Eduardo Lucio Molina
      y Vedia

 

IMPRIMIR


Volver a textos

 

Cuentos de novela


EDUARDO LUCIO MOLINA Y VEDIA




Labrar la palabra

En ciertos autores la originalidad es un principio rector o una guía de su acción creadora. Para algunos de ellos (de ahí los ismos que se suceden con velocidad vertiginosa) lo es en demasía, y se devanan los sesos, o los de sus musas, para dar con la anécdota inesperada, la ambientación inverosímil, los personajes estrambóticos, el epíteto sorprendente y hasta la puntuación nihilista. Otros no dan tanta importancia a ese criterio y buscan la adecuada realización de sus ideales estéticos en diversos ámbitos o regiones del mapamundi de la literatura.
En éste, su primer libro de relatos, de enorme belleza y de factura inmejorable, Eduardo Lucio Molina y Vedia resulta original, único, orgullosamente irrepetible; pero no por un afán de novedades, de sentirse el primero de la lista y de decirles a sus lectores: "He aquí este escritor inclasificable que no se ciñe a lo consabido, ni es un repetidor o explorador de lo habitual, sino un descubridor de extrañezas, de juguetes fantásticos y de nuevas facetas de lo inesperado".
Molina y Vedia es original porque es auténtico, porque escribe no para velarse o impresionar a los demás sino para decirse y volcarse hacia el papel en una actitud extrovertida que guarda zonas de contacto con la confesión intimista.
Yo creo en el apotegma según el cual "todo escritor auténtico acaba por ser original, pero no todo escritor original deviene auténtico". Molina y Vedia tiende a hacer lo que hace por razones de personalidad, de sentimiento, de carne y de ser, y no por consideraciones de frío esteta o de intelectual astuto. 
Lejos de lo trivial y manido -la obviedad es el ogro de la literatura-, Eduardo escoge deliberadamente deambular por los linderos de lo ambiguo. En "Digresión", donde se habla del diario personal de una vieja e interesantísima mujer (que rechazó en otro tiempo el matrimonio y que no pudo ocultar sus sentimientos lesbianos cuando una mujer -nada menos que Gabriela Mistral- le toma largamente la mano), Amparo, la protagonista, suelta esta frase: "Y hay una escena inquietante, narrada con toda la ambigüedad de la buena literatura", que nos muestra la coloración positiva que tienen lo equívoco y lo multifacético en la vivencia estilística de nuestro escritor.
Es frecuente, en efecto, que Eduardo, con su genuina originalidad, haga uso o se apoye en la ambigüedad, porque él prefiere la bruma de lo impreciso a la insulsa claridad de lo notorio. Algo que se manifiesta desde el título del libro. ¿Qué son estos "cuentos de novela"? ¿Se trata de una autoexaltación algo burlona, como si se dijera "cuentos extraordinarios" o "de película" ("de pelos")? ¿Son narraciones tomadas de algunas novelas o inspiradas en ellas? ¿Relatos de novelas hechas o por hacer del propio Eduardo? ¿Embriones cuentísticos de novelas? ¿O conjuntos de protagonistas, acaeceres y situaciones que sugieren un tácito hilo novelístico? La polisemia es riqueza del texto.
El plexo de valores que anima o acompaña a Eduardo posee otro elemento especialmente significativo: él ve la creación literaria como sublimación (o catarsis) de la afectividad. En su texto de juventud "Adolesciendo" nos dice que hay días en que nos invade el escepticismo -en que cualquier dogma se nos convierte en signo de interrogación-, en que se tiene nostalgia de sentido y esa angustia "vana y decadente" se torna "una amarga costumbre del alma". En estas condiciones es un alivio intentar expresar ese sentimiento, y es que, "darle forma, tratar de pulirlo": "Presenta ciertos problemas estéticos. Es una manera de distraerse". La creación resulta así un aspecto imprescindible de la existencia, del irla pasando, del modus vivendi. Para Eduardo, como para todo verdadero escritor, no se puede vivir sin crear. Vivir bien es no sólo escribir sino hacerlo con calidad.
Otro elemento que suele poseer la "buena literatura" es el humor, y hay que señalar que en buenas dosis y apariciones oportunas campea en diferentes relatos del libro. Un escritor que echa mano de la ambigüedad y que sabe cómo y cuándo llegarle a la agudeza, puede convertir a sus textos, y es lo que sucede con los que el lector tiene en sus manos, no sólo en interesantes y amenos, sino en inquietantes e imprescindibles. Un ejemplo entre otros: "Iba a proponerle a Amparo que lloráramos juntos cuando tuve en cuenta la advertencia de mi amiga Susana según la cual no hay pareja que sobreviva a un llanto compartido." ("Digresión") O éste, que tras la sonrisa que puede suscitar guarda un serio filo poético: "Al anochecer asomaba, íntima, la luna del jardín lateral, una luna a domicilio." ("Ceremonias") Un humor todavía más fino, más literario, más críptico, aparece en el texto del "Borges apócrifo" (que yo llamaría metaborgiano) en que presuntamente el escritor argentino, al enterarse de que en México le atribuyen una novela ("El nombre") que no recuerda haber escrito, expresa lo siguiente: "Estoy sorprendido. Aguardo, con ansia y curiosidad, conocer ese texto que he suscitado, o quizá descifrado. Me asalta el temor de que si una novela de la que soy autor puede ser para mí de lectura inaugural yo sea, en realidad, una ficción." ("Vindicación de "El nombre")
Pero me urge hablar de otro aspecto. Para algunos escritores lo fundamental de una narración es la trama, para otros los personajes, para unos más el ambiente. Y no faltan, desde luego, los que quieren armonizar en lo posible estos elementos. Aunque los tres factores aparecen en Molina y Vedia, siento que el protagonista esencial de sus escritos es la palabra. Palabra labrada que es además anécdota, personajes, ambiente.
Eduardo es un orfebre de la palabra. Me da la impresión de que cada vocablo suyo ha pasado por el sabio golpeteo del martillo sobre el yunque. Vigila de manera esmerada y puntillosa que no haya rimas involuntarias en el texto. Cuida sus adjetivos, pastorea sus preposiciones, abre las puertas -pero no exageradamente- a un hálito poético. Sus textos, en fin, se dejan llevar "por la deriva del idioma para recrear y compartir tramos de existencia", como leemos en "El diario".
Estamos frente a un conjunto de textos al que nada humano le es ajeno. En un puñado reducido de narraciones y en sus sintéticos autorretratos de la sección "Galerías" se despliega un abanico amplio, complejo, de ideas, sentimientos, personalidades, experiencias, pasiones o hechos únicos (y, por consiguiente, universales).
Veamos algunos.
El sexo: "...el sexo se hizo presente sin pedir permiso..." ("Digresión")
La noticia inicial de la finitud de las formas: "...mi inclusión paulatina en el espanto de la muerte..." ("Simulacro")
Las impresiones infantiles: "La módica tragedia del Gitano cobraba un grave patetismo ante mis azorados ojos infantiles." ("Gitano")
La preeminencia de la vida sobre la ideación: "Lo sustancial lo hacemos, no lo decimos." ("Adolesciendo")
El pesimismo: "La huida debe ser hacia adelante, pero no hay adelante." ("Adolesciendo")
El terror de los perseguidos: "...cada vez que se escuchaba el ascensor parecía el final fatalmente esperado..." (Diásporas")
La amenaza: "Las cosas empezaron a cambiar cuando primero algunos, después la mayoría y más tarde casi todos, levantaron la mirada con cierta inquietud hacia el pajarraco negro, aparentemente solo, lejos de su bandada, que observaba inmóvil la vasta escena desde el campanario." ("Festín")
La pasión: "Yo la tiré de espaldas y me sumergí entre sus muslos a saborear la guanábana tersa y olorosa que se abría a mi lengua, mientras mis manos seguían exprimiéndole la leche del deseo." ("Aunque nos maten") Y más adelante: "No paré hasta sacarle todas las ganas que traía en el vientre." ("Aunque nos maten")
La felicidad infantil: "Así vivía la felicidad de no entender nada, de entregar mis coordenadas al azar de la dicha." ("Ceremonias")
El sentimiento de marginación: "Confirmo una desolada pertenencia en los rostros de mis ancestros, el parecido que nadie me puede arrebatar. No pido un reconocimiento que nunca tuve. Sólo que me dejen estar un rato entre estos muebles, rodeada de la escenografía de mi exclusión. Soy Carmen Salerno. Vengo por mi herencia." ("Visita")
Periodista, traductor y escritor nacido en 1939 en Buenos Aires, Molina y Vedia vive en la ciudad de México desde 1977. Su trayectoria se inicia en 1958 en el matutino "El Territorio" de Resistencia, capital de la provincia argentina del Chaco, y sigue en Buenos Aires, como redactor y jefe de secciones, entre otras publicaciones, de los vespertinos "Noticias Gráficas" y "La Razón", de los semanarios "Siete Días" y "Primera Plana", y del matutino "La Opinión".
Desde su arribo a México -exiliado por la dictadura militar de su país- escribió artículos en diversas publicaciones, tradujo una veintena de libros, entre ellos "Fragmentos de un discurso amoroso" de Roland Barthes, dirigió la edición latinoamericana de "le Monde diplomatique en español", se desempeñó como corresponsal de la agencia periodística internacional Inter Press Service (IPS), y fue jurado en 1983 del Premio de Traducción Literaria Alfonso X, organizado por el Instituto Nacional de Bellas Artes. Cuenta con colaboraciones firmadas en diarios y revistas de América Latina y de todo el mundo durante más de 40 años de actividad profesional.
A lo largo de su trayectoria literaria participó en diversos seminarios, dictó cursos en institutos especializados en periodismo y traducción, y pronunció numerosas conferencias sobre su área de conocimientos y actividades, que abarca la política, la literatura y la prensa.
Eduardo es un literato, como otros muchos, que viene del periodismo. Un periodismo que lo dotó de ciertas cualidades indiscutibles, como la prosa de trazo rápido y exacto, pero al que hubo de trascender para constituirse en lo que es ahora: un escritor pleno, que revela una mano maestra desde su primer libro de cuentos.
El amor-odio por el periodismo nos lo revela este párrafo que resulta elocuente para entender la forma escritural de Molina y Vedia: "También pensé en la barrera casi infranqueable que había representado para mí la labor periodística respecto de mis tempranas inclinaciones hacia la escritura literaria. Me interné en la dialéctica del odio y el amor a esa insalubre profesión que viví intensamente durante más de cuatro décadas. Ella me dio -estuve pensando- ese manejo instrumental del lenguaje que, si bien no clausura la belleza y la fantasía, terminó por ahogar en tinta perecedera mi gusto por la invención de ficciones." ("El diario")
Pocas veces se puede decir de un primer libro que se trata de una obra madura. Y es que, por lo general, los autores van madurando a medida que van editando sus producciones.
El caso de Eduardo es distinto. Él fue madurando literariamente antes de publicar. Cuando sintió que sus facultades, que su pluma, que su estrategia, habían llegado a la sazón, decidió dar a conocer sus relatos, y ello constituye un regalo inapreciable para el espíritu.
No me cabe la menor duda: estamos frente a la primera de un conjunto de obras de extraordinaria calidad debidas a un insólito inventor de ficciones.


Enrique González Rojo





A los amigos de los barrios, los amores y las revoluciones


Simulacro


El inicio de mi inclusión paulatina en el espanto de la muerte, la primera noticia de la finitud de las formas, fue esa imagen que no me abandona desde la infancia, hace medio siglo. Una enorme yegua insolada de pelaje rojizo oscuro, boqueando, tendida a todo su largo sobre la vereda de la ochava, a la que daba la ventana del cuarto donde me despertaron de la siesta las voces y los baldazos, el castañetear de los cascos desesperados sobre las baldosas.
Belfos anhelantes, desenfrenada dentadura equina, agua inútil brillando entre las crines bajo el sol vertical del verano porteño, fuelles abriendo y cerrando costillares, afán de los hombres por salvar a la bestia.
La escena atravesó las décadas asomándose por los entresijos de la conciencia como una señal cruda y diáfana, sin énfasis.
Fue preciso que la idea de los finales, del propio fin, encarnara en la región de las certidumbres, para que la tácita interrogación sobre ese acotado destino animal, como el mío, sobre ese episodio que el recuerdo rescató de entre olvidos y memorias familiares, tuviera su ambigua respuesta.
Murió allí la yegua insolada, que unos evocaban blanca y otros overa. Hacía unos meses, me contaron con el tiempo, habían pavimentado las calles de tierra con unas maderitas duras que devolvían el calor. Una causa plausible: la bestia y los hombres que la manejaban no midieron los efectos combinados del trabajo de tiro, el sol calcinante y el reflejo del calor del suelo, arrastrando quizá un carro con frutas o verduras por las calles de Villa Ortúzar.
Pero a aquel niño de dos años y medio en ese enero del 42 la imagen le había dicho otra cosa, algo más de fondo. Que tras las causas está una causa, elusiva, desconcertante, inverosímil.
Se lo siguió diciendo, persuasiva, a través de los años, las geografías, las amistades y las discordias del mundo y de la gente, de un modo discreto y tenaz, como disculpando el exabrupto, fijándolo a aquella ochava como al lugar de su destino, soleado y letal.


Ceremonias 

Sin duda en el origen del ambiguo ritual estuvo esa pequeña costura de un ojal de carne sobre la ingle derecha, diminuta cordillera de cicatriz que se iría estirando con los años. (Lo descubrí mucho después, ya lejana la tarde lluviosa que nos mudamos al caserón de Belgrano con muros de 30.) El signo fue esa huella pero el enigma persiste. Porque cada impronta remite a otras lecturas, a nuevas configuraciones, sustratos capaces de callar y decir más de lo que son. 
Seguramente hubo anestesia, enfermeras moviéndose en el quirófano, envolviéndome en las suaves toallas de hilo que entonces usaban los hospitales. Contactos experimentados tal vez como primeras caricias no maternas, promesas de plenitud que precedieron al breve corte del bisturí y la posterior sutura. Castigo eventual, quizá, de fantasías informes.
Vivimos rodeados de mitos y rituales. Casi cada día atravesamos agonías, hechizos y resurrecciones. Pero la repetición fascinante de una escena conformada por una serie de actos prefijados, que se presentó de pronto en las postrimerías de mi infancia, sólo pudo obedecer a inciertos núcleos de sentido que buscaba revivir, desentrañar, acaso controlar. Porque algo de aquel ajetreo quirúrgico, grávido de símbolos y vivencias sensoriales, quedó impreso en memorias del inconsciente como un manantial onírico de efecto diferido.
Pudo ser también, entre tantas cosas, el cepo del braguero que me mantuvo sujeta la cintura durante meses para que cerrara la herida. O mi identificación posterior con el cuerpo exánime de Cristo entregado al regazo de María, que me comentaba en casa mi vecina Nené Rondinelli, la hija del zapatero, hojeando con asombro los tomos de "Los Grandes Museos de Europa": sacro o profano, el mensaje era la cumbre del amor en el martirio, la imagen del dolor vinculando lo humano más allá de géneros o credos.
Es extraño peguntarse cómo un cuerpo resulta aislado de lo real y deja el acaecer de la vida para ingresar a otra dimensión, convertido en campo de pruebas donde el tormento o la ciencia buscan indicios del último secreto y el espíritu cumple su papel de testigo. 
Imagino al cirujano como Poncio Pilatos lavándose las manos en alcohol ante una enfermera que le ofrece la toalla blanquísima de lino. Y enseguida el tajo, la incisión de bordes perlados por gotitas rojas, la mano diestra que repara y une, y por fin el zurcido que cierra e inaugura el trayecto de la cicatriz. 
Pero ese abandono o condición pasiva del cuerpo, esa inmersión en la nada que lo convierte en ícono de múltiples significaciones, debió grabarse en mí como un glifo a develar. Porque años más tarde, atravesando transiciones y deslumbramientos de la niñez, apareció La Ceremonia, esa misteriosa escena privada, repetida una y otra vez, que me tuvo por único y clandestino protagonista, movido como autómata por algún designio o fuerza superior.
Era desnudarse y despejar la mesa de cuadernos, tinteros y compases, cancelar su historia hasta dejarla también desnuda, inmemorial, en blanco, como la mesa de operaciones donde me sellaron la hernia inguinal; tenderme enseguida de espaldas sobre ella, sentir su frío iniciático y, casi al mismo tiempo, buscar afanosamente las toallas lisas para extenderlas sobre mi cuerpo; simular entonces con brazos y manos los pases mágicos de las oficiantes, en un éxtasis de placer que me desbordaba por completo en sensaciones oceánicas. Semejaba el ensalmo de imantar el aire, de convocar un epitelio virtual ultrasensible que latiera sin contacto y dejara al paso de su oleaje ese brillo final que lame la playa al retirarse la marea. Evocándolo, suspendidos el tiempo y el espacio, tendido en ese limbo, en ese plano intermedio donde la conciencia se hace ensoñación de elusivas sinestesias, veo manchas que surgen para enseguida deshacerse sin construir estructura alguna, sólo poblando el instante. Así vivía la felicidad de no entender nada, de entregar mis coordenadas al azar de la dicha. Convocaba un erotismo a la vez intenso y difuso transformando mis manos en otras etéreas manos bienhechoras a las que me rendía. La excitación desencadenaba el rapto, me hacía actuar como siguiendo un programa, y la escena revelaba áreas desconocidas de mi propia identidad.
Siempre supe, lo recuerdo bien, la carga transgresora de La Ceremonia, su sensualidad desorbitada. Esa exhibición ante mí mismo, o ante quién sabe qué dioses, lo violentaba todo: el ámbito familiar, la mesa de tareas, la luz vespertina que cubría como agua lustral el espacioso cuarto amarillo de altos techos, manchas de humedad y paredes descascaradas. El trance me conmovía igual que los relatos dolientes del Calvario que narraba la Nené al volver de la Iglesia La Redonda. Ella me decía, sin convencerme pero desatando mi imaginación, que todos tenemos un Ángel de la Guarda, que al anochecer nos suelta una arenita en los párpados y vela nuestro sueño. Sostenía que Dios está en todas partes, "hasta en el codo", y se desconcertaba ante mi pregunta de si sabía que Jesús era judío. 
Condición necesaria de La Ceremonia era el aislamiento de mi cuarto. Balcón al jardín del frente con persianas plegables de metal, catre de hierro, mesa de estudio, sillas viejas y, cubriendo los muros, pesados libreros cuyas vitrinas corredizas caían colgando desde rieles al cubrir los estantes, conformaban el austero escenario. Una puerta que daba al dormitorio de mis padres y otra que miraba a la galería de baldosas resquebrajadas, semicubierta por el alero, espiaban ese gran signo de interrogación dormido y oculto en los umbrales de la pubertad.
Al anochecer asomaba, íntima, la luna del jardín lateral, una luna a domicilio. La penumbra de la galería sigue tejiendo en su quietud el misterio de un adentro que es afuera. Cuando las tormentas rebasaban las canaletas la galería cruzada de relámpagos era un útero a la intemperie. Entonces, al escuchar las últimas campanas, rezos silvestres se atropellaban en mí tras una vaga cauda de culpas.
La sórdida cadena de penitencia del catecismo que se arrastraba en las procesiones y sólo embellecían las fábulas pintadas por los renacentistas, era para mí una incursión en el hechizo desafiante de lo irracional. Como cuando veía a la Nené en la calle echándole baldazos de agua a los perros abotonados para separarlos y nos mirábamos interrogantes, ella sonrojándose y yo sin saber por qué.
Con la Nené me visitaba lo que no se puede poner en palabras. Nos sentábamos a hojear las imágenes en el estudio de mi padre bajo un mapa pegado sobre cartón, con banderitas rojas clavadas en alfileres -unas con la svástica, otras con la hoz y el martillo-, que marcaban las vicisitudes de la guerra.
O salíamos a perseguir hormigas en el jardín, que se abría en ele sobre el frente de verjas, con una escuálida palmera ávida de bonanzas tropicales, los malvones, los tacos de reina, el jazmín del cielo y las calas. Hacia el fondo se alineaban la retama, la magnolia rodeada por un banco hexagonal, las higueras a cuya sombra se reunían enjambres de abejas a libar los higos podridos y el cajón de arena donde después de la lluvia mi hermano tallaba torres y paralelepípedos de ciudades imaginarias.
Hizo falta un testigo para cerrar el ciclo. Una tarde (recuerdo más el sobresalto que las imágenes) mi madre se asomó azorada a La Ceremonia, probablemente sin querer. Nadie dijo nunca nada del tema. Desde la irrupción de esa presencia intrusa La Ceremonia no se repitió y pasó a laberintos de olvido que fueron después memoria.
¿Hasta dónde hubo huida de mí mismo, vergüenza, cancelación, perplejidad? ¿Qué clase de eclipse cerró ese otro ojal?
Estamos más lejos de lo que suponemos del niño que fuimos y resulta raro privilegio que un brote del inconsciente sea capaz de burlar tantas esclusas, restituirnos a nuestro origen y abrir ventanas al recuerdo para que el pasado vuelva sobre nosotros.
Tenía con seguridad diez años cuando sobrevino, no menos fundacional, la ceremonia de la razón. Hoy evoco claramente el compromiso de grabarme la cifra como un hito. Asumir esa angustia de afrontar el abismo de la nada desde una irrisoria finitud, sin la red protectora del más allá, sin anestesia ni dolientes fábulas consolatorias, era el lado oscuro, el precio de ese ritual del discurso, hecho de cadenas de pensamientos revisitadas una y otra vez, como sucesivas consagraciones o comuniones ateas.
Durante esos trayectos por galerías interiores el contrapunto de los conceptos cobraba vida propia en tautológicas obstinaciones al atisbar los desfiladeros del escepticismo. El lugar cambiaba con las circunstancias: podía ser tanto mi habitación de siempre, a menudo la cama en los solitarios instantes de ansiedad previos al sueño (acompañados por la charla muriente de las visitas, el rumor de la calle y sordos ruidos de muebles o puertas que se abrían y cerraban), o bien la plaza del mercado, en cuyo suelo cubierto de granito molido me acostaba boca arriba empapado de sudor tras el partido. 
Cesaba entonces la fiesta del fútbol, el mágico picar de la pelota, la fantasía del gol. Desde esa posición, registrando en mi dorso el relieve de la grava, mantenía sin desviar la visual directa a las nubes que navegaban el cielo, hasta no ver más que cielo y nubes, concentrado en la sensación sobrecogedora de estar suspendido en el espacio, oscilando entre la idea de ser tangencial al planeta que me sostenía o bien parte indisoluble de él, sintiéndome en ambas instancias una cosa más, una brizna efímera, desasida, flotando en el universo sin límites.
Empuñarme a mí mismo como instrumento al llamar de testigo para recibir semejante iluminación desde el niño que era al adulto que sería más tarde, asistir juntos al advenimiento del logos, era gloria de un orgullo despojado. A partir de entonces el conocimiento fue para mí sólo cosa de seres humanos, travesía ajena por completo a todo halo místico.
Difícil fue después renunciar a las ilusiones de la verdad absoluta y resignarme a la radical ambigüedad de las cosas aceptando los límites del conocimiento: la circunferencia, el diámetro, el deficiente número pi. Entrañarme, mezclar entrañas con el mundo, aceptar mi personal mitología, resultó algo más complejo y entretenido que constatar la incompatibilidad de Dios con la razón.
Hoy puedo ver bajo otra luz aquellas rupturas con la vivencia pueril de la fe y el culto al raciocinio pero guardo con emoción el recuerdo de ese raro sentimiento de lo sagrado al asumir la nada, mi camino hacia la agnosis.
Ahora, ya con la vida hecha, de nuevo en el quirófano, mientras me clavan la anestesia en mi ojo derecho para extraerme el cristalino opaco por un tajo de tres milímetros y sustituirlo con una lente, continúo devanando la madeja de aquellas evocaciones. Me distraigo del corte y las costuras sumergido en un ayer intemporal. 
Enhebro, corrijo y acuño las palabras que siempre quise escribir, sabiendo que al terminar la operación habré olvidado su música y no podré reproducirlas, y que será una vez más otro texto laboriosamente no consumado. 



Gitano


Al Gitano Ruiz, que jugaba de centrojás y la pisaba

Sentado en las desechadas cajas de cartón del Mercado Viejo, cartones apilados que habían contenido huevos o latas de conserva, miraba al Gitano Ruiz, que bajo el chorro del piletón de los pescaderos, acentuando la carnosidad anhelante de sus labios, imploraba borracho: "Quiero más café."
La barra se divertía con su módico drama y yo me hundía más y más en los cartones, y les iba dando la forma complementaria de mi cuerpo, la forma de un sillón retacón y cómodo, armado por las capas superpuestas de una especie de hojaldre corrugado.
(Una obra de arte precursora del diseño escandinavo, se diría hoy, si se hubiese conservado en algún museo del mueble efímero.)
La módica tragedia del Gitano cobraba un grave patetismo ante mis azorados ojos infantiles. Los gritos, las risas, las burlas afectuosas de la muchachada, volvían la escena más absurda y escarnecedora, hasta que se fueron convirtiendo en un balbuceo incomprensible, que semejaba la parodia de un idioma inexistente.
Entonces me quedé dormido.
Fue un sueño de cartón. De cartón y mimbre.
Repetía, con el ligero matiz irónico de los sueños, una secuencia única, conocida, cómoda como zapato viejo: la escena de la Celebración del Mimbre.
Era el atardecer y pasaba frente a la puerta de mi casa el recargado carretón del mimbrero, con sus percherones de tiro, el farol a querosén bailando abajo y un infaltable perrito seguidor. El barrio se llenaba de una solar luz vegetal. Las canastas y canastones, las sillas y mecedoras, las mesas oblongas que se retorcían e interpenetraban en incesantes curvas, mantenían en tenue balanceo su increíble equilibrio, como si llevaran a conciencia, delicada y muellemente, la pausada tardanza de los artesanos.
El carretón pasaba una y otra vez en cámara lenta, interminable. Yo lo veía pasar, sentado en el umbral de mi caserón de higueras y magnolias, como décadas después al buque de Fellini.

Se hizo noche y me anduvieron buscando. Cuando volví a mi casa el alivio era bronca, amor, silencio.

Adolesciendo

Éramos jóvenes y nos seducía la desdicha
Jorge Luis Borges 

Un día cualquiera, uno de esos días adicionales en que se recorre el pasado y se supone el porvenir, cuando nuestra anterior vida lógica se transforma repentinamente en momentos de un lúcido y monstruoso auge del pensamiento, nosotros vemos que nos faltan deseos.
Intentamos entonces frágiles e inoperantes defensas contra el escepticismo que nos invade, regular e inflexible, como una inundación, o como una lenta enfermedad cuyo curso conocemos y nos es imposible detener. Tratamos de apasionarnos, pero es inútil, porque el fervor nos abandona y la razón es una llaga abierta que nos obliga a buscar un alivio que no existe y que cuando venga, si llega, lo hará solo.
Y es entonces que prolongamos nuestras horas sin fe, suicidas de alegría triste y angustia ingenua, con la secreta esperanza de ser engañados y la desmoralizadora certeza de nuestra invulnerabilidad, nosotros, que sin creer en nada, en realidad creemos en todo.
En esos días inhumanos, negativos, en esos días en que las noches nos encuentran tristes y heridos, acosados de cultura, con la respiración del alma fatigada y la mirada sucia de ver tantas imágenes y buscarles su inexistente sentido, ocurre lo de siempre. La razón se destruye a sí misma, y sobrevienen las contradicciones. Esto no es evitable.
Todos somos iguales, yo y mis amigos, y es un tema analizado. Integra "la problemática contemporánea".
A veces, en noches de hastío terribles, nos destrozamos mutuamente en amargas conversaciones tortuosas.
Las cosas suceden más o menos fuera de nuestro control. Yo me controlo bastante, sin embargo, y eso me permite ciertas ingenuas decisiones de orden secundario, aunque supongo que lo sustancial lo hacemos, pero no lo decimos.
Me doy cuenta que estoy por llegar a una contradicción, porque todas las afirmaciones se incluyen a sí mismas. Y ahí está el problema. Si no supiera todo lo que iba a suceder me hubiese preguntado si el pensamiento de que actuamos pero no elegimos me pertenece a mí, o depende de poderes que escapan a mi control, y así sucesivamente.
Sartre dice que la vida comienza más allá de la desesperación, pero más allá de la desesperación no comienza nada. Sólo una estéril e incrédula sucesión de ensayos, triste y afanosa, sin sentido.
Un amigo me preguntó un día qué inconveniente había en no buscarle significado a las cosas. "Lo que te pasa -me dijo- es que tenés nostalgia de sentido. Es algo histórico. Antes todo debía tener sentido. Ahora sólo queda una cierta nostalgia." Yo le dije que lo que él estaba haciendo era buscarle un sentido, aunque fuera histórico, como hecho que sucede en orden al proceso de las transformaciones de la cultura, a lo que llamaba no intentar el significado de las cosas. Me dijo que él tampoco creía en la validez de sus argumentos.
Entre nosotros solemos hacer estas experiencias. Los resultados son parecidos.
Dije que las cosas suceden más o menos fuera de nuestro control. Un día nos tienta una paradoja, un tanto desafiante e irónica, y nos acercamos a ella indefensos, y como todavía nada nos apremia, no hay motivo para que nos interese, hasta que todo se hace más dramático y decisivo. Entonces ya no es posible volver atrás. La huida debe ser hacia adelante, pero no hay adelante.
En una película de Ingmar Bergman un profesor le pregunta a cierto alumno: "¿Por qué no se suicidó?" Y éste le responde que tiene miedo. "Todavía le queda una solución -le dice el profesor-, tal vez la menos dramática. Aún le asiste a usted un derecho. Conocerse a sí mismo." El muchacho lo mira, mientras el profesor se dirige a dictar su clase, y lo detiene para preguntarle qué lámina necesita. "La número 52", es la respuesta. Son muchas las que están colgadas en el gabinete. Llenan enteramente la pantalla. Y la película finaliza mientras el estudiante va apartando una y otra con la cabeza inclinada para observar la numeración.
Lo que dijo el profesor es que conocerse a sí mismo quizá sea la solución menos dramática, pero no se trata de mayor o menor dramatismo. No hay cuestión de grados. Hay una cuestión de existencia. Y, por otra parte, la lámina 52 tampoco aparece, ni representa mucho.
Mientras tanto todo ocurre sin muchas variaciones. Se tiene cierta sensación de provisoriedad, de realizar sólo actos circunstanciales, demasiado rectificables.
Y se suceden sin cesar, con infalible monotonía, las distintas versiones multifacéticas de esa angustia vana y decadente. De ese sentimiento irremisible, poco discriminado, que se va convirtiendo con el tiempo en una amarga costumbre del alma.
Siempre es un alivio intentar expresarlo, darle forma, tratar de pulirlo. Presenta ciertos problemas estéticos. Es una manera de distraerse.
Pero acabo de darme cuenta y no sé que consecuencia tendrá esto.


Resistencia, Territorio del Chaco, República Argentina, 1958. 









Diásporas

(El librero Santiago Fischbein) era más
bien obeso; recuerdo menos sus facciones que nuestros largos diálogos. Firme y tranquilo, solía condenar el sionismo, que haría del judío un hombre común, atado, como todos los otros, a una sola tradición y un solo país, sin las complejidades y discordias que ahora lo enriquecen.
Jorge Luis Borges

Desde siempre, signada por un destino que sólo dolorosamente descubrí después aleatorio, resulté extranjera en un mundo ajeno y hostil. Me recluía en la puertapersiana del patio, refugiada en mi pequeño ámbito, familiar y protector, confirmando en las breves distancias de sus hojas articuladas los resguardos de mi soledad. Ni asomaba mi mirada por las celosías, para no ampliar ese reducto a veces triangular, otras trapezoidal, ese íntimo territorio de geometría variable que me amparaba del cuéntenic, de mi historia, de lo que luego supe que era Europa, la guerra. Me hacía diminuta en ese rincón del patio como si no existiera, como reduciéndome a un mínimo perdonable de existencia. Y mis cuatro, cinco, seis años desguarnecidos, remontaban un horizonte de hornos crematorios, bombardeos y arreos humanos por los pueblos y campos de Polonia.
El calorcito de las paredes en la media mañana invernal me arrebujaba bajo el sol mortecino mientras Daniel narraba incesante, con derroche de diálogos y detalles, las últimas novedades recogidas de puerta en puerta, desde Villa Crespo hasta el Once, hasta ese conventillo alineado de corredores donde mi padre cosía montañas de bolsas y carteras.
Y eran -entre las ruinas de la catástrofe- el mantel de hilo para la mesa de la sala o el juego de té para el casamiento de la hija de la paisana, o las mil chucherías brillantes e inútiles que justificaban ese sórdido mester de pregonero, mezclados en su prosaísmo a los relatos entrecortados de sitio y muerte. Retazos de últimos momentos de existencias acosadas, jirones de humanidad deshecha, cascadas de tenues (cada vez más tenues) posibilidades de supervivencia, lacerantes certidumbres, mezquindad gradual de parentescos y amistades afluentes y subafluentes, restos de un pueblo caudaloso en trance tribal de aniquilamiento.

Que a la sobrina de Samuel la vieron por última vez en la estación de ferrocarril (sola, con un bulto de ropa)...que Martín, el hijo mayor de los Cohen, se lo llevaron en un camión repleto de muchachos...que al viejo Aarón parece que se lo hubiera tragado la tierra, porque nada se sabe de él desde hace un año...

Una letanía de tragedias enhebrada en las mañanas soleadas de los barrios judíos de Buenos Aires, un coro de lamentaciones infinito rebrotando junto al Río de la Plata en mis grandes ojos hambrientos de luz, en mis escuálidos bracitos, el torrente dramático de la diáspora inmemorial repitiéndose en mi esqueleto nervioso y destetado, golpe tras golpe llegado de ultramares y de ultrasiglos a mi pequeño triángulo, a mi entrañable trapezoide en un rincón del patio, caldeado por el hornito de los muros descascarados.

Y la sábana bordada, la frutera de peltre, las joyas de pacotilla, todo a pagar en cuotas, ya se puede empezar a usar, o si no para el regalo del domingo... 

En la orgía de colores y texturas del lisérgico la música concreta irrumpía, durante aquel episodio regresivo de mi alumbramiento, como los bombardeos de saturación de la Luftwaffe. Nacer en el 39 en una familia de judíos polacos, emigrantes de los pogroms y la miseria campesina centroeuropea, ser "rusa" para el ingenuo antisemitismo porteño de las escuelas y los barrios, "criolla" en mi casa judía, pobre en una colectividad próspera, fue mi condición. Nacer, afirmar la vida, cuando borraban del mapa nuestra aldea de panaderos y marroquineros.
Después vino Alberto, el orgullo masculino de ese clan apegado al atraso rural. Y la promesa impuesta, la maldición, de protegerlo. Fue en una antigua escuela pétrea, de guardapolvos blancos, híbrido de cárcel y templo, con el carro agujereado del mate cocido y el pan, entre el bullicio del patio de recreo y el conversado cortejo del joven maestro de quinto con la veterana de tercer grado.
Los sucesos de aquellos días se confunden y superponen como en un aquelarre. Albertito caído junto a los escalones del mástil, frente al portón principal, en el patio de los más chicos. Y yo, su hermana protectora, sin saber qué hacer. El traslado a casa con la ambulancia, la meningitis, la muerte, esa increíble, instalándose en mis entrañas para siempre. Días, horas, no sé. Mis padres no quisieron la autopsia y nunca supe si fue del golpe o de poliomielitis. 
En torno a la fosa abierta, con toda la familia y los paisanos alrededor, en esos entierros judíos tan dolorosos y desgarradores, de corporalidad sufriente, mi madre, Bertha Guber, nacida y criada en la aldea polaca de Zyulkievka, literalmente borrada de la faz de la tierra por los nazis, mimetizó los gestos rituales del aniquilamiento y lanzó su anatema sobre mí. En su yidish aldeano me hizo públicamente responsable, deseó una sustitución de muertes que su ataque tornó simbólico, maldijo la maldición de mi promesa impuesta, el día para mí también aciago en que nací. Mi hermano Simón, rápidamente aporteñado en los billares del bar El Cóndor, de Corrientes y Medrano, me llevó lejos de ese inconcebible hoyo de mi vida.
Los meses que siguieron busqué a Albertito por las calles de mi barrio, como si la muerte fuera un hecho provisorio, reversible, hasta que me asombraron los ojos azorados de mis vecinos cuando les preguntaba si había pasado por ahí.
Escenas sueltas emergen de aquellos años. Mi convalecencia en La Serranita, junto al río Aní-Sacate, con mi hermana Rebeca, las cartas de mi maestra Leticia con los deberes para que no perdiera el año, cuando tuvieron que llevarme a ese pueblito cordobés. Luego, una tarde, en el taller de repujado donde trabajaba mi hermano, él alzándome sobre la mesa cubierta de pieles e instrumentos para que yo cantara un tango reo entre los aplausos de la muchachada. Mi hermano saliendo de un salto de la casa para unirse a una gran muchedumbre que atravesaba la ciudad como un enorme río humano, como esas crecientes del Aní-Sacate que arrastraban a su paso árboles, vacas muertas y carretas. Simón saltando como un resorte y hundiéndose en aquella multitud, arrancándose a la voz de mi madre que gritaba: "¡Guei nisht! ¡Zei ken dir tsezetsn dem kop!" ("¡No vayas! ¡Te pueden reventar la cabeza!"). El campamento sionista, donde nos enseñaban a librar una guerra abstracta, arrastrándonos por la maleza bajo los focos amenazantes, entre los árboles, cazando rivales desconocidos (preparándonos para hacer con los árabes lo que los alemanes hicieron con nosotros). La secundaria y los deportes en la Quinta de Olivos: caballos, esgrima, básket. El trabajo precoz en un despacho de abogado, las fiestas, los grupos juveniles. Narciso besándome en las escalinatas griegas de la Facultad de Derecho, a la salida del concierto. Mis hijos de padre goi, un padre casi adolescente, flaco y tierno.
Cuando el ejército nos cercaba, casa por casa, puntual y selectivamente, cuando cada vez que se escuchaba el ascensor parecía el final fatalmente esperado, y la rutina cotidiana los pasos últimos de un condenado (Argentina accedía a sus propias masacres e iniquidades, a sus escarmientos y sus humillaciones colectivas), los náufragos nos perdimos por todos los rumbos, desde Brasil hasta Canadá, desde Suecia hasta Australia, desde Inglaterra hasta México. Como en los mediodías de infancia en la judería porteña, nos seguía un cortejo espectral y fragmentos de renovados acosos. Amigos, compañeros entrañables, gente solidaria de todas las razas, edades, religiones y oficios, perseguidos como ratas por los laberintos urbanos y los pueblos apartados de provincia. De vez en cuando también llegaban las historias rotas de sus vidas devastadas, de familias enteras desaparecidas, de los cuerpos flotando en las costas, tirados en las zanjas, bajo los puentes.
Me dicen mis amigos que no voy a ser nunca mexicana, aunque me desviva bailando el jarabe tapatío y me haya recibido de antropóloga, aunque me desespere en adaptar mi habla y mis costumbres en mi sed de raigambre insaciable, más allá de toda realidad. Cuando me interno en la tierra colorada de la huasteca potosina al rescate de su variante maya, entre montañas y selvas misteriosas, pueblos enigmáticos me rodean en su silencio y sencillez. Ellos me dicen que soy su semejante. Afirman (contra Heráclito) que las aguas del Coy, su río cubierto por el abrazo verde de los árboles, me estuvieron esperando allí desde siempre. Ellos no se van a ir de sus raíces. Me quieren y me aceptan como a una judía errante.

 



Rehúses

Cierre y comienzo de viaje fue la incógnita de esa antesala bifronte que mi madre despejó una tarde indecisa -cual Jano, dios de Roma, sus dos caras deteniendo pasado y futuro- al irse del consultorio antes de tiempo con su tardío embarazo a cuestas.
Así solemos nacer, de carambola.
Si la historia no hubiese sido narrada por ella en cuanta ocasión creyera estar a solas con sus amigas yo seguiría soñándome fruto del espermatozoide de oro. Bastó oírla en confusa perplejidad para que atrios, vestíbulos, zaguanes, esos lugares de colindancia con el suceso, esperas de ritual frustrado, se convirtieran en una de las formas de mi tiempo. Estar en los bordes, asomarse, anticipar la temperatura del futuro, interceptarlo con su abrupta cancelación.
¿Por qué acercarse al umbral de lo que no será? Un pasaje no es un viaje ni una llave un acceso mientras no rehusemos la emoción de pervertir la cadena causal con un simulacro o amago. Cruzar el planeta no es más travesía que el periplo interior de adivinar la escena del juicio final en un crepúsculo rioplatense.
Así ocurrió durante aquel regreso a Buenos Aires en el cementerio de jerarcas de Moscú, frente a la abandonada tumba de Stalin, que miré a distancia con vago horror sagrado, sin la ofrenda floral prometida a la devoción de mi padre, y en París, ante el pulcro palier de mis parientes lejanos en la rue d'Argenteuil, que simulé visitar pero no quise ver.
El conato establece un dominio, una eternizada superioridad. Es el imperio del acto fallido, el salón de pasos perdidos donde transitamos nuestras reflexiones.
La dictadura argentina me había obligado a ir a Cuba por un laberíntico trayecto cuya primera escala fue Monrovia, en la costa africana: 30 grados a las tres de la madrugada. Después a Zurich, con sus legiones de prostitutas inundando las calles céntricas a las diez en punto de la noche, y más tarde el trasbordo a la aerolínea checa, vía Viena hacia Praga. Allí el Moldava, la ribera difuminada en ondas, la plaza de Wenceslao (adónde irá una estatua ecuestre), los manzanos y las muchachas en flor, el puente de Carlos. Y más tarde las escalas en Reikiavik y Quebec hasta llegar a la isla de la gran promesa, esperanza en acto: su meta no era más luminosa que el trayecto.
Volver fue el desafío de otra espera igualmente laberíntica. Evoco de aquel retorno los incesantes bosques de abedules blanquecinos, autos como en cámara lenta y barrenderas en anchas avenidas orladas de nieve, la fastuosa habitación del Ucraynia con piano de cola y sobrecama de seda, la Rusia intemporal sostenida por el bajo continuo de Fedor Chaliapin. Y al llegar a Francia el cuerpo exánime del Che cubriendo la primera plana del Paris Soir, el gesto ampuloso de los conserjes: "¡Complet, monsieur, complet: le Salon de l'Auto, monsieur!", y la madrugada deambulando con el fotógrafo panameño por los alrededores del Louvre, entre los bultos de estudiantes dormidos sobre los bancos. El encuentro casual con Sofía en una sucursal de correos, la visita guiada al antiguo París de las revoluciones, sin preguntas su maduro silencio solidario.
Montevideo mostraba su rostro amable y confianzudo de entrecasa pero del otro lado tallaba la muerte. El viaje en ómnibus hasta Colonia nos restituía aromas y ritmos rurales de antaño, evocaba paseos en sulky con mi abuela Delfina por caminos de tierra cubiertos bajo las copas de las arboledas en la isla Martín García. Cruzar el estuario del Plata en aliscafo oyendo de nuevo el acento golpeado de mi ciudad me causaba una sensación de falsa familiaridad.
Ya no había otra mejilla que ofrecer. Aun no comenzaba la guerra pero todo eran preparativos y aprestos para lo inevitable. Como en la tragedia griega, los protagonistas cumplían puntualmente su rol preestablecido, casi como conociendo los futuros desarrollos, movidos por una especie de fatalidad. 
Ante la cercanía de un acontecimiento tendemos a dilatar el ceremonial, como si el hecho mismo, ese núcleo del devenir, fuera en verdad irrelevante. La realidad es la sala de espera de las utopías; la existencia, antesala de lo que no sabemos. Vivir es fragmentar una expectativa, seccionar la inminencia hasta dejar desnudo el átomo de tiempo que acorrala a la muerte.
En todo eso pensaba para distraer la tensa espera mientras me abrían maletas y papeles en la oficina migratoria del puerto de Buenos Aires. 






Alcira

Era fea pero flameaba la llamarada de su cabellera pelirroja, hirsuta, suelta o abigarrada de horquillas. Se acercó a mi mesa en la redacción, tímida, para hablar de no se qué nota, y recordé un ansia pelirroja naufragada en la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras.
Vestía insólita Alcira. Medias blancas tres cuartos de colegiala y una expresión en el rostro como de asco placentero, si es posible algo semejante. Pero una confianza de aplomo íntegro envolvía su entorno y era como haberla conocido.
En la plaza San Martín, una tarde fuera del tiempo o robada al tiempo pautado de las obligaciones, sentí su piel y su aroma dulzón, insoportable en cualquier otro contexto e incorporado lentamente a mi mundo de lo femenino a lo largo de esos años cabales de amistad y amor.
Ella era triste y cordial como una auténtica argentina y recorrimos juntos, como si fuera la primera vez, los trayectos de nuestra repensada vida, eludiendo los escollos y los abismos mutuamente respetados. Nos veíamos en la redacción y en unos oscuros depósitos de libros de la editorial donde ella trabajaba por las mañanas. Había en nuestros encuentros una comunión que disolvía las circunstancias, los accidentes de nuestra existencia. El diálogo y los abrazos discurrían por los caminos de un ensueño concreto, más real que el mundo, trascendente de una sabiduría nueva pero reencontrada.
Me contaba de Rosario, de su amigo poeta y periodista, un idealizado Romeo hacia el que habían tendido incuestionablemente sus anhelos de aquellos años, de sus comienzos en la bohemia de un diario provinciano. Narró, minuciosa, el lento suicidio de un amigo alcohólico y edípico que ahora también vivía en Buenos Aires, con la misma magnanimidad con que su mujer intentaba apuntalarlo, lacerante y piadosa, hundida en la catástrofe de su amor.
Las horas eran todas buenas en aquellos tiempos y nos vieron mañanas, tardes y noches, confundidos en la vorágine de una cama, gozando nuestra inédita complicidad entre amigos, escuchando música en su pieza. Yo la veía joven e íntegra, tan mujer, tan sola en el Buenos Aires crispado y tenso de comienzos de la guerra, que ella crecía en medio de los edificios y la rutina, solemne y humilde, como un ídolo civil.
Leíamos horas un libro de Prévert que me había regalado, ella espectando mi descubrimiento de una poesía alzada y popular, también reelaborando ella su propia adhesión en el énfasis de otra lectura. Compartimos la soledad de la soltería y del matrimonio, la modesta repugnancia hacia el éxito, el cotidiano latir de dos vidas.
Mi amigo Daniel no se parecía a mí cuando se enamoró de Alcira. Como éramos compañeros del sindicato, y él se obstinaba en ser un joven discreto y reverente, me preguntó sobre ella como si me solicitara cierta aquiescencia, también discreta. Nos habíamos alejado sin darnos cuenta, ya no nos veíamos tan seguido, aunque para mí Alcira había penetrado definitivamente en el ámbito de lo que jamás me dejará. Le dije a Daniel que sí, en el lenguaje tácito de los elogios sin cálculo, salidos de las entrañas como los insultos y las lamentaciones, y después me enteré, con una tenue y vaga tristeza del alma, de mi inevitable sustitución.
La vi hermosa con él, dinámico y pragmático, un marxista positivo de los que ahogan la utopía. Pero ella había cambiado sorprendentemente a un África-look pelirrojo, inesperado, y yo la elogié con imprudencia, sin que él supiera mi riguroso respeto por los límites y hasta mi agradecimiento por lo que pudiera caberle en la transformación.
Meses más tarde el cerco se hizo mortal. Huíamos como ratas acorraladas en medio de la masacre y los perdí de vista. Visitarlos hubiese sido contaminarlos con nuestro destino, asumido en la tempestad de la derrota. Después un intercambio de cartas México-Buenos Aires, meramente informativo, sin el calor de lo nuestro, y varias cartas mías sin respuesta, perdidas en la incertidumbre de una mudanza, del terror represivo, tal vez de una sórdida reyerta conyugal. 




Continúa = = = = = =  >


Gentileza:: Cristina Castello [ cristinacastello@fibertel.com.ar ]


Volver a textos


© Copyright 1999-2010 Paginadigital®. - Hecho el depósito que marca la Ley 11723 - Derechos reservados  




|Pon a paginadigital en tu sitio | Sugiere esta página a un amigo | Responsabilidad |
info@paginadigital.com.ar
   |  Ayuda |

Web diseñado y producido por paginadigital®, Copyright 1999 - 2011, todos los derechos reservados. Los nombres e íconos de: paginadigital, Kids, art, pinturas, grabados, dibujos, objetos. Todos los derechos reservados. Hecho el depósito que marca la Ley 11723 - Derechos reservados | Términos y condiciones

| Home | Cursos y talleres | Servicios de Internet |Agenda de Ferias y Exposiciones | Exposiciones de arte y galerías | Becas, maestrias y posgrados | Programación de teatro, cartelera | Centros culturales | Concursos de pintura, literatura, arte, video, television, tv, teatro, casting | | Conferencias, seminarios, jornadas | cartelera de cine, tv, fotografía | Música, recitales, bandas, música clásica | Libreria, venta de textos y libros | Museos | Coros, operas, conciertos | Noticias, notas y artículos | Música de tango, cena show | Textos, poesía, prosa, cuentos, poemas | Solidaridad | Tarot, astrología | Mapa del sitio | Foro | Not | Cart | Salas | Tel | Taller | Taller literario | Enlaces útiles