Eduardo Lucio Molina
      y Vedia

 

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Río mar adentro

Eduardo Lucio Molina y Vedia

Introducción de Iliana Godoy
Prólogo de Lisbeth Padilla 



Inmersiones

Algunos piensan que en las palabras está el sentido del poema, otros creen que la poesía pone en escena lo inefable y hay quienes se mueven entre esos y otros polos. Nadie puede probar una cosa ni la otra porque el arte rebasa la teoría. Pienso que la poesía nace del silencio más que de la maestría en el decir. Es la maestría de decir el silencio, llegada inicial, abierta a lo que nadie dijo, aventura sin edad que conjuga el asombro con la experiencia renovada. Puede estar, como ocurre en este libro, en el encuentro mágico de dos que se conocen inesperadamente en un café.
"Un pescador me entrega su primer poema", dice el emblemático verso final del presente poemario, que culmina inauguralmente una extensa profesión de la palabra. Con humor porteño el autor sentencia en su introducción: "Mis poemas son una conquista de la prosa." Mas la poesía no es prosa sublimada sino revelación del poder de la palabra.
Cuando conocí los cuentos de Eduardo vi que lo poético formaba parte inseparable de su carnadura. Arte verbal por excelencia, la poesía está presente siempre que el lenguaje alcanza cualidades estéticas. Vivir, sobrevivir entre palabras, es el trasfondo de una escritura que alcanza de manera natural unidad de ritmo y precisión semántica. Si la poesía debe contar y cantar, estos poemas ponen el acento en el vivir humano con todas sus vicisitudes, desde lo más sencillo hasta las vastas reflexiones. Sería inconcebible sin un sujeto real de quien podemos adivinar su identidad, coordenadas y circunstancias.
La duración, el amor, la amistad, el instinto, la historia, la dimensión de lo social y el milagro cotidiano, son los temas disímbolos que expresa esta poesía escogida. Más que ante un primer poemario estamos ante la decantación de una vida vivida, personal y literaria.
Exploración de asuntos y distancias, estos poemas indagan misterios que emiten sus señales en el tiempo. La conciencia los interpreta y cada vida desarrolla su lectura. El poema construye una apuesta de sentido a la existencia porque la salvación no está fuera sino dentro del sujeto que redime al absurdo. Laberinto y salida son producto de la persecución, acecho metafísico de la inaceptable finitud. Si preguntamos por qué un ser ajeno nos refleja en el espejo diario, la respuesta es algo más que la mera suma de acciones y renuncias que han labrado nuestro rostro siguiendo pautas desconocidas.
Desde la infancia temprana enfrentamos la radical interrogación de la nada. A merced de su imperio la pérdida fatal nos marca para siempre. Pero no es lo mismo contemplar un cadáver que ser testigo y protagonista de la lucha con la muerte. La agonía es un drama eterno, insoportable. Cataclismo de carne, incendio de entraña equina que no logra sofocar una lluvia de crines desesperadas, la muerte es animal. Sin sábanas, sin rezos ni drogas piadosas, el cuerpo vivo en carne viva se abre para alojar el sol nocturno de la muerte, cuyo deslumbramiento se graba incandescente en la memoria. En Karibús somos partícipes del drama entre dos machos rivales condenados a compartir su fin. Escuchamos el choque de sus cornamentas trabadas. Son "dos obstinaciones, dos tristezas animales" que corren río abajo con la fatalidad. Ignoran lo que sucede; cumplen rituales del instinto.
Somos quizá el único animal que sabe que va a morir y construimos con arte y vida un testimonio. Huella, interrogación, tramada sobre el rescate de una posible trascendencia en la fugacidad de la infinitud.
Una mirada amorosa recorre este poemario "sin otro más allá que el robado al instante" creando una épica de lo cotidiano. Por la música klezmer transcurre sin solemnidad la trágica historia del pueblo judío, su drama de víctimas y victimarios, y su alegría, esa vitalidad que una y otra vez trasciende la apoteosis y la catástrofe.
Un humanismo a escala doméstica elude retórica e ideología para cobijar cualquier manifestación, porque nada de lo humano le es ajeno. Hasta las matemáticas entran al juego. El inaprehensible número pi se convierte en una "sufrida y atareada cifra donde transcurre el tiempo".
En contraste con una actitud lúdica este poemario apunta a una vertiente filosófica de raíz agnóstica, donde el aquí y ahora deben ser suficientes para justificar la vida. La angustia existencial se acepta tal cual es, sin consuelo teológico, porque al fin y al cabo el olvido tiene la última palabra. Roto el suelo frágil del presente el lago helado se traga la batalla: los enemigos yacen juntos en el fondo de las aguas.
La pulsación vacía del tiempo cobra sentido cuando el poeta habita el mundo sin reservas y se deja ir como un río mar adentro. Obediente a ese ímpetu acotado y mortal, trasciende sus límites y se aventura al insondable océano para entregarnos, como el pescador, ese poema que es siempre el primero.


Iliana Godoy 



Habitar una búsqueda de sentido

El presente poemario arroja luz sobre piedras veladas por la cortedad de visión de los hombres de nuestro tiempo. Eduardo Molina y Vedia se habita a sí mismo y desde ahí busca penetrar en otra realidad para comprender lo que la vida significa.
Al desdeñar la realidad exterior si no era observada desde dentro, William Blake creía en un orden trascendente y hacía del descubrimiento de ese orden la meta de su poética.
Río mar adentro se sumerge en la búsqueda a partir de la imagen infantil de una yegua insolada que parece la propia metáfora de la infancia, una patria que nunca puede ser abandonada del todo. Volvemos a ella o la miramos desde la lejanía de los años, e intuimos que la llevamos tatuada por siempre en el alma.
En "Amenábar, 1952" el autor afirma que a veces ir hacia atrás es esquivar la muerte y nos abre ventanas a su adolescencia cuando "la sombra de exterminio ahoga / la voz de la inocencia". Nos dice que crecer, vivir, es cambiar dolorosamente de piel a cada instante, ser testigos del "crudo silencio / cada nuevo nacimiento".
Tiempo, recuerdos, memoria. "Paráfrasis" moja las puntas de sus versos en los primigenios motivos filosóficos que han aturdido a los hombres a lo largo de la historia. El poeta llama juego antiguo a cifrar el sentido en el milenario sucederse de formas o cuerpos diferentes donde encarna la esencia y dice que pasar por los días es un camino que se trama con los sueños, región ignota, hoy tan misteriosa como siempre. La vida sólo es brizna de tiempo "sin otro más allá / que el robado al instante".
Río mar adentro nos clava versos como dardos a partir de la revelación de verdades presentidas. "Vitral" hiere al decir: "llegaron infalibles / los diálogos sobre diálogos / la ficción de lo múltiple (…) / la remota discordia de lo semejante", donde dibuja su sombra la concepción de Schopenhauer acerca de la apariencia de la realidad.
Decía Blake: "Sin contrarios no hay progreso. Atracción y repulsión, razón y energía, amor y odio, son necesarios a la existencia humana". Molina y Vedia canta: "Más tarde acaso un día / dos miradas, / el brillo de unos ojos, / íntima colisión de lo diverso / mágica travesía de amor y odio / en gravidez de luz."
Los afluentes de este río poético nos pulsan las cuerdas dormidas para integrarnos a una sinfonía de palabras que baña cada página. 

Lizbeth Padilla




A mi madre, Laura Bastianini, maga de palabras





Esa señora...

Mi poesía es una conquista de la prosa. La rige el acontecimiento. Es decir la vislumbre ficcional del transcurso de una verdad en el fluir de la vida. Suele desatarla, bajo el signo del suceso oculto, una leve música o cadencia verbal. Entonces, desde lo subjetivo o cotidiano -pronto desbordado en texto-, se alumbran vicisitudes, rincones, significados, visajes de nuestro tiempo. El acontecer está dado en ese plus capaz de conferir impacto y resonancia a la cadena secuencial. Se trata de relámpagos de verdad con minúscula que abrevan sin embargo, con el rigor del inconsciente y de los ríos subterráneos de la lengua, en los manantiales de la palabra, las amistades y las pasiones del mundo, y en el sentido comunitario de la aventura humana.
Un agnosticismo de fondo no impide celebrar este rato que estamos juntos ni anula el sueño de una improbable trascendencia.
Todos los temas el tema: el amor, la locura, la muerte, como en el feliz título de Horacio Quiroga, cosmologías fantásticas, la épica cotidianeidad de lo social, momentos de intensidad (al decir de Antonio Marimón), el barrio, lugar sagrado de la amistad, las perplejas simplicidades.
El castellano algo itálico que profesamos los argentinos encauza esta inmersión tardía en lo poético desde los ámbitos más distendidos pero no menos arduos de la escritura de cuentos. Quizá todo empezó por la simple y sencilla comprobación, en mis propios textos narrativos, de que sin poesía no hay relato que se sostenga. Así como el poema pareció gobernar soterradamente esa prosa, a su turno lo narrativo se resistió a sustraerse al poema. El hecho, el suceso, por común y abstracto que sea, es la piedra que al caer anima el terso lago silencioso donde se origina el texto. Lo despliega en sus múltiples derivaciones esa melopea de la lengua que a través de la belleza de la forma y las resonancias del significado va guiando y configurando las cadenas de conceptos. Nacen así estructuras de lenguaje regidas a veces por una inesperada coherencia secreta que surge, dicen, de capas profundas e irreflexivas de la mente.
Como suele suceder, una vez que se va "esa señora" -como llama Juan Gelman a la inspiración poética, a la poesía misma- uno no sabe cómo pudo poseerla. Y queda agradecido. Cómo no...

Eduardo Lucio Molina y Vedia 
Simulacro I 

Cota liminar de vago espanto,
la yegua insolada de mi infancia
boquea hace medio siglo
bajo golpes de agua inútil.

Desmesurada dentadura equina,
cascos castañeteando las baldosas, 
desesperado brillo de llovidas crines
siguen iluminando la abismal escena.

Los belfos anhelantes,
el ajetreo y los gritos,
el afán del hombre por salvar la bestia,
primer amago de infinita nada. 




Simulacro II 

Primer amago de infinita nada
el afán del hombre por salvar la bestia,
el ajetreo y los gritos,
los belfos anhelantes.

Siguen iluminando la abismal escena
desesperado brillo de llovidas crines,
cascos castañeteando las baldosas,
desmesurada dentadura equina.

Bajo golpes de agua inútil
boquea hace medio siglo
la yegua insolada de mi infancia,
cota liminar de vago espanto.

 


Karibús

Tiempo tuvieron
de rumiar su odio,
asidos, frente a frente,
al ramaje trabado
de las cornamentas.

Adrenalina convertida en hiel
corpulencia desecada en costillares
de sangre y sed
bajo último sol.

Apaga el forcejeo estéril
un ensamble de muerte.

Jadeo de la brama,
el apareamiento colectivo
ignora el ritual
de los machos en celo.
.
Une dos terrores
la parálisis,
bestia de ojos enfrentados.

Arroyos y pastizales
del trópico africano
ven músculos y vísceras
reducirse a osamenta.
La manada se va.

Quedan dos obstinaciones,
dos tristezas animales.

Un par de esqueletos
que el viento cruza
en la desierta llanura.





Amenábar, 1952 

A veces 
ir hacia atrás es esquivar la muerte
hasta morir un poco.

Recibir en el pecho ahuecado
el esférico azar,
magia del aún y el después,
dominarlo, matarlo
bajo amenaza de zanja lateral,
cuando el increíble amago
frunce su ceño en postergados plazos.

Una tarde cualquiera en Buenos Aires,
con las chatas entrando al corralón
y el amor escondido en un portón,
mi umbral adolescente,
recién tocado por viento funeral,
se demuda en caricia avara y cielo desmedido.

Bala ataúd, el camión desbocado
hiere la calle de árabes acentos. 

La pelota, planeta cotidiano,
primadonna de la felicidad,
sobrevuela en su órbita soñada
la ráfaga póstuma,
guía el retroceso
del nido corporal que la domina.

Su comba supera los leños de la carga
cuando la sombra de exterminio ahoga
la voz de la inocencia.

(Tampoco habla su lengua forestal
el ciego pedazo de arboleda
que el camión conduce.
Crudo silencio
cada nuevo nacimiento.
Muda es la salvación
que trae la parábola.)

Bahía de ternura,
ruptura intacta,
la Nao Isabel
con sus senos en proa,
desbordado altorrelieve de la carne,
inclina entonces hacia mí
su fragante madurez de mujer madre.

Con el bajo envolvente de su voz
suscita la palabra.

Voz restauradora de la voz,
diosa de la casa negra,
mujer de balcones derrumbados.





Café 

A Iliana Godoy

Se sentó en el café,
frente a mí,
en torno
a la pequeña mesa redonda
de mármol blanco,
y clavó en mis sueños
la serena,
celeste mirada
de sus ojos café,
y una sonrisa breve y clara.

Tomamos café
en silencio,
rodeados de un vago murmullo literario.

Luego nos dijimos unas pocas,
discretas lucideces,
danza de palabras,
ternuras presentidas. 

Sin cálculos,
sin citas,
sin datos.

Quedé
tocado de su gracia.

A redrotiempo 









¿Por qué puerta del tiempo,
desde qué esquina de almas,
fuiste a dar a la quinta de Quesada
tras la serena formación de mis ancestros?

Fue tal vez poema o sueño,
signo que nos trasciende,
memoria oculta que el futuro enciende,
intuición aleatoria del conjuro.

Más frágil que habitar la foto sepia
fue compartir la intimidad del parque,
un pasado de patrias apenas presentidas,
era de saladeros y del charque.

Redescubrir la antigua magia de amar
en la fácil deriva de las formas,
navegando los aromas de las sombras
náufragos en la profundidad del mar.








La casa negra

A Angeles Solano

Las visitas de mi casa negra
florecen y desfogan avidez sin límite,
fusionan ansiedades
y vórtices fugaces,
dan placer a mares
y, sin saberlo,
lo reciben.

Gozan como vacas
y después se van.

0 quizá pronto se enteran
y ya lo saben,
lo adivinan,
en un brillo de mis ojos,
un visaje,
una sonrisa
apenas insinuada.

Porque cuando vuelven
parecen más en confianza,
se toman nuevas libertades,
ocupan su lugar
con soberbia naturalidad.

Nunca discuten,
ni alegan,
ni rompen la magia del instante,

Sólo balbucean
las pequeñas palabras,
breves sílabas,
respiros del deseo.





El matema del gnomo

A Luzma


Al acecho de futuros,
duende irracional o
gnomo cargado de enseñanzas,
busco inasibles respuestas.

Cada decimal que agrego a la serie
infinita de días y de noches,
comenta minuciosas intemperies
de anteriores derroches.

En cambio la bruja o nigromanta
sabe del caos que produce orden:
no trabaja pareja ni amante
si los signos favorables le responden.

Le vale que la vean imperfecta,
defectuosa,
indeterminada,
mientras siga alimentándose de insectos,
alfajores, enchiladas y pollos rostizados.

Con razón opina que no sólo la acompañan
los impensables quebrados,
la raíz de dos o de ochocientos.


"No se puede escribir ninguna magnitud
-razona-
y llegaremos a aceptar alguna vez
la abolición de toda falsa finitud
de toda precisa y engañosa completez."

Se ve sensacional, a todo dar,
dotada de un misterio y prestigio
que sólo puede dar
nutrir la perfección del círculo.

Pero a veces le cuesta soltar el llanto
cuando en su interior se agolpan sinsabores
y tocan a la puerta que cerró tanto
el rigor diametral de sus mayores.

Por eso cruza bosques penumbrosos
y deambula por rincones ocultos
como Ruth, la moabita,
buscando en la marca de su puerto
un ancla a la angustia que la habita.





Tres, catorce, dieciséis

Si nada hay cierto
(vacía apariencia)
quedan pocas,
sustanciales cosas:
el guarismo,
la gracia con que se atraen
dos cuerpos en el espacio,
el trazo ficticio de la palabra,
sueños de utopía
la compartida a/ventura.

Tres catorce dieciséis abrazos
cierran
la triste misión de la circunferencia,
intento fallido en que fulguran
las estelas perdidas de la ausencia.

Cuando entrega al ojo de luz
su despejada esbeltez,
plegada en vertical,
la frágil y severa
estructura
irrumpe en desafío.




Abierta a su esplendor
dobla la apuesta aciaga,
arco de lucidez,
serena,
madura belleza.

Su voz matemática,
indiscutible,
es un hueco pleno de sentido.

Los palomares urbanos
albergan tales maravillas.

Se parece al número pi,
una sufrida y atareada cifra
donde transcurre el tiempo. 







Paráfrasis

A José Gorostiza, in memoriam.

Juego antiguo cifrar la esencia
en la cambiante forma,
urdir la trama de los días
en el viaje de los sueños.

Hasta perder la huella de un dios lejano,
indiferente a sus creadores,
en la varia marea de vida y muerte
que al fin es muerte.

Para que un crepúsculo velado
tras cartílagos de lluvia
se dé la epifanía,
pugna feliz de los opuestos,
instante fugaz de plenitud
que conjura la brevedad del tránsito.

Pulso de multitudes,
o cueva de la noche del azar
sumida en la madura edad del fruto,
himno de vuelo ígneo
que al alba inaugura el horizonte
y enciende la esfera transparente.

Comunión profana
en cuyo ritmo va la vida,
esa grávida brizna de tiempo
sin otro más allá
que el robado al instante.
Real de Catorce 




Carbón de exhaustos músculos
amasa el adobe de los muros.

Un aura fantasmal enigma
las traslúcidas calles de tierra
y se cuelga de los humildes tejados
como minero en pena.

El sol somete a fuego vivo
el suelo maldito de riquezas
y celebra el esplendor del día.

Vamos a la deriva
por cuestas y barrancas.

Alucinamos socavones de historia
para alcanzar la comunión
de los pulmones calcinados.

Ríos de oro y plata
cruzaron siglos de océano
y dejaron la joya gris
del pueblo abandonado
en filones de montaña.

La clemencia de los vivos
acuna el testimonio de los muertos.
Vitral




Primero fue tal vez
un ciego pulso mineral
de contraria simetría,
el reto de un desdoblamiento
bajo oceánicas tinieblas,
la minúscula alquimia del azar
duplicando pequeños universos.

Después
quizá
un desglose
en secreto fulgor de nervaduras,
el remedo vicario de la fuente,
la fantasmal repetición
que el eco prolonga
(fugaz sucedáneo de lo otro),
la trémula superficie descifrada
desde el lejano incendio
en el inicial asombro
de la bestia junto al lago.

Más tarde acaso un día
dos miradas,
el brillo de unos ojos,
íntima colisión de lo diverso,
mágica travesía de amor y odio
en gravidez de luz.

Entonces,
reflejo de abismos invertidos,
apenas deletreado el lenguaje de las cosas,
llegaron infalibles
diálogos sobre diálogos,
la ficción de lo múltiple,
el fracaso de suscitar la imagen ida
en concepto y carnadura,
la remota discordia de lo semejante.

Como símbolo de algo que ignoramos,
tras el tiempo circular de los relojes
se fueron las estrellas del sur,
el río mar adentro
con sus aguas color de león,
la rosa sangrienta del ocaso,
la pampa desmedida.

Ahora soy sólo yo,
frente al espejo,
preguntándome por qué.






Polo

A Carlos Arienti, in memoriam.

Palabras tumefactas,
mordedura interior,
balbuceos de mascullada muerte.

Sus tensos globos oculares
miraban otra cosa,
fijos en el umbral anhelante.

Trago amargo de la nada
que a todos espera.

Así
tendido
en la desnuda cama de hospital,
respiró últimas bocanadas de vacío
ese otro nuevo hombre
para otro nuevo lienzo
de la lección de anatomía.

Muchacho de barrio,
o sea,
persona universal,
capaz de mano sincera
y odio preciso,
se jugaba la vida en voz baja.

El vino de los días
se le derramó por dentro
quemándole un hálito
de entrañas anegadas.

Degollados
disertaron sobre su cuerpo exánime, 
a puerta cerrada,
los médicos de guardia.

Después lo envolvieron
estrechamente
en sábanas blancas,
como si pudiera escapar,
o desparramarse
por los mundos
que lo vieron desafiando
al sacro orden del absurdo.

No quiso vivir a medias,
morir a medias.

Se fue del todo.

Siempre hay muchos como él.

Un buen día
todos los días
digo
salvarán al mundo. 

Secuencia

A Jorge Boccanera.

I

Los guerreros son de terracota
-dijo el poeta-
pero su sombra es humana.

Los trajeron de uno en uno
derrotados por el tiempo,
cubiertos de estopa
en cajas sepulcrales de madera.

Ya no cuidan al emperador demente
ni esperan la imposible batalla.
No son sino el sentido perplejo de la guerra.

Recién salidos de sus tumbas
los dioses terribles del Anáhuac,
paridos por volcanes,
aguardan en vano.

Yerguen su roca cruda
más allá de la furia,
estoicos, herméticos.

Anfitriones e invitados,
en confusión de signos,
inquietan salas pulidas como espejos.

Muros ficticios de mampostería los separan.
Los rodean vasijas y ornamentos,
el lenguaje perdido de las manos.

Sólo de noche dialogan en silencio
cuando duermen los nuevos vigías del absurdo.

II

Ya sin tropa,
Huitzilopochtli mueve sus deidades
a recibir de las antípodas
esos guardianes de ojos rasgados.

Un letargo de ejércitos vencidos
nubla su mirada azul.

¿Qué es la derrota?,
cavilan chinos y mexicas:
Sólo venimos a soñar,
un eco les responde.

III

Parvadas de niños
escrutan absortos las vitrinas,
copian cédulas de ignorancia.

Detienen el pensamiento virgen
en la visión de su pasado
como si fuera ajeno.

¿De qué sustrato oscuro e invencible
resurgirá el relámpago?

Diciembre de 2000, "China Imperial: Dinastías de Xi'an", exposición temporal en el Museo de Nacional de Antropología, ciudad de México

.
Klezmer

A Eva Grosser Lerner


¡Y llegaron los músicos!

Violín, salterio y balalaika
nos traen la melodía de don Isaac.

Hilan el gemido de la tierra,
su gozoso lamento,
triste y liviano,
en el telar de un laberinto:
Mitteleuropa.

Clarinetes, teclados y acordeones,
mandolinas, panderos y címbalos,
exorcisan geografías,
masacres perpetradas en bucólicos paisajes.

Evocan hervideros de razas
sobre ondulados campos
grávidos de ríos caudalosos,
cementerio de hordas en feroces cruzadas.

Trompetas, guitarras y cítaras
entrelazan firuletes de ritmo y melodía,
canciones de boda con letra picaresca,
giros y regiros orientales,
aires pastoriles y salmodias.

El arco juguetea
con la gestualidad de los músicos
su énfasis pueblerino.

Vibran ecos metálicos
contra la caja triangular
y vuelan sobre el dócil cordaje del laúd
los dedos saltarines.

Cual una enredadera
que trepara ternuras y quiebres del alma,
surge entonces
y asciende
la filigrana de la melopea,
alegría agridulce
de la queja compartida
con el pan cotidiano.

Trémolos, fiorituras,
viruta dulzona y melancólica
que suelta su ramaje
desplegando variaciones
festivas y dolientes.

Con aliento de siglos
y fresca vehemencia,
entre cauces y montañas
serpentean agudos y bajos de Besarabia
ligeros y obstinados.

De pronto un cambio de escala
me saca de cuadro.

Hay un silencio
en la trama inaccesible.
Son aguas densas,
primigenias,
un magma preñado de sombras,
huérfano de claves.
En los ajenos acordes
laten éxodos, amaneceres soleados, pestes,
charlas al calor del hogar,
exterminios y resurrecciones.

No importa dónde ni cuándo,
aquí y ahora, siempre,
danzan, aman y blasfeman,
se extravían y reencuentran,
hornean su pan,
cocinan su pescado.

Sin que pueda alcanzarlos
ni abrazar su aliento,
su verdad,
aromas, visajes y cantares 
de las aldeas perdidas
una vez más encienden su esmeralda.

Los sufro y gozo en alma y cuerpo.

Son mi gloria y mi cruz.
Mi estrella de David. 





Teotihuacan 

Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías.
Jorge Luis Borges

Viendo desde ojos ciegos
la sombra diagonal
del mítico tigre de las pampas
ingresa al enigma.

El bastón incierto
explora paso a paso
ideas o formas,
anchas avenidas
donde una vez
hubo horror y pompa.

En suspenso toda percepción,
felino inmaterial,
acecha.

Tras la farsa de los siglos
su crepúsculo de cuencas vacías
no le impide vislumbrar
cierta patética repetición
de gestos y símbolos.

Teme que una vez más
la literatura borre la vida.


Quiere sentir lo que sintieron
hombres cuya sangre nunca tuvo en mucho,
ser digno de esas ruinas
cuyos creadores ignoramos,
confirmar que todos fuimos
de algún modo
Tebas.

Se atreve a soñar que tal magnificencia
fue algo más que un juego
para matar el tiempo
y ocupar esclavos.
Escéptico,
descree de teorías y religiones,
transita un tiempo que no lo toca
pero en él se reconoce.

Lo rodea una muda geometría
de aire y piedra,
el fluir intemporal del río seco,
ruidos de tepalcates
y ajetreo de ofrendas.

Recuerda quizá una charla
con Alfonso Reyes,
una lectura de Ifigenia
junto al Río de la Plata.

No le importan
los costos de la historia,
sus tristes moralejas
de víctimas y verdugos.

Evoca entonces una imagen perdida
en un cine de Lavalle,
cuando el deshielo se tragó la batalla
y ambos ejércitos se hundieron,
pesados de armaduras,
escudos y caballos.
Príncipes y lanceros
de Alejandro Nevsky
yacen en el fondo de las aguas
junto al enemigo.

Esta vez
la asamblea de espadas
que citaban en sus kenningar
los antiguos islandeses
no alimentó a los cuervos.

El moroso,
lento sumergirse
de los hierros, repite su lección.

Rusos y escandinavos,
indios, conquistadores,
godos y gauchos,
se mezclan
en un vago y sangriento 
teatro de epopeya.

La clave quiere ser estética.







Tumbaga


La fiesta es cada día
en la plaza de los portales.

Cruzan los jóvenes
cargando el gastado discurso de Occidente
en sus mochilas de arpillera
y la voz me dice
suave, lenta,
milagrosa:
"Escribamos algo..."

Clase de baile en el patio del museo.
Las señoras danzan su hermandad.

Por unas monedas
el pobrerío ambulante
desvive su rutina
y los turistas prueban el hartazgo.

En extraña arqueología
niños cirqueros se apilan en pirámide
sobre el fondo Azul de la marimba.

Oaxaca despliega su alegría.

Desfila la calenda
entre el corrillo celebratorio.
Su rítmica gracia displicente
bambolean los enormes muñecos cabezones
entre porras y fanfarrias de la banda

Desde el borde de la calle
unos ojos celestes esbozan
la sonrisa del asombro
bajo una grácil cabellera áurea.
La cámara apunta
cuando el alma ha sido ya
herida para siempre.

Noche cerrada.

"¿¡Cuáles derechos1?"
clama la manta indígena
ante el Palacio Municipal.
Los avioncitos pintados
perforan la palabra GENOCIDIO, 
bombardean la plaza.

Sobre el suelo se extiende
y respira acompasado
un tendal de cuerpos dormidos.

 

 


Navachiste

Contra viento y jejenes,
molido el cuerpo,
diviso insomne desde mínimo iglú
de qué suave modo
la bahía desnuda su esplendor
sobre barcas y cerros.

Es la increíble cita de poetas y teatreros,
músicos, pintores,
cineastas sin película,
marginales del abismo y arrieros del mar.

Expuestos al silencio,
niños absortos 
van y vienen entre damas provincianas.

("¿En qué estás pensando, madre,
que mi mirada no te alcanza?")

Sobre un fondo de fogatas y guitarras,
fulgores del cordaje,
una estación espacial nos observa.


A ras del mar sobrevuelan
aguas dominadas del Pacífico
pelícanos, tijeretas y fragatas.

Navegan sombras de la madrugada.

Bajo arena y lodo,
junto a almejas y conchas,
acecha la mantarraya.

Al paso de las pangas
ráfagas de aves se dispersan
y vuelven a reunirse.
en los islotes.

Alfombradas de guano de murciélago,
las altas grutas conservan soles
y cuadrículas punteadas
de estuco blanco.

Por los cerros deambulan jabalíes, pumas y asnos.

La noche que se va no es templo
sino universo abierto
y el lenguaje planetario
se despliega
en variadas singladuras.

El lucero del alba
hiende en dos al océano
que la luna abandona,
cuando la mítica burra plateada
se recluye en el monte,
entre rocas y abrojos,
a preservar el aura.

Los plebes pintan sus sueños de papel
y los cuelgan como ropa en tendedero.

Cacú cincela piedras de enigma
con oficio de maestro hojalatero
y la poesía fragua,
aquí y allá,
metáforas agrestes.

Lejano ronroneo de lanchas,
estelas en la red del tiempo.

En las tiendas de campaña
unos roncan todavía,
otros guisan desayunos.

Los cocineros preparan el zarandeado.

Un pescador me entrega su primer poema.


Índice


Inmersiones
Introducción de Iliana Godoy

Habitar una búsqueda de sentido
Prólogo de Lizbeth Padilla

Dedicatoria

Esa señora..
Reflexión de Eduardo Lucio Molina y Vedia .

Simulacro I 

Simulacro II

Karibús

Amenábar, 1952

Café

A redrotiempo

La casa negra

El matema del gnomo

Tres, catorce, dieciséis

Paráfrasis
Real de Catorce.

Vitral

Polo

Secuencia

Klezmer

Teotihuacan

Tumbago

Navachiste






Texto de solapa

La poesía es la maestría de decir el silencio, llegada inicial, abierta a lo que nadie dijo, aventura sin edad que conjuga el asombro con la experiencia renovada. El presente poemario culmina inauguralmente una extensa profesión de la palabra. Vivir, sobrevivir entre palabras, es el trasfondo de una escritura que alcanza de manera natural unidad de ritmo y precisión semántica. Si la poesía debe contar y cantar, estos poemas ponen el acento en el vivir humano con todas sus vicisitudes, desde lo más sencillo hasta las vastas reflexiones. Sería inconcebible sin un sujeto real de quien podemos adivinar su identidad, coordenadas y circunstancias.
La duración, el amor, la amistad, el instinto, la historia, la dimensión de lo social y el milagro cotidiano, son los temas disímbolos que transitan este libro. Más que ante un primer poemario estamos ante la decantación de una vida vivida, personal y literaria.
Exploración de asuntos y distancias, estos poemas indagan misterios que emiten sus señales en el tiempo. La conciencia los interpreta y cada vida desarrolla su lectura. El poema construye una apuesta de sentido a la existencia porque la salvación no está fuera sino dentro del sujeto que redime al absurdo. Laberinto y salida son producto de la persecución, acecho metafísico de la inaceptable finitud. Si preguntamos por qué un ser ajeno nos refleja en el espejo diario, la respuesta es algo más que la mera suma de acciones y renuncias que han labrado nuestro rostro siguiendo pautas desconocidas.
Desde la infancia temprana enfrentamos la radical interrogación de la nada. A merced de su imperio la pérdida fatal nos marca para siempre. Pero no es lo mismo contemplar un cadáver que ser testigo y protagonista de la lucha con la muerte. La agonía es un drama eterno, insoportable. Cataclismo de carne, incendio de entraña equina que no logra sofocar una lluvia de crines desesperadas, la muerte es animal. Sin sábanas, sin rezos ni drogas piadosas, el cuerpo vivo en carne viva se abre para alojar el sol nocturno de la muerte, cuyo deslumbramiento se graba incandescente en la memoria. El animal que somos sabe que va a morir y construye con arte y vida un testimonio tramado sobre el rescate de una trascendencia siempre fugaz.. Una mirada amorosa recorre este poemario "sin otro más allá que el robado al instante", creando una épica de lo cotidiano. Un humanismo a escala doméstica elude retórica e ideología para cobijar cualquier manifestación, porque nada de lo humano le es ajeno. 

Iliana Godoy





Cuarta de forros

El presente poemario arroja luz sobre piedras veladas por la cortedad de visión de los hombres de nuestro tiempo. Eduardo Molina y Vedia se habita a sí mismo y desde ahí busca penetrar en otra realidad para comprender lo que la vida significa. Se sumerge en la búsqueda a partir de la imagen infantil de una yegua insolada que parece la propia metáfora de la infancia, una patria que nunca puede ser abandonada del todo. Volvemos a ella o la miramos desde la lejanía de los años, e intuimos que la llevamos tatuada por siempre en el alma. Tiempo, recuerdos, memoria. Los afluentes de este río poético nos pulsan las cuerdas dormidas para integrarnos a una sinfonía de palabras que baña cada página.

Lizbeth Padilla



Gentileza:: Cristina Castello [ cristinacastello@fibertel.com.ar ]


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