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URUGUAY. La Culpa: Si todos la tenemos ¿no la
tiene nadie?
Las consideraciones sobre el rol de los medios
en nuestra sociedad se han centrado, desde el
invento de la televisión, en las indagaciones
sobre sus efectos. El uso de la violencia en los
medios es tal vez el tópico que, en relación a
estos efectos, ha suscitado las principales
polémicas. La pregunta sobre si la violencia
televisiva es una oferta, una demanda, o una
realidad; si actúa como catalizador o como
modelo de acción, si genera más violencia, la
disminuye, o simplemente representa la ya
existente, continúa planteándose. La Culpa, de
Álvaro Ahunchain, intenta indagar en esta
temática a pesar de que no logre superar una
superficie más bien expositiva de la misma y
debamos echar de menos la profundidad que el
mismo autor alcanzó en otras de sus obras. La
pieza funciona como una constatación, y no
problematiza sus propios planteos. Está escrita
desde adentro de los mecanismos que rigen un
medio televisivo, y estos son puestos en
evidencia a través de personajes bastante
simplificados, casi caricaturas que viven una
situación modélica en tanto habilitante del
entrecruce y exposición de sus estereotipados
puntos de vista. Así, y en el ámbito de la
anécdota que tiene lugar en un set de
televisión, Alicia Ibarra, una intelectual
proveniente del ámbito académico (Beatriz
Massons), realiza su primera experiencia como
conductora de su propio programa: "Investigación
especial", un periodístico en vivo cuya primera
entrega versará sobre "la violencia". Ibarra
intentará llevarlo adelante afincada en su
"contrato de total libertad", para descubrir, a
medida en que avanza el programa, que en la
televisión esto no es tan fácil. Las insistentes
presiones de un productor argentino (Franklin
Rodríguez) para quien el "dios del rating" es el
único norte y guía de acción, se lo demostrarán.
En este enfrentamiento de opuestos -casi una
falsa dicotomía entre "las formas de la
academia" y "las recetas del éxito en los
medios" estructurada sobre los lugares comunes
de ambos discursos- una joven asistente de piso
(Verónica Linardi) actuará como bisagra. Un
adolescente (Daniel Suárez) -el "infanto-juvenil"-,
completa el cuadro, inmóvil en su silla mientras
observa todo lo que pasa y nos mantiene hasta la
escena final en la duda sobre si se tratará de
la representación de los propios televidentes.
En esta puesta, dirigida por el propio autor,
cuatro monitores muestran lo que el espectador
ve del otro lado de la pantalla, mientras que la
platea es invitada a escudriñar sobre el
escenario, lo que sucede "detrás de cámaras".
Esto se logra mediante un bien manejado recurso
que combina la filmación en circuito cerrado del
propio espectáculo, y la proyección de videos.
En los videos se presentan, además de
comerciales, tres entrevistas a distintos
"representantes de la violencia": un militar
torturador retirado (Alberto Restuccia), un
cineasta español (Jorge Bolani) y un
"terrorista" colombiano (Pepe Vázquez). Los tres
invitados, pese a ser actores de primer nivel,
no rinden como podrían debido a que la calidad
de las filmaciones resulta apenas aceptable.
Massons, por su parte, resuelve adecuadamente la
dificultad que pudo haber implicado actuar, al
mismo tiempo, para el público y para la cámara
que la toma en primer plano, y el resto del
elenco la secunda sin grandes brillos. Si bien
el texto posee agilidad y buenos pasajes de
humor, la puesta en escena no logra potenciarlo
y, por el contrario, le quita fuerza.
Finalmente, respecto al planteo de fondo que
subyace a la propuesta, no se entiende si
Ahunchain pretende poner en evidencia el
mecanismo mediante el cual la televisión achata
cualquier polémica, o si es la propia pieza la
que legitima esta chatura. La culpa coloca en un
mismo nivel a una enorme gama de posturas y
argumentos, constituyéndose así en un "neutro"
llamado de atención sobre la intolerancia. Las
posiciones aquí contrapuestas se vuelven objeto
de una simplificación que les quita contundencia
y las hace equivalentes entre sí. De este modo
entonces, la proclama contra la violencia (que
no distingue, además, niveles ni tipos de la
misma) que parece desprenderse de este planteo,
no logra más que reproducir -tal vez
deliberadamente- el propio discurso de la
televisión: el que aparenta decir algo al mismo
tiempo que neutraliza su propio discurso
mediante una homogeneización de la diversidad.
Es más, el propio tema de "la culpa" del título
se convierte en otro espejismo, ya que según se
desprende del desarrollo de la pieza, todos
somos culpables -por lo tanto nadie lo es. Se
pierde así toda posible indagación en una
realidad que, lejos de estar "dada", suscita
cuestionamientos a los que, al menos los
creadores, deberían estar atentos. ¿Vale lo
mismo la culpa de la conductora por haber
abandonado a su marido, que la culpa del militar
torturador? "La culpa es de todos nosotros...la
culpa...es mía..." termina diciendo la
protagonista. Finalizado el espectáculo, ¿dirá
lo mismo el espectador?
Lucía Masci, Caras y Caretas, 21 de noviembre de
2003
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