SANTIAGO RAMON Y CAJAL: La voluntad de saber

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SANTIAGO RAMON Y CAJAL: La voluntad de saber

Su padre le forzó a ser médico. Ingresó en la sanidad militar y fue destinado a Cuba, donde contrajo el paludismo. En el extranjero hubo intentos de desprestigiar sus descubrimientos sobre células nerviosas.
Sólo cuando ganó el Nobel, España descubrió que tenía un sabio.

Si Cajal no hubiera tenido un padre tan soberbio, no habría tenido necesidad de ser tan bruto. Si hubiera tenido un padre menos bruto, no habría heredado un espíritu tan soberbio. Era don Justo Ramón, padre de Santiago, un carácter tan tremendo que sólo oponiéndole una obstinación aún mayor era posible un desarrollo individual. Sin su padre, Cajal habría sido cualquier otra cosa, sin duda importante, pero no el investigador, el científico que llegó a ser. Porque si el talento puede ser natural, la voluntad se forja y el espíritu se templa contra los obstáculos. Y don Justo fue como una peña: obstáculo y elevación sobre una perspectiva vital durísima, plana, árida, un yermo donde sólo crecía la necesidad.

Don Justo era hijo de labradores de la provincia de Huesca y tuvo que trabajar desde muy joven. Colocado como mancebo de un cirujano de pueblo, quiso salir de pobre y llegar a cirujano. Se fue a Barcelona a pie y, una vez allí, acabó entrando a trabajar con un barbero que le enseñó los rudimentos de la cirugía. Se casó con una mujer alta, fuerte y muy agraciada, Antonia Cajal, y ya con hijos decidió conseguir el diploma que le faltaba. Aunque medianamente asentado, la experiencia de la pobreza nunca le abandonó y se propuso que sus hijos no padecieran lo que a él le había tocado pasar. Y a su hijo Santiago -nacido en Petilla de Aragón en
1852- le enseñó él mismo a leer y a escribir, geografía y aritmética y algunas nociones de francés. Las clases tenían lugar en una cueva de pastores, y no precisamente en homenaje a la caverna de Platón.

Pero aquel niño tan inteligente tenía un espíritu melancólico, retraído y dado a la ensoñación. Por mucho que su padre lo sujetara férreamente al estudio, él se evadía con no menos fiera voluntad. Dijéronle que había de ser barbero-cirujano, pero él se empeñaba en dibujar y pintar. Le escondían el papel y pintaba en la madera, en la piedra, en el suelo. Le quitaban el lápiz y usaba un punzón, un trozo de pizarra o un carbón de la lumbre.
Tampoco su salud era como la de su padre, y el rigor de los castigos no contribuía a mejorarla. Menos mal que doña Antonia tenía debilidad por su vástago y, a escondidas, mitigaba el rigor de don Justo. Pero era el muchacho de la piel del diablo y su padre decidió encomendarlo a unos frailes escolapios de Jaca, aconsejándoles mano dura. Tampoco hacía falta:
a fuerza de encierros y ayunos casi lo matan. Sobrevivió gracias a su astucia para abrir la celda, ir a casa de un tío a comer y volver sin que los frailes se dieran cuenta. Hasta que se dieron. Volvió tan mal que don Justo decidió perdonarle el régimen carcelario.

Pero el colegio lo había endurecido y los veranos en Ayerbe, adonde se había trasladado la familia, fueron teatro de sus barrabasadas. Un día, Santiaguico reunió a su partida de mocosos y los puso a fabricar un cañón aprovechando un tronco de árbol abandonado. Tanta maña tenía para la mecánica que ahuecaron el tronco, prepararon mecha, pólvora y gruesa munición de clavos y piedras. Encendieron la mecha y volaron la puerta a un vecino, que no murió de milagro. Denunciado el guerrillero infantil, fue conducido a la cárcel por unos días, y, por indicación de su padre, condenado también a ayunar. Tenía 11 años.

Su adolescencia fue un contínuo tira y afloja entre la voluntad paterna y sus ensoñaciones líricas o épicas, según le diera por ser general o pintor.
Le gustaba la soledad, meterse en los montes, cultivar una cierta misantropía. Ganábale terreno una ambición sin objeto, una curiosidad desbocada, un afán de saber que iba más allá de la barbería y la cirugía.
Pero su padre lo arrastraba. Lo introdujo en la anatomía con apenas 16 años y, cuando consiguió trasladarse a Zaragoza como médico de la Beneficencia, lo matriculó en la universidad. Cursó medicina sin sosiego, entró en la sanidad militar y quiso el destino que su regimiento fuera llamado a formar en el ejército expedicionario que partió hacia Cuba en 1874. Apenas un año después, Cajal cayó gravísimamente enfermo de paludismo, pero, devuelto a España, sobrevivió. La enfermedad no le abandonó del todo y retornó como hemoptisis, de la que curó en Panticosa el día en que decidió no ser un enfermo.

Se le negaban las oposiciones mientras empezaba a vivir con el microscopio.
Por fin consiguió un sueldo en Zaragoza y se casó con doña Silveria Fañanás, que llevó con humildad y paciencia la desbocada ambición de saber de su marido. A su primera hija la llamó Fe. Faltaría más.

En 1883 consiguió por fin la cátedra de Medicina de Valencia. Aunque había publicado ya un estudio sobre las terminaciones nerviosas de los músculos, era un desconocido. Mientras su familia crecía -Santiago, Luis, Paula, Jorge, Enriqueta-, él pasaba los días y no pocas noches volcado sobre el microscopio. Sus intentos de entrar en una cierta vida social no sobrepasaron el Ateneo. Estaba solo y carecía de medios para investigar.
Fueron años a la vez luminosos y sombríos, de conocimiento sin reconocimiento, en los que su primitiva afición a pintar, extendida a la naciente fotografía, le consolaba de la aridez de la observación pura.
Pero ahí, en la angostura del laboratorio, encontraba por fin horizonte para su ambición. Trabajó sobre el microbio del cólera y combatió también como médico la enfermedad. Firmaba artículos con el seudónimo de Doctor Bacteria y, siempre por su cuenta, perfeccionó el método de observación de Golgi, canónico en Europa. Mientras se creaba la primera cátedra de Histología en España, Cajal, que había aprendido un rudimentario alemán y un inglés elemental para completar su pobre francés, veía cómo sus primeras investigaciones sobre el sistema nervioso se publicaban en las revistas científicas germanas. Son años de roturación y siembra; también de supervivencia. En 1889 publica su Manual de Histología; en 1891, doña Silveria le da otra hija, Pilar; en 1892, consigue la cátedra de Madrid y brujulea en busca de tertulia: desembarca en la del Café Levante pero acaba fondeando en la del Suizo.

Mientras va publicando sus descubrimientos comienza a recibir invitaciones del extranjero: Berlín en 1889, Londres en 1894. En 1897, cuando su fama europea es un hecho, es elegido miembro de la Academia Española de Ciencias. Dos años después, la Universidad de Nueva York lo nombra doctor Honoris Causa. Su carrera internacional está empedrada de premios; Moscú en
1900, Berlín en 1905 y, al año siguiente, el Nobel, compartido con un Golgi absolutamente gagá, que todavía enaltece más el mérito de Cajal.

Lo esencial de su trabajo, equivalente a la investigación mundial de 50 años, según algunos científicos, es el descubrimiento de la neurona y la clarificación de su estructura y funciones en el sistema nervioso, acabando con la teoría reticular que hasta entonces reinaba y cambiando por completo la idea que se tenía sobre ese ámbito. Pocas veces un descubrimiento ha ido tan a contrapelo de lo que se sabía a tan en contra de lo que se creía.
De hecho, tanto en el extranjero como en España, Cajal padeció hasta el final de su vida intentos de acabar con su teoría y de desprestigiar su tarea.
También la envidia, que no es una costumbre de la comunidad científica actual sino una vetusta tradición, lo distinguió de forma sañuda y señalada. Pero a lo más que llegaba era a indignarse, nunca a afligirse.
Cuando corrió la noticia del Nobel, que a Cajal no le convencía mucho, España descubrió de pronto que tenía un sabio. No un científico, sino el científico por antonomasia, por no decir el único. Cajal es víctima de la curiosidad nacional: le ponen su nombre hasta a las gaseosas y enferma del estómago por culpa de los banquetes. Tendrán que pasar varios años para que su vida se sosiegue, recupere su vocación académica y forje una escuela que continúe sus enseñanzas. Los barquinazos de la Restauración le preocupan mucho, ya que una cierta paz ciudadana era necesaria para su ideal de reforma y modernización social, a la que Cajal aportaba la noción del patriotismo modernizador de la Ciencia como vocación y necesidad pública.

En 1922 publicó sus Charlas de café, que acrecentaron su popularidad.
Multitud de jóvenes lo tomaron por modelo, y su ejemplo o el de su gloria hicieron por despertar vocaciones más que 100 campañas gubernamentales.
Nunca quiso ser ministro de Educación -Moret se lo propuso antes del Nobel-
y, tras la dictadura, apoyó a la Agrupación al Servicio de la República, de efímera vida y nula eficacia. En 1930 quedó viudo y se dedicó por completo a la fundación de instituciones de educación como la Escuela Nacional de Sanidad o el Instituto Cajal para la Investigación. Vivió sus últimos años preocupado por la suerte de España, que veía cada vez más abocada al barranco, y murió el 17 de octubre de 1934, tras publicar El mundo visto a los 80 años y sin ver la guerra Civil. Menos mal, Para el descubridor de las neuronas habría sido letal ver cómo funcionaban en las cabezas o testas españolas en 1936, justo tres décadas después de su reconocimiento universal.

 

 

Gentileza:: Lista por Amor [ listaporamor@fibertel.com.ar ]



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