los ojos. La visión de aquel sueño volvió a embestirlo.

«Pum, pum, pum!». Los estampidos que le pareció escuchar, lacónicos, terminantes, lo devolvieron a la vida. Un par de lágrimas le birlaron la fe mientras fantaseó a los héroes de su infancia, a los prototipos de su reciente adolescencia que le habían forjado mitos soberbios, según los cuales la vida, en esencia, era la aventura trascendental de los humanos y había que vivirla a imagen y semejanza de Búfalo Bill, Robin Hood, Sandokan, Scarface o Jesucristo.

Llegó la medianoche. Se vistió, recogió el pequeño bolso e introdujo la pistola y tres cargadores. Verificó si llevaba los documentos, le echó una mirada de simpatía al cuarto y salió. Tomó el colectivo que lo llevaría al lugar. Estaba vacío; como él. La memoria lo condujo al mensaje que recibió esa mañana y entonces recordó la rúbrica: «Habíamos decidido no poner nombres de guerra en las notas. ni la inicial ¿porqué carajo lo hicieron?» No quiso pensar.

 

El colectivo penetró en el suburbio. Involuntariamente giró la cabeza y contempló la ciudad que dejaba atrás. El suspiro fue como el gorjeo tristón de un pájaro extraviado que ya no podía retornar al nido. Llegó a destino y descendió sin apresurarse. Abandonó las luces de la avenida internándose en las penunbras del barrio. Al rato divisó la larga pared de ladrillo que daba a los fondos de la fábrica. Se detuvo, miró la hora y esperó oculto detrás de un camión. Cuando llegó el momento caminó como una sombra, «deslizándose con cautela, sigilosamente adosado a las protuberancias rugosas de los ladrillos del muro, envejecidos por tantas inclemencias. La noche, somnolienta y pringosa, esparce un suspenso extraño. Como un signo de pregunta titilante que espera algo que debe ocurrir, un suceso imprevisto que dé respuesta a la incógnita».

Caminaba absorto en sus visiones; distraído y displicente. La frenada y la luz de los focos, brutales, feroces, pasmaron su última brizna de vida. Lo ultimaron sin asco mientras él cerraba los ojos aferrándose a su sueño, descartado de una realidad que ya no le pertenecía ·

POR LA CAUSA  (2)

Y  entonces entraron esos hombres

" porque entonces yo aún no sabía que a pesar de crecer
y por mucho que uno mire hacia el futuro, 
uno siempre crece hacia el pasado,
en busca tal vez
del primer deslumbramiento».
(Juan Marsé, “El embrujo de Shangahi”)

    Siempre me acuerdo de mi mamá se preocupaba por alcanzarme el tazón de leche ponerme el guardapolvo bien
arregladito porque decía mi mamá que la limpieza de afuera muestra la limpieza de adentro y la verdad que yo no sé muy bien que quería decir mi mamá con eso pero si ella lo decía tenía que ser muy importante y mi papá también a escuchaba a ella porque mi mamá es la que nos decía a nosotros lo que teníamos que hacer y mi hermanita Celia mi hermano Juan y mi papá siempre le hacíamos caso porque mi mamá sabía de todo y se ocupaba de nuestras necesidades y de la comida y de la ropa y de nuestros juegos y si salíamos a pasear también mamá nos decía como vestirnos y no te pongas esa corbata Atilio (que es mi papá ¿saben?) porque no combina con el traje y a mi hermanita no la dejaba ponerse el vestido con encaje que le regaló la abuela Sara que es la mamá de mi mamá en el cumpleaños de Celita y cuando un día le pegué al Beto porque me dijo "uruguayo muerto de hambre" fue mi mamá al colegio porque la maestra la mandó llamar y me pusieron en penitencia y también mi mamá me puso en penitencia en el rincón y no me dejó ver la tele me acuerdo que me chilló
y me dijo che botija sos un peleador y al ratito se ablandó y dijo “ta ta” andá nomás y yo pensé qué buenaza que es mami y esa noche se lo contó a papá que se puso a reír y le dijo a mamá pero dejalo al botija que aprenda a ser hombre y ese domingo papá me llevó a la cancha de Atlanta pero ésta no es la camiseta de Peñarol ya lo sé hijo pero no estamos en Montevideo y me compró maníes y esa noche mamá nos dijo hoy comemos como si estuviéramos en Andes y la 18 y nos preparó «chivitos» y después nos mandó a dormir mamá nunca estaba cuando volvíamos de la escuela porque trabajaba en lo de la señora Silvia y mi hermano nos calentaba la comida y todos los días mamá preguntaba ¿comieron todo? ¿estaba rico el arrocito? y me acuerdo el día ese que volvimos y mamá estaba en casa y le preguntamos por qué no fue a trabajar y mamá nos dijo fui pero algo pasó en la casa de la señora Silvia porque estaba llena de policías y yo me asusté y volví para casa bueno vengan a comer y esa noche nos fuimos a dormir temprano y papá y mamá hablaron en voz baja parecían asustados y a los ojos de mamá los vi llorosos y no me acuerdo más y entonces entraron esos hombres y rompieron los muebles y le pegaron a mi papá y a mi mamá que gritaba no sé por qué «socorro, suéltenme por Dios!» la tiraron al suelo y la pateaban y yo y mis hermanitos nos pusimos a llorar y se los llevaron y no los vimos nunca más a mi mamá y a mi papi… y después nos vino a buscar la abuela Sara y nos quedamos con ella y yo ahora estoy aquí solo separado de mis hermanitos y de mi abuela que a veces me viene a visitar con Juancito que tiene unos bigotes como de hombre y Celia con los labios pintados y tacos de señorita ellos están tan grandes y yo no sé por qué me quedé chiquito y ellos no… sí, siempre me acuerdo de mi mamá… y entonces entraron esos hombres…  ·

l

© Andrés Aldao 
Incluidos en su libro Cuentos desde lejos (Ediciones del Exilio - 1998 ) 

POR LA CAUSA (melancolía 17)

«Los sueños dispersos, ultrajados, vencidos, renacerán de sus cenizas para levantar el vuelo a la utopía que soñaron otros antes que nosotros. Que murieron por ella. Sosteniendo la bandera en la tortura, el tormento y la muerte. Ellos nos contemplan desde el más allá de los recuerdos; y nos reclaman, teniendo a sus espaldas el siglo XX agotado, que la bandera caída no se abandona. La lucha no ha terminado... la lucha continúa. Por los muertos, por los vivos, por la causa.»
De un prólogo que no fue...

                                                        (Claudio Suárez – Andrés Aldao)

a Ernesto Bavio, que sabe muy bien de qué se trata


1.

Han transcurrido añares desde que dejó el país. Un destierro duro, la deportación a tierras ajenas; un extrañamiento con mayúsculas. No el exilio literario, el de aquellos que transcurrieron el horror desde cuartos confortables y bibliotecas públicas. Farfullando pláticas sobre la “sección especial de represión al comunismo”. Incluso confesando, con mohín de mártir ante la pantalla de TV, que estuvieron detenidos un par de días. Y que incluso los interrogó Cipriano Lombilla... Un desvaído martirologio intelectual de quienes predican que la revolución es como un sueño eterno. Y confortable. Haciendo pinta. Dándola cambiada. Sin testigos.
    Vive en un exilio sin retorno. Que lo arrancó de cuajo de su país, la urbe, los sueños con olor a Río de la Plata o Riachuelo. Está de visita. Va caminando por la patria, por calles que presiente y reconoce. Los rayos del sol calcinantes, envainados en esa humedad burlona, le lamen la piel.
    Saborea la soledad intimista del viejo barrio. Lo palpa, lo reconoce, lo recuerda, acaricia algunas paredes con la ternura del que vuelve, del ausente que tropieza de pronto con flashes de su lejana niñez, y los fantasmas que lo acompañan.
    Se reencuentra con la antigua barriada. El escenario donde transitó los principios de la vida. Que aun sin tener conciencia quedaron allí, amurados en la memoria, ovillados, almacenados en la isla del tesoro de su infancia. Es una incursión inevitable. Un reto a la desmemoria. Anda con lentitud de viejo mientras seca con un pañuelo las gotas de sudor que bajan desde la coronilla, se deslizan sobre la cara y le empapan el cuello.
    Le llegan desde el fondo de la adolescencia los compases de Mala Junta con la orquesta de Don Osvaldo… y la voz de Chanel “amainando guapos” en Corrientes y Esmeralda: «Los estoy escuchando, chochamus, créanme». Página de evocaciones.

«El barrio es la patria, José», le dijo a un querido amigo asumiendo esa declaración como si fuese una especie de libertador de Caballito, una mezcla de José Castelli y Simón Bolívar. «¡Aquí estoy, por fin, amigos, veredas, viejos queridos! ¡Vengo a pagar una antigua deuda de ausencia!».  

    Demora los recuerdos, trata de apilarlos, darles un orden lógico. Llegan en tropel y lo rebasan, confundiéndolo, arrancando de un manotón esa tela de araña tupida en la que ha resguardado su vida, o ha escondido los misterios de tantos años de actividad alienada en las calinas de la devoción al acto revolucionario.

    Recorre con ojos cansados puertas troqueladas de ancianidad que le son familiares, ventanas que parecen zurcidas en las parecitas estucadas de Caballito. Busca la entrada de aquella cajita de música en la que transcurrió lo más lindo de su niñez. Rescata la pequeña vivienda, atisba la medianera que lo separaba de los juegos, la calle y los compinches. Se ve gurrumino. Recobra la imagen del viejo doblado sobre la máquina de coser, y él jugando partidos de fóbal con carreteles de hilo pintados con los colores de los clubes. Reconoce las casas de antiguos compinches. Sueña con imágenes que no pudo olvidar. Tan recientes... hasta le parece escuchar jadeos, aspirar aromas de colonias baratas, ver ojos que lo contemplan, oír voces que le susurran, participar de juegos borrados que vuelven a silbarle: Che Ruso... ¡Cheeee Rrruuusssoooo!

 

 

2.

    La calle silenciosa, mansa y tórrida le devuelve historias ocultas. Una vecina jovata se asoma por un portón herrumbrado. Caballito bordado en la memoria inefable. Barrio de Buenos Aires; gente que trabaja duro para mantener los críos, la vida apacible sin demasiadas novedades, las mujeres en la casa y los hombres en el yugo.         Años del colectivo, con gurrumines sentados en el guardabarro trasero agarrados a la rueda de auxilio. Las líneas del tranvía y el guarda puteando cuando le bajaban el trole. El cielo, allí arriba, gratis para todos. San Caballito Norte de los Buenos Aires, prototipo estilizado de la ciudad inmigrante; la ciudad hecha tarantelas, muñeiras, romanzas en idish, tangos y chacareras: todo nostalgias; evocación y melancolía siempre.  
    Caballito, como un charco de lluvia en medio de la urbe, con las ranas y los ranas. La primera puntada de una larga marcha. Los amigos, el ayer. Cierra los ojos y los ve a todos, a Pedrito y Buby Gdansky (Orgambide), a Tatalo (J.C.Esteban), a los hermanos Shifres, a Biggi Buezas, al Vasco Euzkadi y a Urrutia, a los hermanos Simpson, a la barra arengreenense. Abre y vuelve a cerrar los ojos. Pasan como un sueño. Luego reaparecen, como serpientes, los Lombilla, Amoresano, Waserman y González de la Especial, los sanguinarios de la Triple A, los torturadores de coordina, los milicos criminales y cobardes a quienes fantasea colgados del cadalso como chorizos podridos.

    Y el barrio, che Caballito, reprochándole la ausencia mientras, obseso, caminando como sonámbulo, repite: «No quedó nadie... todos están muertos... todos perdidos... hermanos... todos muertos y enterrados... hermanos... amigos... camaradas... desaparecidos. No quedó nadie». Todo se pierde en una realidad maldita: el desarraigo. Y como tributo póstumo por los servicios prestados, la condecoración de latón y plomo. ¿Y qué?


3.

    Recorre Gaona. El lloriqueo se desvanece, la evocación apilada se desploma, los viejos nombres vuelven a sus sarcófagos de memoria... Comprende de que estaba viviendo en una pompa de jabón. Confiesa, incluso, con una sonrisa de antiguo rioplatense, que toda esa joda de la melancolía, del reconocimiento, de las paredes que acaricia y las sombras del pasado, los aromas de ese barrio que fue, son en definitiva, como diría un chileno, una flor de huevada. Porque el mundo no se detuvo. Allí está toda esa pendejada que se juega contra la globalización en las grandes capitales del mundo.

    Despabilate, ché – me decía una voz que venía andá a saber de dónde –, vos no estás para las nuevas jodas, pero los tiernos brotes van cobrando vuelo. Confesáte, Ruso, que hoy no te necesitan: vos estás jubilado, hiciste lo tuyo, jugaste y perdiste, como todos lo veteranos... Pero ayudaste a abrir camino a machetazo limpio hacia la jungla de la globalización. Dejá hacer las cosas a los pibes, a los nuevos: no la vayas de maestro ciruela, no te hagas la rata cruel, no quieras ser el profesor de la revolución. Confía, negro, en la nueva pibada... ¿se van a equivocar? ¿van a meter la pata? ¡Dejálos, Ruso, dejálos! Confiá en ellos, que toda la vieja espuzza del pasado les va a servir de experiencia. La fuerza, la voluntad que tienen los marginados, la juventud y el empuje de los que vienen detrás es una flor de chispa... Bueno, quedate piola, Ruso, y aunque no sos creyente, rezá, rezá Ruso por que haya un nuevo 17 para los compatriotas, también para todos los grones del mundo que sobreviven hambreados, culeados por la oligarquía financiera. Y confiá, no seas gil: dejáte de nostalgias. Dejá a los gerontos... si vos sos un pibe de setenta y cuatro pirulos.».

    Deja el barrio; desestruja el corazón y ansía volver al centro de la urbe. Respirar hondo, codearse con la multitud. Sube al bondi 99 y en Corrientes se desliza como un atleta jubilado hacia la estación del subte. Se mete en el bar Suárez, de Maipú y Corrientes, pide una ginebra doble y, como lo hacía el viejo, se la manda de un saque. En unos días más retornará al destierro. Para siempre.
 «¿Y qué, Ruso?»  Por la causa siempre...  

© ANDRÉS ALDAO, octubre 2003 - avinur@bezeqint.net
Especial para Sensibles del Sur


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EMILIA MORONI - Argentina -

    Querido Ernesto:
    Cuando me llega Sensibles del Sur, éste, mi sur, ya no es tan frío, tan seco, ni tan lejano, y mi soledad escapa a regañadientes pues está tan acostumbrada a quedarse que no entiende por qué tu revista la desaloja y yo sea tan feliz.
    Me atrevo a enviarte estos poemas, a lo mejor los publicás, a lo mejor no..., no importa; lo cierto es que disfruto de todo el contenido de la revista. Para vos y para todos los lectores de Sensibles... un cálido abrazo.
    Emilia - emily@cpenet.com
 

 PREVIO

 

 

Se durmió el poema

como un pájaro sin alas condenado a la tierra,

sin hallar la llave de tus ojos

y sin tocar la seda de tu voz.

Cada tarde crecían hierbas grises

y cada noche el fantasma sigiloso del olvido

caminaba los techos del sueño.

Aquel poema,

previo a la ausencia,

previo a la muerte y al olvido

se fue orillando los cauces de la sangre,

extraviando tres sílabas,

perdido en la retórica , la forma y la rima.

 

Dónde escondías la llave de tus ojos,

dónde el latido,

dónde la casa de tu alma.

 

La piedra del silencio

quebró sus alas sin decir te quiero,

antes de la muerte y el olvido.

 

Cada tarde crecen hierbas grises

extraviando el eco de tres sílabas,

sin hallar la llave de tus ojos,

y sin tocar la seda de tu voz,

pájaro sin alas, condenado a la tierra.

 

                                l 

 

 

26 DE  JUNIO  DE 2002

 

...y al abrírsele el pecho pudo verse/

que siempre estuvo hecho de sangre conmovida/ de polvo trashumante.

Elvio Romero


a Darío Santillán y Maximiliano Kosteki

 

 

Los convocó un campanario

de voces cansadas,

con la sed del sudor contenido

crecieron en  un   río desbordando

en latidos el puente.

Quemaba la  verdad mil veces negada

y eran  luces los ojos de los pobres

alumbrando la justicia de nadie.

 

Como una bestia que husmea su presa,

así,

entre la multitud siguieron su rastro,

escupiendo humo negro y negras órdenes.

Y el pueblo fue grito,

y  el grito fue plomo

vistiendo de rojo el espanto.

 

Lo vieron ,

todos lo vieron, torbellino y estrella

tragándose la distancia.

Te doy mi mano compañero,

y  estalló la descarga

sobre una cruz de  hermanos.

 

De rodillas dijo no tiren...
En  Avellaneda  y en sombras,
la púrpura tibia se constelaba

y levantaba por un andamio de cielos

los sueños de abajo.

 

Con ellos resucitan  otros nombres 

en los aleros del viento,

en la claridad azul de una letanía  que no duerme .

 

Los bárbaros ignoran que el plomo y el odio

no apagan el  incendio del alma

y que la  púrpura derramada

florece en  la estrella de todos los vientos.

 

                                l

 

 

COMO DE LUNA

 

Quién  me ha dejado esta amapola de seda

tan frágil,

tan  corazón de adormidera

pronto a estallar y a vaciar la vida.

Quién me ha dejado este viento agonizante

y en las manos este hueco de pájaros oscuros. 

 

Ay este sabor ahogado.

Ay esta amapola,

qué muerte anuncia

que me siento como de luna,

lejana y fría.

 

Quítame estos pájaros oscuros,

quítame esta flor emisaria de la muerte,

quítame este viento,

que tengo miedo.

 

Ayúdame a no ser

como de luna tan lejana y fría.

 

 

                         l
 


© Emilia Moroni -
Santa Rosa - La Pampa
Poemas inédito del libro "Sabor a viento"

Especial para Sensibles del Su


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ERNESTO A. BAVIO -
Argentina - (1943)


   Nació en Viale, provincia de Entre Ríos.
    Dio a conocer sus escritos en México, DF. donde residió desde 1976 a 1984. Publicaron sus cuentos la revista Controversias, el Suplemento Cultural Sábado del diario Uno más Uno y el Suplemento anual de la Universidad Veracruzana. Junto a escritores mexicanos compartió la Antología De estos días (Cuentos, Edic. La paz del fuego - UAM - 1981), prologada por el poeta Máximo Símpson. 
    
    Residente en la ciudad de Bariloche - Pcia. de Río Negro (1990-2002) colaboró en diferentes eventos plástico-poéticos,  fue convocado como Jurado Literario, condujo el programa radial "Musicuentos" (1990-1997)  - bajo idea y producción propia - en la FM Mascaró de esa localidad patagónica, textos suyos fueron publicados en revistas culturales de la región y prologó el libro "Escritura vida vive" de la poeta de Dina Huapi, Silvia Urtubey.
    Desde Bariloche lanzó el semanario virtual Sensibles del Sur , que este 15 de octubre cumple su 4to. año consecutivo. 

    Radicado en Paraná - Entre Ríos integra el grupo de escritores "Los 13 del lunes", coordina un Taller de Literatura para adultos y experimenta la creación de un Café Literario patrocinado por la Asociación Litoraleña de Biodanza. 
    Cuentos y poemas de su autoría son actualmente publicados en la revista literaria ENTRELÍNEAS de Israel (en español), distribuida en ese país, España, Montevideo y Buenos Aires. 
    Tiene inéditos un libro de cuento: "Memoria de jardines y otros cuentos" y dos de poesía: "Poemas sin ceros"  y  "Difusas garrapatas". 


 
SI NO ES A ÉL, A QUIÉN

a S.J.H.

         En la habitación apenas pertrechada, enfrentado a la mancha de humedad que bajaba sinuosa desde el techo, Carlos sintió la necesidad de contarle sus sueños. Aún dudaba si sería Juan el más indicado para escucharlo pero - pensó - si no es a él, a quién.
         Desde la calle, pese a las persianas casi herméticas, siempre bajas por razones de seguridad, llegaba la presencia de la luz solar y los gritos de los niños jugando en la plazoleta. Se animó.

         - Mirá, Juan - comenzó -, yo tenía la certeza de que alguna vez te haría mi confidente en esto de los sueños; no sólo porque invariablemente te consideré un compañero, el mejor, el único que tuve, sino también por la repetición del horror. La insistencia de estas pesadillas semeja una vocación íntima:  Jekill y Hyde, Dios y el Diablo en la Tierra del Sol. Casi como nuestra amistad. Porque... bueno... vos sabés que de noche duermo poco; insomnio, che, lo padezco desde pibe o desde cuando Cristina... Pero, no; ésa es otra historia de la cual tampoco estoy muy claro. Mis padres no lograron dar con alguien que me lo curase, vaya uno a saber por qué  ¿no? En cambio, durante la siesta, alcanza con que apoye la cabeza en la almohada para quedarme dormido de inmediato. Y es allí, en esas pocas horas de tregua, cuando el desvarío me cae encima; primero, como una ausencia obscura, indefinida, luego las imágenes, el miedo.

         Arrimó un poco la silla hacia donde su amigo para que éste lo escuchase bien. Sintió la mano torpe, como dormida.

- No vayas a pensar que me agrada este asunto del insomnio; una cosa es que me haya acostumbrado a él, pero gustarme no. ¿Te dije qué es lo que más me molesta? Lo que me molesta más es esa incertidumbre de no saber cuándo los hechos suceden en el soñar y cuándo en la vigilia; sucede que me despierto en las tardes - en ese instante no tengo noción si es de mañana o de tarde, claro - y salgo corriendo para la cita; me lavo la cara, los dientes, me visto; tomo un café a la disparada como todas las madrugadas y cuando estoy en la calle me doy cuenta... Desde luego, ya no vuelvo a dormir bien ¡y no tenés idea lo largo que puede resultar un día así!
    Pero te contaba del delirio: me acuerdo de algunos, casi siempre los mismos. Debe de haber más, sólo que no quieren aparecer. ¡Mejor! No me interesa saber de los otros; con estos tengo más que suficiente  En el que me atormenta primero, me veo en una plaza de toros, en el ruedo quiero decir; tal vez España o México, no sé. Por una de las puertas laterales sale un animalazo como de trescientos kilos; yo estoy vestido con un traje de luces, de torero, y en este sueño vos me prestás el atuendo. En las tribunas reina un silencio... ¿cómo te explico?... No un silencio cualquiera, no. Un silencio como el de las noches; un silencio que zumba en los oídos; así. En uno de los palcos, dos personas a las que nunca logro distinguir el sexo, sonríen joviales y dan la señal de ataque; el toro los ve y gira hacia mí, con una mueca babeante se me echa encima. Lo curioso del caso es que yo no tengo miedo, fijáte vos; pareciera como si lo esperase desde siempre; la sensación, en el sueño, es la de estar frente a un viejo enemigo. Pese a mi empeño y destreza, donde las verónicas son ejecutadas con  pericia, la gente del tablado no me lo agradece; ante ello, decido darles un final espectacular. Alzo la espadilla y cuando estoy a punto de picarlo en una estocada que presumo genial ¡la plaza es un desierto árabe! Tendida en la arena, estúpidamente desnuda, una bellísima mujer esconde sus facciones tras un rebozo y me hace gestos obscenos.

         La oscuridad avanzaba desde los rincones del departamento semejando un gusano desgarbado y grotesco, animoso.
         En la calle - imaginó Carlos - las chicharras habrían partido hacia su próximo sol.
         - ¿Te parece que encienda la luz?
         Juan no respondió, parecía estudiarlo desde el color de unos ojos desabridos.
         Carlos se dijo que acaso se aburría pero - pensó -, si no es a él, a quién.

         - En el segundo sueño me encuentro sentado al volante de tu camioneta... raro ¿no creés? nunca has querido prestármela... Te decía: estoy al volante de tu camioneta y sin razón alguna que lo amerite doy marcha atrás; el vehículo sale como bólido, choca contra algo, se detiene. Me bajo, mortificado, y me encuentro con una chica tirada en el pavimento; cuando me acerco para ayudarla reconozco a la mujer del desierto (¿te dije que llevaba un velo? ) que sonríe lasciva y me hace guiños impropios.

Juan se eternizaba en su mutismo, como estudiándolo desde el fondo de sus ojos incoloros. Se conocieron - recordó Carlos - en plena ilusión adolescente; la casualidad los juntó en aquella pensión del Once que albergaba a tantos provincianos como ellos. Eran tiempos de cambios, de descubrimientos e inseguridades. Desde entonces habían compartido los años, la casa y las malas intenciones; las curdas tempraneras, los amores, la Universidad y esta reciente política armada a que se veían obligados por causa del golpe de los militares. Más de quince años... A quién si no a Juan...

        - En el tercero los hechos suceden en una casona de película gringa, con ventanales que abren hacia una piscina, a un jardín afortunado y fresco... Juan, ¿de veras no te canso, no? La sala es espaciosa y limpia; de las paredes cuelgan pinturas de hombres famosos. A mi lado, en un sofá de no creer, está sentada una mujer muy elegante de piernas cálidas y mirada impúber; en cierto momento se rompen los vidrios del mirador e irrumpe una pandilla de malhechores que busca agredirnos. Yo defiendo a la chica con valentía y la mayoría de ellos se da a la fuga. Sin embargo, el que parece el líder se queda petrificado mirándonos; no le distingo la cara... Lo tomo del cuello, agitado, y justo cuando sé que voy a reconocerlo me despierto despavorido, empapado en sudor.

         Juan no respondía. Sus ojos, impasibles, seguían fijos en su cara.  Como estudiándome – pensó Carlos.

         - El último es el más largo y allí entrás vos. Estamos en esta casa, nuestra casa; debe ser la víspera de algún acontecimiento importante porque te ves muy nervioso y te acostás en este mismo sillón. Te observo desde el cuarto y me acerco a preguntarte qué es lo que te ocurre; vos me decís que nada, que siga en lo mío, que no te moleste. Yo no te contesto o.. ¡Caramba! Se me mezcla todo, esperá... Sí, yo digo: " si querés te preparo unos mates ". Vos te quedas callado, como ahora. Te sugiero: " por qué no te das una ducha, descansás un rato y luego hablamos ". Vos me salís con no sé qué asunto sobre Cristina y nuestra amistad; recuerdo palabras sueltas, tales como: "salvarla... solo con ella... una isla desierta...". Yo no quisiera contarte por recato pero te advierto que a mí me sucedió lo mismo cuando la conocí. Te aconsejo cuidado pues, en mi opinión, ella no es mujer para un tipo como vos. Bruscamente te sentás en el sillón y me respondés que no sea celoso (¡tendrías que ver la cara que ponés! ); que me vaya haciendo a la idea de no verte más porque te vas a marchar con ella, que estás esperando su llamado, harto de este jueguito de las armas...
         Aquí es cuando sucede lo inexplicable ¿me seguís?. Terminás de decirme eso y se superponen imágenes del desierto y la mujer desnuda, del jefe de los pandilleros con la mujer velada y, sin mediar palabra, alzo la pistola que había terminado de limpiar y te pego un tiro en medio de la frente y vos no te caés, te quedás como ahora, sentado, con los ojos tan abiertos, incoloros.
         Entonces, yo arrimo una silla para que me escuchés mejor; te cuento mis sueños y siento la mano torpe, como dormida. Luego de contarte voy donde Cristina y le digo que ya se puede buscar a otro a quien joder en los sueños y me agarro una borrachera fenomenal.

         Decime: ¿vos entendés algo, Juan?   


© ERNESTO A. BAVIO 
ernestoabavio@ciudad.com.ar
 

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MARÍA CRISTINA QUINTEIRO - Argentina -

* A votre santé

Imborrablemente

dónde se han ido los albores del alma
dónde
los trinos de las golondrinas
ya no veo la claridad del comienzo
ni puntual la sangre
entibiando las ganas

por qué el dolor en los huesos mustios?
qué será de mi piel deshojada de azahares?

cómo harás dime piadoso amor si mi lengua no ha de olvidar el sabor a lluvia de tu cuerpo sobre/debajo mío


~Cris~ [lobablanca]

© María Cristina Quinteiro -
@hotmail.com 
   Especial para Sensibles del Su


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SANTIAGO HYNES
- Argentina -
(1947)


    Nació en la ciudad de Tucumán, capital de la provincia homónima. Desde hace varios años reside en Buenos Aires. Es ingeniero agrónomo, especializado en diseño y gestión de políticas y programas sociales. 
    En 1978, durante su exilio en Salvador de Bahía (Brasil), escribió la novela Magoya la jugaba de taquito (Edit. Bifronte, Buenos Aires, septiembre de 2000).
    Cinco cuentos de su autoría fueron incorporados en la edición de Magoya... Actualmente trabaja en el lanzamiento de su segunda novela. 
    
 

UN AMBIENTE AMUEBLADO

 

-   Anoche, mejor dicho esta madrugada, perdí mi departamento

Eso fue lo primero que escuché a mis espaldas.

Giré la silla, con disimulo relativamente escaso. Pero sólo alcanzó para entrever el perfil del acompañante, no al

dueño de aquella voz desolada.

Los dos tipos compartían un café. Y los bares de Buenos Aires no requieren más para aflojar las confidencias.

Por mi parte, adicto a los relatos de jugadores y a los laberintos del azar, ¿cómo sustraerme al papel de escucha

secreto? Conjeturaba una prolongada sesión de póker en la que el autor de la frase concluía sin un cobre y a la

intemperie.

Me aboqué, lo mejor que pude, a pescar retazos de la historia entre el ruido que provenía de la calle, la vocinglería

de los parroquianos y los pedidos del mozo a la barra.

 

–¿el de Vicente López? – preguntó incrédulo el otro.

–No, mucho peor, el departamento de mis momentos mejores.

Sin embargo, la descripción del inmueble en cuestión no anunciaba tanto: un simple mono ambiente amoblado que

el hombre, el perdedor –por llamarlo de algún modo-. usaba a voluntad por pocos días o pocas horas.

Creí entender también que no hablaba de la Argentina, pero de inmediato toda referencia geográfica se tornó

confusa.

Al parecer, cuando era joven y durante una larga temporada, había sido su vivienda de soltero o de reciente

divorciado.

Una noche lo dejó, sin cargar otro equipaje que la llave de entrada, que le confería la potestad para regresar a su

antojo. Habitando el lugar, quedó –es probable- una antigua concubina.

Y a lo largo de los años continuó ocupado alternativamente por aquella o por otras mujeres, todas deseables.

Vientos caprichosos y esporádicos -o quizás razones que no escuché- lo derivaban a idénticos retornos: abrir la

puerta, apoltronarse en el sillón y esperar a solas, recuperando el sitio suyo.

La moradora de turno, quienquiera fuese, tardaría poco. Diestra en la rutina, aceptaría la irrupción y la toma de

posesión con la naturalidad con que en su momento -ella misma o las otras - aceptaban la partida del hombre.

Amarradero de fatigas, el departamento prometía, a la vez, el encuentro. Un alguien, sin mediar cuestiones,

devolvíale su lugar en la cama angosta y en el mundo..

 

Pese a ello, por un mecanismo involuntario, aquel hombre –mutilándose- había propiciado la pérdida reciente y

dado paso a la tristeza.

En la duermevela que anticipa al día, sin motivo, más tironeado por la vigilia que por el sueño, cometió la torpeza

de preguntarse por un detalle nimio: el nombre de la última o de cualquiera, al menos una, de las mujeres que allí

le cobijaron. Y ya no consiguió parar.

Cada interrogación llamaba a la siguiente, reclamaba precisiones desusadas y a jirones le arrancaba las certezas.

¿Cuándo, con qué dinero había comprado la propiedad? ¿Qué color y apariencia permitían reconocer la fachada

exterior, la entrada al edificio o los pasillos? ¿Quién era el conserje, había vecinos? ¿En qué barrio, o al menos en

qué ciudad del mundo estaba aquel departamento suyo?.

 

Terminó, expulsado de la modorra, despanzurrando cajones en busca de la llave.

–¿Adónde volveré? ¿Adónde podré volver ahora? - repetía allí mismo y se me ocurrió que el badajo de su pena se

imponía por sobre los sonidos del bar.

 

Dejé un billete apurado y salí, rozando el hombro del despojado. Soy flojo, no quise ver su cara.

Por la calle, añoré mi vieja lapicera, la que con trazo suave y sin pereza inventaba canciones y cartas y poesías.

Un capuchón dorado cubría su pluma dócil y tal vez fuera un regalo de mi padre.

Se escurrió al clarear, mientras empezaba a llover, este último verano. 

 

 

 

© santiago hynes, buenos aires, agosto del 2003
shynes@trabajo.gov.ar
Especial para Sensibles del Sur


SENSIBILIDADES

 

    hay
    muertos

 

    Desde el lunes 28 de abril la ciudad de Santa Fe y alrededores padece una catástrofe que pudo haberse mitigado. El desborde del río Salado arrasó media ciudad y la convirtió en basura, dejando un tendal de incógnitas. ¿Dónde están? ¿Cuántos son? ¿Por qué están muertos? Opinión sobre un tema clave y oculto que demuestra en qué tareas las autoridades se desenvuelven con destreza, efectiva y organizadamente.

    Por: Eliezer Budasoff

 


    L
a gente habla, dice cosas. Los psicólogos del Estado dicen que hay que contener, aceptar lo que pasó, qué lástima para los inundados. Qué lástima.
    Hay un centro de evacuados, en la vieja estación de los trenes, donde una rubia de promoción comunitaria organizó un taller para niños y gendarmes: no es bueno que los niños teman a las armas, dice la asistente social. Sobre todo, piensa, si los padres son choros.
    Hay una historia que todos cuentan, de los primeros días del gran agua: la de un hombre que mataron los vecinos de un barrio, para colgarlo de un árbol con un cartel que decía: "éste no roba más". El diario El Litoral publicó que la policía detuvo a cuatro jovenes que navegaban por el barrio Barranquitas (edición del 11 de mayo): llevaban cinco pares de zapatillas, tres frazadas, una radio portátil y no pudieron acreditar la propiedad del gomón. Son días complicados para salir a navegar por las calles, sin brújula ni seguro: arriba, en el aire, está la policía. Abajo, en los techos, hay hombres que defienden la nada y el lodo.
    Dicen que internaron a uno, los psicólogos. Uno que mató como a cuatro. A todo lo que se movía le disparaba. Ahora, nada se mueve demasiado. Los psicólogos oficiales, a fuerza de lástima, contienen la guerra de los pobres contra cualquiera. La guerra de cualquiera contra los pobres: así ya eran las cosas antes, pero lejos y a secas y a la distancia con la cana. Y sin lástima y sin rumores. Pero con el agua la gente dice cosas. Hay más de 500 que no aparecen.
    "No hay cadáveres" dice, cuando termina, un poema de Perlongher.

 


l l l



Fuente:
menos que cero - Fanzine trimestral de cultura / Paraná.
abril-mayo-junio 2003 / Año 1 - Número 4
nervomaxi@hotmail.com

 

 

 

 


Se autoriza su reproducción total o parcial - real o virtual - citando fuente.

 

 

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