Claudio Sera Brun

España

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LA MEMORIA DEL ESPEJO-Vol.1 (1997) 
Textos: © Claudio Serra Brun -Dep.Legal:V-4417-1997-Valencia-España/Spain 
Música: © Gustavo Roses 
(...El siguiente poema es un retrato en blanco y negro de la televisión; está escrito 
en la misma época que los anteriores, cuando las imágenes de Sarajevo se 
superponían a las de Ruanda, y todas ellas se mezclaban con una
realidad virtual, ficticia. El contraste entre los juicios de los primeros versos, 
y la descripción de lo que acontece en el mundo, según la pantalla, conduce a la conclusión final... )



MEDITACIONES FRENTE A LA TELEVISIÓN


by Claudio Sera Brun 


" Las ideologías pueden unirnos o separarnos 
y tienen más fuerza que las armas. 
La ciencia tiene que ser democratizada. 
La libertad tiene que ser enseñada ". 

El juicio de los hombres 
se cubre lentamente de velos 
y una alucinación impuesta 
cobra forma delante de los ojos. 

Las horas de silencio 
el sopor 
la cabeza gacha 
todo promueve al olvido 
sutilmente destilado en las conciencias 
en el momento culminante 
en que la realidad se enfrenta al corazón. 

Allí ora en voz baja 
la máquina de hacer milagros 
la luz hipnótica: 
La ciencia dirigida 
al servicio de la inconsciencia. 

___________________________________ 
LA MEMORIA DEL ESPEJO-Vol.1 (1997) 
Textos: © Claudio Serra Brun 
Música: © Gustavo Roses 



Poesur 


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(publicado en http://www.authorsden.com/visit/viewArticle.asp?id=6230  )

La Escritura y La Vida 
By Claudio Serra Brun 



Puedo rememorar mi vida según mis lecturas. La experiencia personal, el dolor y el gozo de vivir, se acompañan con los libros leídos, paso a paso, aunque desde el principio de una forma apasionada, necesaria como el agua. 

LA ESCRITURA Y LA VIDA 

Puedo rememorar mi vida según mis lecturas. 
La experiencia personal, el dolor y el gozo de vivir, se acompañan con los libros leídos, paso a paso, aunque desde el principio de una forma apasionada, necesaria como el agua. 

En la niñez , como si de una necesidad se tratara, descubrí en los estantes repletos de libros de mi padre, el librito de tapas rojas de Bécquer. 
Era primavera en Buenos Aires, yo tenía nueve años, y amaba secretamente a una niña vecina. Pasaba las tardes acechando en el balcón a verla pasar, enmudecido ante el misterio de lo que me pasaba, el pecho oprimido por los barrotes de hierro forjado, con volutas y espirales que recorría con la vista una y otra vez, y así todas las tardes durante ese tiempo luminoso, las nubes llevadas de un lado a otro por los vientos, en una lucha en las alturas que anunciaba el triunfo del verdor y la vida. 

Bécquer fue la voz reveladora de lo que sentía, el asombro feliz de no ser el único en el sufrir de amor, la mano sobre mi frente, una puerta a un mundo maravilloso, donde se hablaba en voz alta de lo sentido y de los sueños, y todo el paisaje en silencio escuchaba, lo que les pertenecía, como si las palabras salieran de los pájaros o las olas que el poeta tenía frente a sí. 

Fueron semanas en que miraba a la niña pasar, a escondidas, desde la altura; hasta que fuí notado. 
Después un saludo con los labios, a aquélla boca que sonreía un poco y tambien saludaba, y entonces ya no había nada en mis ojos, solo su rostro por todo el día. 
Fue entonces cuando me decidí a escribir, a escribirle a ella. 
Unas hojas de cuaderno escondidas tras los armarios fuí atesorando. 
Allí comprendí la redondez de la letra, el significado del signo, el compromiso que adquiría por el sentido de las palabras, algo mío que allí quedaba, intocable, anunciante. 

Nunca rompí una hoja desde entonces. Y mil tachaduras y borrones se sucedieron despues, cuando perdí el temor a variar lo escrito, como si de un surco indeleble, un pacto con la materia se tratara, hasta que empecé de a poco, tímidamente a cambiar las palabras. 
Fue Bécquer mi inicio, mi senda, la que no abandoné jamás. Él me había mostrado el oscuro poder de la poesía. 

Unos años después me aconteció otro suceso, azaroso como el anterior. 
Una tarde, cuando tenía unos once o doce años, rebuscando en la estantería, cayó un libro, era un libro caído justamente para mí, un pequeño libro de bolsillo ( desde entonces los prefiero a todos ) , que mi padre, mi padre muerto, abría para mí. Se titulaba Para vuestra inteligencia, una antología diminuta de escritos de Friedrick Nietzsche. 
Allí mismo, en ese mismo momento comencé a leerlo. Recuerdo mi rubor, mi azoramiento por lo que se desplegaba ante mis ojos, una moral y ética que no comprendía plenamente, pero que significaban un pacto reclamado, a distancia, con aquélla voz que fue desde entonces mi confidente, mi espíritu guía. 

Recuerdo los días de lectura del Así habló Zarathustra, a mis trece años, lo llevaba conmigo por el Metro de Buenos Aires - porque desde el primer momento aprendí a leer en cualquier lugar, con el pudor de la introspección, como un acto de amor invisible, mi ventana cerrada, a solas con el libro -, y aquéllos párrafos cortos, eran una experiencia completa en cada viaje en tren. Yo salía alucinado, sin saber adónde iba, sin importarme el objeto inmediato que me movía, con los ojos fijos por encima de los transeúntes, vagaba un poco, disfrutando del paisaje interior que había aprehendido en el Zarathustra. 

Refulge en aquélla época mía otro autor , lo elegí - como mucho en mi juventud - de la biblioteca familiar, en una edición de Austral: eran las Poesías de Antonio Machado. Fue esa selección mi primera imagen de España, la primera entrada en Castilla, en el Sur, en los Cantares, cuando no sabía que a partir de entonces la visión pendular de ambas orillas no me abandonaría nunca más. 

La moral y la ética se van formando de a poco, con retazos de razón juvenil, de momentos vividos, de lecturas. 

Vinieron después, ya como un descubrimiento gozoso, las Confesiones de un pequeño filósofo, de Azorín, las antologías del Siglo de Oro español, y, concientemente, el canto de la tierra, el Martín Fierro de José Hernández, y lo novísimo, los Cuentos de Cortázar, la visión del mundo de Autopista del Sur, de El Perseguidor, de La noche boca arriba. 

Pero seguía Machado en mi alma, como inductor de mis ojos. 
Llegó más tarde Juan de Mairena. Aquél profesor de retórica, aquél alter ego de Machado, que nos conduce por los vasos comunicantes que llevan desde la poesía a la filosofía, la ética y la estética del mundo machadiano, tiene sus luces y sombras en Andalucía, en Úbeda y Baeza, en el Instituto de Libre Enseñanza, en Soria, en la asunción del paisaje de Castilla. 

Hay una frase de Jorge Luis Borges que define el personaje: " Aquél andaluz esforzadamente castellano ". Una primera interpretación de este juicio, podría conducir a un rechazo, al distanciamiento que produce la ironía llena de matices que caracteriza al escritor argentino. 
Pero si dirigimos la mirada hacia la concepción estética de Borges, vemos que un dictamen de esta naturaleza no puede ser gratuito. Para quien conoce España, ve en las diferencias de las dos tierras nombradas - Andalucía y Castilla - distancias culturales e históricas que pasan desapercibidas en una visión de conjunto de la cultura española. La luz y la poesía del Mediterráneo y el Atlántico andaluz difícilmente tienen parangón en las otras geografías españolas. La herencia árabe se transmite poderosamente a través del verbo y su música, realzada en esta tierra la concepción solar de la realidad, con el ritmo de las olas, de las palmas de la música popular. 
Aquí se abre la generación gloriosa del '27 española. Ahí están Vicente Aleixandre, Miguel Hernández, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Pedro Salinas, por citar sólo los inmediatos que acuden a la memoria. 
Borges enlaza en su breve juicio varios aspectos de Machado que se suceden y complementan en su vida: la herencia solar andaluza, la corporeidad de Castilla, de los campos de Soria, y su voluntad, como intelectual comprometido con su tiempo, de englobar la realidad española. 

El deslumbramiento que sintió el genio sevillano en la España profunda, la España castellana, con su mar de ocres y sienas y su grandeza enjuta, por el peso de su historia, le llevan al hermanamiento con los grandes nombres del Siglo de Oro. 
En Castilla la historia se palpa en cada pueblo, en cada página de su pasado terrible y portentoso. Nadie puede apartar la mirada sin mella en su espíritu: quien ha pisado tierras castellanas lleva para siempre un cambio en las creencias más íntimas de su cultura, de su concepción aprendida de la historia. 

No fueron ajenos a esto ni Machado ni Borges. 
El encuentro con Borges fue para mí lento, una aproximación medrosa, era tanta su fama y su aura intelectual, que me imponía abordarlo. Comencé con libros sueltos, editados por Emecé, todos con las mismas tapas de colores lisos, y un discreto título que anunciaba lo que vendría después. Así fueron Ficciones, El Libro de arena, la Historia Universal de la Infamia, El Hacedor, y luego los volúmenes de las Poesías, que me tendieron la mano, como si de un otro Borges se tratara. 

Mi concepción de la obra de arte será a partir de entonces más honda, en cuanto a la asunción del lector en personaje, en hacedor paralelo del paisaje artístico, del asombro del placer estético. 
Otro escritor fundamental, fue Macedonio Fernández. 
A él llegué de la mano de Borges, por un juicio suyo: "El mejor escritor argentino es, sin duda, Macedonio Fernández". 
Poeta y filósofo, formador de una estética del arte que Borges adscribe y reverencia, Macedonio Fernández fue contemporáneo de Machado, vivió hasta 1956, fecha de su muerte, a los 81 años. 
Hablar de un escritor casi desconocido hasta en su propio país por las nuevas generaciones constituye un desafío, una lucha contra los elementos adversos del azar y de la sociedad, del devenir de la cultura, que abandona u olvida por circunstancias extrínsecas la obra de muchos hombres. Se puede decir que la historia margina por norma e inercia, la obra de casi todos los hombres; sólo algunos trascienden a la memoria colectiva, desde su tiempo y parábola personal. 
El pensamiento de Macedonio Fernández queda salvaguardado en varias obras fundamentales para comprender la historia literaria porteña de este siglo. Autores como Scalabrini Ortiz, Manuel Mujica Láinez, y el mismo Borges, fueron influenciados por Macedonio. 
Como un autor en la sombra, con manuscritos que circulaban de mano en mano entre los literatos de la generación, el espíritu de Macedonio se difunde en los más señalados personajes de la literatura del Buenos Aires de entreguerras. Así los Papeles de Recienvenido, su novela o teoría de la novela Adriana Buenos Aires, su ensayo filosófico No toda es vigilia la de los ojos abiertos, todos editados en su tiempo a instancias de sus amigos, y recuperados en la década del 70 por el Centro Editor de América Latina, fueron convirtiendo su influencia vital en sus coetáneos, en referencia subyacente de las generaciones posteriores. 

Macedonio me conmovió profundamente. A los dieciocho años, en plena efervescencia del espítiru, imbuído de los autores citados, la Metafísica de Macedonio llegó para cubrirlo todo, se difundió entre las cosas como el sol del poniente, teñía todo lo que tocaba con su amorosa concepción del misterio del vivir, el asombro del Ser. 
Su exigua poesía, quizá unas decenas de poemas, construyen un mundo en Arte, paralelo al suyo en sentir y filosofar, una puerta abierta a su concepción del Misterio. 

Con estos autores amanecí a la vida, que es intelecto, conciencia. La mínima vida de una persona, convertida en personaje para esta relación, entre tantos espíritus que conforman la vida deseable, superior en lo Sentido, la vida soñada. 
Doy las gracias a quien reciba estas líneas, tendidas como un hilo simple, hacia el azar. 
© Claudio Serra Brun, 1999.
 www.poesur.com 





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Gentileza:: Cristina Castello [ cristinacastello@fibertel.com.ar ]


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