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Picoque
(Canto Coral Mariano )
Qué pena tiene la muerte
cuando de su calavera
siente crecer en silencio
la flor de la primavera.
Manuel J. Castilla Gustavo Leguizamón
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por Jorge Falcone
A menudo necesito recordarme que, entre
los abortos y los falsos embarazos de mi madre, cabe computar uno que no
fue precisamente el mío y que llegó a buen término el 16 de agosto de 1960.
Desde la primavera de 1976 no hago otra cosa que resistirme a la odiosa condición
de "hijo único".
Caminaba con María Claudia por la Avenida 7, charlando sobre la necesidad de
prever el contragolpe enemigo a la hora de planificar campañas de sabotaje en
su contra. Tuve la impresión de advertir a la representante del bachillerato
de Bellas Artes que además era mi hermana muy confiada en la capacidad
de acción miliciana de la UES. Pero lo cierto es que ya nos íbamos quedando
sin viviendas operativas. En una ciudad universitaria superpoblada de jóvenes,
hacia fines del primer año de la dictadura, abundaban las casas con una docena
de refugiados en su interior. No había retaguardia que resistiera una ofensiva
eficaz del enemigo.
Tras albergar a Claudia, el departamento de nuestra anciana tía Rosa Matera
última sobreviviente de seis hermanos había pasado a constituirse
en bastión operativo de su agrupación, obviamente clandestina. María Clara
Ciochini,
dirigente perseguida de la UES de Bahía Blanca, también se refugiaba en aquel
sitio que poco antes había sido "la apacible morada de la abuela de
Caperucita".
La rutina de un consorcio de medio pelo se veía alterada de repente por la irrupción
de grupos de adolescentes ruidosos. Nadie notaba, sin embargo, que, en su mayoría,
los chicos llegaban tabicados, es decir, guiados por alguien que tomaba la precaución
de hacerles dirigir la vista hacia el piso para no reconocer el sitio de reunión
y, por ende, no exponerse a denunciarlo ante eventuales apremios. El lema en
boga era el que no sabe, no confiesa. Pero no tardó en ser capturado
un militante que pese a no conocer el paradero de aquel sitio, se contactaba
telefónicamente con sus habitantes. Eso precipitó la decisión de evacuarlo.
En la tarde del 16 de septiembre de 1976, María Claudia y María Clara, ya alzadas*
de su riesgoso refugio, se encontraron con mi padre y, confiándole que procuraban
nuevo destino, le solicitaron algún dinero para moverse.
Al caer la noche, mi compañera y yo nos reunimos con mis padres y mi primo Jaime,
huésped nicaragüense que estudiaba aquella misma carrera que me estaba decepcionando.
Cenamos en el restaurante "Le tre palle", cerca de mi hogar natal, más precisamente,
frente al edificio de Obras Públicas (en cuya explanada un año antes se había
producido la concentración que conquistó el Boleto Estudiantil Secundario y
en la que mi hermana había tenido pleno protagonismo). La comida transcurrió
en un clima distendido y sin sobresaltos. Nos despedimos temprano porque no
eran épocas para circular a horas avanzadas. Pasó un tiempo considerable hasta
que nos enteramos de que, mientras se desarrollaba nuestra velada familiar,
María Claudia y María Clara retornaban abatidas al peligroso 586 de la calle
56, con la frustración de no haber encontrado otro albergue.
El portero contó que fueron intimadas a rendición por parte de un grupo de civiles
armados que irrumpió violentamente en el hall. Las chicas corrieron escaleras
arriba amenazando a los intrusos con abrir fuego, pero la conciencia fatal de
que se hallaban en el estrecho pasillo de un edificio de departamentos lleno
de familias las hizo desistir de armar un tiroteo. Y buscaron refugio en casa
de la tía "Tata", que a esas horas descansaba ignorándolo todo. Una vez que
llegaron allí, trabaron la puerta como pudieron y pensaron en arrojarse hacia
alguna terraza lindera, pero estaban en un octavo piso y toda opción era muy
arriesgada. Durante esas cavilaciones, los matones tumbaron la puerta, encerraron
a la sobresaltada dueña de casa en su habitación y redujeron a ambas dirigentes
de la UES para encaminarse, acto seguido, al baño del departamento. Retirando
la tapa plástica del botón del inodoro, recogieron un gancho del que pendía
una bolsa de polietileno que protegía varias armas cortas y algunas pepas**
pertenecientes a la agrupación. La tía, que logró espiar sin ser advertida,
pudo apreciar que se movieron con datos precisos. Por último, las sacaron a
empujones conduciéndolas a un camión del Ejército apostado frente al edificio,
en el que según testimonio de la peluquera del barrio aguardaba personal
militar en uniforme de fajina.
El odio gorila volvía a conmemorar su Revolución Libertadora y se ensañaba con
aquello que le resultó inaceptable: un puñado de adolescentes con un Proyecto
de Nación. Esto último movería al Presidente Videla a delegar en el General
Camps por entonces a cargo de la Policía Bonaerense ese operativo
de escarmiento contra la osadía del movimiento estudiantil secundario al que
los mismos represores bautizarían como "La noche de los lápices". El Comisario
General Miguel Etchecolatz tuvo a su cargo el procedimiento llevado a cabo con
personal de la comisaría 9a de La Plata. Y el Comisario Luis Héctor "Lobo" Vides
se encargó del interrogatorio durante las sesiones de tortura en el campo de
concentración de Arana, antes del traslado hacia un destino final en el llamado
"Pozo de Banfield".
En el caso particular de los militantes del bachillerato de Bellas Artes, ya
habían sido oportunamente vigilanteados* por el celador Emilio Capalbo y prolijamente
denunciados a las fuerzas de seguridad por la Decana María Elena Macaruk. Luego
de alrededor de cinco meses de cautiverio, en que testigos presenciales dicen
haberlos visto cantar la Canción con todos, de Armando Tejada Gómez,
tomados de las manos en el patio de la prisión, todo indica que esos chicos
habrían sido fusilados sumariamente a principios de 1977, en los subsuelos de
la Jefatura de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, en el Paseo del Bosque
de la ciudad de La Plata.
Pero en aquella infausta madrugada de 1976 ignorábamos todo esto. Nos despertaron
los golpes de mi madre contra el postigo de la ventana.
<Se llevaron a María Claudia... <susurró. Y fue suficiente para entrar en pánico.
Cuando nos reunimos con mis padres, no podía dejar de temblar. Intentaba serenarme
a toda costa, procurando meditar los próximos pasos. Mi compañera tomó la iniciativa
de organizar la retirada. Nos cambiamos y afrontamos la madrugada impiadosa.
La represalia más común para un opositor era, hasta entonces, la cárcel. Desde
esa perspectiva recomendamos a mis padres que se movieran con criterios legalistas:
ir a la curia, al regimiento de la zona y recurrir a las viejas amistades influyentes.
Urgía hacer un hábeas corpus. Nos dejaron en Plaza Rocha y, aceptando
nuestra recomendación, siguieron viaje hacia el domicilio de unos parientes.
Esa noche, su casa volvería a ser allanada, ahora violentamente: un jeep
derribó la histórica puerta metálica de cuatro hojas y la arrastró a lo largo
del zaguán hasta el hall. Nosotros optamos por pernoctar en un hotel
alojamiento. Era imprescindible guarecerse para, más serenos, ordenar la rutina
de la jornada siguiente, que prometía ser abrumadora.
Ese sitio al que, juntos o cada uno con otro partenaire, habíamos convertido
en templo del placer, ahora nos devolvía quejidos que nuestra duermevela atribuyó
a los compañeros detenidos.
Ante un destino incierto, y procurando descansar, busqué refugio en la palabra
mágica que con María Claudia imaginamos de pequeños para conjurar la adversidad.
<Picoque <repetí<. Picoque, hermana.
Y me dormí.
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(*) Jorge CHIQUI Falcone texto leído en la presentación de su
libro MEMORIAL DE GUERRALARGA, un pibe entre
cientos de miles, en la Feria del Libro, el jueves 25 de abril, con la presencia
de Estela Carlotto, Nelva Falcone, Roberto Baschetti, Felix Pigna, Gabriel
Fernandez,
Bernardo Alberte, Gonzalo Chavez, Jorge Lewinger, Eduardo Gurrucharri, Juan
Carlos COCO Manoukian, Lissy Lettner, Martin Garcia y otros compañeros.
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