GITO MINORE

Argentina

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YO TUVE UNA CIUDAD
Rolando Gabrielli

Uno nace y muere sólo, sin haber escogido el lugar, ni el día ni la hora. Después crece, sin ser yerba se espiga, entra en el laberinto que sólo el azar conoce y comienza a escribir su historia. Nos colamos en el tejido de la vida, viejo bosque de nuestras esperanzas y fantasías, sol, agua, pan , algunos alimentos, y echamos andar. 
Como el primer día de clases, la ciudad abre su página en limpio que sólo nosotros podremos escribir. La ciudad ya es en ese instante nuestro cuerpo, una segunda piel, la fachada del espejo, un escenario real, el único paraíso de nuestra infancia que será irremediablemente perdido.
No escogemos las ciudades para vivir, las nacemos, las vivimos, gozamos y sufrimos, las caminamos, poseemos, y compartimos sus espacios con una rutina encomiable, como si devotos entráramos a su purgatorio, jardín de oportunidades y desencuentros.
Yo tuve una ciudad donde nací, que amé a mi manera en la desprevenida infancia y adolescencia, como el viejo zapato que la calzaba invariablemente, pero con la huella del asombro.
La ciudad es, a veces, un chicle que no desea abandonar el paladar, aunque va perdiendo sabor con el tiempo, pero no te deja, se adhiere con la morosa presencia y rutina del viejo sabor.
La Pila del Ganso, el ícono de la infancia, y no sabíamos que construíamos ya el pasado de nuestras propias nostalgias, que son el porfiado peso de la memoria con sus noches y días.
Patié sus calles con el colorido de la angustia, aburrimiento, nostalgia, el simple paseo sin zozobras, la ansiedad del encuentro, la mirada por sus parques, el ajetreo de la indiferencia, la ninguna razón de atravesar sus largas calles de un extremo a otro y quedarse pensando frente a un muro.
Éramos malditos en poesía, pequeños dioses sin olimpo, descalzos en la avenida, con una jaula llena de pájaros multicolores por cabeza, un pie sobre la tierra, y el otro en la alfombra mágica. Imitadores de duendes, con el feroz escalofrío de las madrugadas.
Perdimos hasta la virginidad en la ciudad, y a veces, sin querer, nos expulsa como una madrastra. Fue lo que sentimos en la primavera del 73, las uñas negras del terror y la miseria en la garganta, y partimos definitivamente en un invierno hace 27 años.
La ciudad, como una gran maleta que no deja de circular por las correas eléctricas de los aeropuertos sin que nadie la recoja, porque sabe que no tiene paradero.
Otra ciudad reemplaza la vieja, a su manera se instala en presente, pero Santiago permanece en la antesala, en hold, en el turno sin ofenderse, por querida, vivida, lejana, ausente, por ser y estar, porque un amor es todo su espacio, luz y sombras, la naturaleza de sus ausencias, y es un río todo lo que necesita para permanecer.



EN UNA ESTACION DEL METRO

La ciudad crece, ronronea como un gato, pero huele a ratón. Cien palabras son una exageración para estos maravillosos escombros, herencia inacabada del Alarife Gamboa. Me fui hace 27 años, eso creí, hasta que supe que es imposible mudarse. Nací un febrero de 1947, en la calle Molina, Estación Central, a las 7 de la mañana y morí el 11 de septiembre de 1973.Todos estos años la que ha viajado es mi maleta. La ciudad crece, es una vedette que se desnuda.. Recicla sin nosotros el oxígeno que la asfixia. No puedo seguir conversando, me bajo en la próxima estación.

LAS DOS CIUDADES
No tengo cien palabras para usted señora, chascona y gris, se me hace solterona con ese traje sastre, el río chocolate que le atraviesa, dos cerros cortando su valle, esa mirada londinense simplemente provinciana . De la cintura hacia arriba, todo rico como un shops de Plaza Italia, espumosa , moderna, tacones de aguja en pasarela hacia la cordillera. Que buen aire respira. De la cintura hacia abajo, carburando pueblo, axilas y la pobreza vestida de patronato Sólo dos preguntas en una, para no cagarle su imagen. ¿Cómo se dejó secuestrar la cordillera y que los estadios fueran campos de horror?

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UN LOCO ANDA SUELTO
Si sabe que un loco anda suelto, comience por cerrar ventanas y puertas, pasos cordilleranos, aeropuertos, terminales de buses. Haga la denuncia a Carabineros de Chile. Ponga un aviso en los clasificados de El Mercurio. Demande ante la Corte Suprema y declare ante Notario Público, que un loco anda suelto. La ciudad puede ser un manicomio, pero no aguanta un loco más. Es un buen argumento, por si le piden declarar para qué tanto papeleo. Movilice a la Cruz Roja y al Ejército de Salvación, una, por salud y el otro, por si el hombre decide retornar al servicio activo.

 

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El Amor En La Red 


"Oh, yo quería romper esta red-que los dioses han tejido- con voces y com sueños". 
W.B.Yeats.

La existencia de la poesía es tan enigmática, como real es el poema. Puede que la palabra en su origen, no se explique, principio de su propia presencia y volatilidad. Sin embargo, se expresará en el texto: exacta, única, irrepetible.

Cada poema inaugura una nueva experiencia, corporaliza lo que era sólo un vago ruido de palabras, inefables sonidos, obsesiones, un verdadero material de sueños reciclados, propios de una obra en construcciòn y que requiere de un oficio para que cada pieza se ajuste y funcione con la fluidez habitable de la palabra sobre el calicanto y el cristal.

Forma y contenido van parejos, sombra y carne, de un mismo cuerpo, fruto y cáscara: el poema.

De este acto íntimo, en la soledad, no pocas veces angustiosa lucha entre la palabra y la página en blanco, surge el acto poético, ese asombro con el que intentamos comunicar, develar, explorar, trascender lo cotidiano, el entorno, superficie y espíritu de las cosas.

La existencia humana está detrás del ejercicio y experiencia poética, del Poema, la aventura infinita del hombre y el lenguaje. 

Invisible, aparentemente la palabra, va adquiriendo una mayor corporalidad en el texto, su fuego inaugural.

En tus manos, amigo lector, está la palabra, sólo tu puedes interpretarla, y hacerla crecer más allá del Poema.

El Amor En La Red

El amor en la red
es como un pez
en el río de tus manos.
Yo prefiero comerme un mango
y que me chorree
el fruto de las siete letras
de tu nombre,
aquí, en el trópico,
donde los bosques aun le silban a
a los desconocidos.
Virtual es la sombra,
el esqueleto que sale
del closet a bailar.
Yo prefiero tu cuerpo,
la oscura luz de su corozo,
que es mango chorreando en mayo,
aunque estés
al otro lado del mundo.

Nota: querido lector estas palabras son para ti. No dejes de comentarlas y no solo las compartas en silencio o las rechaces por el vicio de aceptarlas.

 

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¿FRANZ, CUANDO LLEGASTE A PANAMA?

Ciudad de Panamá y Praga sintonizaron con la obra de un hombre que intentó apagar su visión e interpretación del mundo con el acto fallido de la piromanía por encargo, que afortunadamente su amigo Max Brod, no llevó a cabo, lo que hoy nos permite caminar entre los escombros, las cenizas, los obstáculos propios de la naturaleza humana, que nos legara el inmortal checo, Franz Kafka.

En un pequeño salón de la Universidad de Panamá, traspasado por un atmósfera asfixiante, tropical, húmeda, atiborrado de personas interesadas en el praguense autor de la Metamorfosis, El Castillo, El Proceso y sus famosas Cartas al Padre, Panamá vivió la noche de Kafka más larga de su historia y conmemoró el 119 aniversario, de un hombre que sólo se hizo presente en la historia humana 42 años, en medio de sus propios subterráneos y la tuberculosis que lo asesinó prematuramente.

Panamá es kafkiana, dijeron en no pocas oportunidades los expositores, en medio de anécdotas, que dejaron en claro que la obra de Kafka era más trasparente que la interpretación del Istmo, que abre las puertas a uno y otro lado de las Américas, y comunica a mbos océanos con Europa.

Ela Urriola, Dra. en Filiosofía, con la especialización en Kafka y que estudió en la cuna del homenajeado autor, fue una de las organizadoras junto con profesores de Filosofía, y la primera en asombrarse en la afluencia de kafkólogos que intentaban seguramente interpretar su mundo, recoger parte de sus propios antecedentes, festejar al inefable, inconcluso, infinito, Franz Kafka, el alegre equilibrista de la segunda mitad del siglo XX, uno de los más frenéticos periodos de la humanidad.

Entre 1883 y1924, ocurrieron eventos significativos para la humanidad, como la primera guerra mundial, la revolución rusa, la invasión de Bélgica, un tratado que originaría la segunda guerra mundial, los que de alguna manera tocaron a Kafka, a pesar que en algún momento se dijo que su literatura no tenía antecedente alguno ni estaba vinculada a la historia, y además de su condición de escarabajo, parafraseando a su personaje de la Metamorfosis, estamos ante una burbuja acéptica con vuelo propio.

Kafka es la puerta de entrada y salida del desmoronamiento del imperio Austro Húngaro, y una de las aventuras literarias más sorprendentes, auténticas, renovada en si misma, de nuestra especie, en búsqueda de su propia razón de ser, del eslabón perdido en el centro de condición humana misma.

Los expositores coincidieron en lo que ya ha dicho la critica mundial especializada, que revisa de manera acuciosa, intenta poner al día, la obra de Kafka, que definitivamente está más trunca que la propia vida de su autor, y que además no ha sido correctamente traducida del alemán.

Para empezar ya la Metamorfosis, no se llamará más así, sino La transformación, con la nueva versión.

El escritor panameño Guillermo Sánchez Borbón, columnista del diario La Prensa ,en el cierre del acto, leyó fragmentos del relato La Muralla China, y dijo” que ese texto resumía toda la obra de Kafka, el más grande escritor del siglo XX”, quien carecía de influencias a su juicio. De paso, Sánchez Borbón, calificó de absurdo monumento a la tontería la Gran Muralla China como las Pirámides de Egipto, las que desplomó de un brochazo verbal como las Torres Gemelas de Manhattan.

La noche era de Kafka a medida que nos adentrábamos en su atmósfera, se nos aparecía el frustrado vendedor de seguros, el doctor en leyes, el siempre insólito personaje que fue el mismo de esta retórica contemporánea que nos envuelve en un vaho de horror, suspenso, misterios insondables que so propios de la condición humana a quien le dio una mano y empujón más allá del vacío.

En uno de sus aforismos nos dice alguna de su evidencias: “En un tiempo no podía comprender por qué no recibía respuesta a mi pregunta, hoy no puedo comprender como pude estar engañado hasta el extremo de preguntar. Pero no es que me engañase, preguntaba solamente.”

Kafka permite no pocas interpretaciones, aunque siempre se concluye que es un escritor único y uno de los más influyentes de la mitad del siglo XX hasta nuestros días, cuya obra se vive cotidianamente de manera explicable, porque sólo el mismo día de su aniversario una fotógrafa chilena detenida en Santiago, definió su situación como kafkiana.

Qué mas deseamos, me pregunto, si estamos en el tobogán kafkiano, siempre con nuevos impulsos, en ese frenesí de querer bajarnos a medio camino, acelerar, dejarnos llevar por las circunstancias, buscar la quinta pata del gato que revisa su trébol de cuatro hojas mientras araña el espejo de Alicia, y se prepara a cazar el ratón para el almuerzo del día.

Kafka sigue vivo en Praga, para no ir más lejos de sus linderos patrios, porque la burocracia que nos describe, forma parte del sello de agua de la vida nacional, y no sólo de es nación, porque he ahí la propuesta universal del checo, sin proponérselo. El sólo aspiró hasta el último aliento, la asfixia, donde reside el ser.

La vigencia de Kafka es absolutamente indesmentible y pavorosamente real, porque el checo se hace cargo de las pesadillas y agonías, las que convierte en fábulas, cuadros pictóricos más sombríos y reales que la oscura cotidianidad que hoy vivimos.

Apunta alto y certero cuando entra en el oscuro y angosto pasillo del poder público, porque allí descubre y refleja las arbitrariedades y mentiras de quienes usurpan el poder.

Se adelantó a esta película, pero antes vislumbró los campos de concentración nazis, de los que escapó sólo por su prematura muerte, así como mostró al hombre como un insecto de las feroces dictaduras, comenzando pos Stalin y terminando por el rosario con que adornamos Nuestra América.

Era tan kafkiano todo, que nunca quise molestar a nadie para que me ayudara, dijo la fotógrafa chilena de apellido Subercaseaux, un homenaje a este hombre que le puso alas a su escarabajo mayor, el hombre aniquilado por las circunstancias.





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