Cultura global y barbarie global, Por Juan Mayorga  - 1/5/02

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Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral 

Cultura global y barbarie global
Por Juan Mayorga


Si la cultura es la suma de la experiencia humana, cualquier comunidad está siempre en relación de carencia respecto de la cultura. La cultura de una comunidad no es sino una pieza -preciosa pero precaria; incompleta-, un fragmento de la experiencia humana.
De ahí que el signo mayor de una comunidad culta sea el reconocimiento de su propia limitación cultural. Y, al contrario, quizá nunca esté tan cerca una comunidad de la barbarie como cuando confunde su particular experiencia con la cultura en general.
Conviene tener esto en cuenta a la hora de meditar sobre la cultura en la llamada "globalización".
"Globalización": concepto mágico de nuestro tiempo. También se maneja a la hora de hablar de la cultura. Se dice que, muy pronto, todos participaremos de una cultura global. Pero ¿qué cultura es ésa que vamos a compartir? ¿Acaso las viejas experiencias se están fundiendo en una suma colosal en que cada experiencia particular quedará salvada? ¿O más bien ocurre que una experiencia particular está imponiéndose sobre las otras? ¿Estamos presenciando el nacimiento de una cultura global o la globalización de una sola cultura? ¿Precisamente de aquella cultura que mejor acompaña al mercado en su ensanchamiento?
Acaso la llamada "cultura global" no sea sino una experiencia particular que, desconociendo su propia limitación, se presenta como la suma de todas las experiencias.
Acaso fuera de esa "cultura global" queden todas aquellas formas de experiencia no susceptibles de ser convertidas en mercancía.
Si esto fuera así, estarían en peligro ámbitos enormes tanto de la tradición como de la creación.
De hecho, ya hoy toda pieza cultural que no contribuya a la extensión del mercado suele ser eliminada como despilfarro. La pieza cultural no convertible en mercancía tiende a ser desechada por sus creadores antes de su exhibición e incluso antes de su ejecución. Para obtener este efecto, el mercado no necesita ejercer ninguna intimidación especial. Generalmente, son los creadores de cultura los primeros que ven al receptor de cultura como a un consumidor en el mercado.
Desde luego, no faltan creadores que intentan fundar espacios culturales autónomos respecto del mercado. Se trata de intentos de hacer "la cultura por la cultura" que recuerdan a los viejos esfuerzos decadentes de hacer "el arte por el arte". Por lo general, tales intentos acaban rompiendo su cordón umbilical no sólo con el mercado, sino también con la sociedad.
En todo caso, tales intentos son excepcionales. Los productores de cultura, al igual que los otros productores, suelen aceptar el mercado como la mayor fuente de reconocimiento.
Recíprocamente, una sociedad en que el mercado funciona con alguna eficacia, suele ser asimismo eficaz en la producción y distribución de ciertos bienes culturales. Ello puede animarle a caracterizarse a sí misma como una sociedad culta.
Comúnmente, esa sociedad que se autocaracteriza como culta dedica algunos recursos a revisar las piezas culturales de su pasado para construir un relato que presente su actualidad como culminación de un proceso creciente. Ello exige un enorme esfuerzo de desmemoria, pues han de ser excluidas todas aquellas piezas inasimilables por un relato cuyo principio constructivo es la idea de progreso. Cada pieza que no encuentra sitio dentro de ese relato evolucionista, desaparece del museo del fin de la historia. En ese museo, las víctimas del progreso sólo son mostradas en la vitrina de los sacrificios necesarios.
En el llamado "primer mundo", productores y consumidores de la cultura suelen participar de ese relato que presenta la actualidad como consecuencia necesaria de un proceso inevitable. Conforme a tal relato, el mercado es un fenómeno natural, como naturales son su evolución y sus crisis. De acuerdo con tal relato, el hombre ha de vivir en el mercado como en una segunda naturaleza. Y ante la naturaleza no caben valoraciones morales. "Bien" o "mal" son palabras "demasiado humanas" en el mundo de lo natural. A la naturaleza no se puede pedir responsabilidad, justicia o compasión. Ante la naturaleza, no cabe la crítica.
Vivimos, desde luego, malos tiempos para la crítica. El desplome de una alternativa exterior ha debilitado también a la disidencia interior. Como si la derrota de aquella alternativa global a las contradicciones hubiese traído la solución súbita de toda contradicción.
Conviene recordar que la crisis de la crítica es la antesala de la barbarie.
La lucha contra la barbarie empieza por el gesto crítico desde la cultura y ante la cultura.
Durante algún tiempo se pensó que cultura y barbarie eran mutuamente excluyentes. Se pensó que el hombre rico en experiencias culturales no podía ser un hombre bárbaro. Sin embargo, ya antes del Holocausto, alguien se atrevió a decir que todo documento de cultura es, al mismo tiempo, un documento de barbarie. Después del Holocausto, contraponer cultura a barbarie es una peligrosa ingenuidad. Se puede escuchar la mejor música por la mañana y torturar por la noche. Se puede llorar de emoción ante un cuerpo pintado o esculpido y contemplar con indiferencia el dolor de un ser humano. Una sociedad de lectores, una sociedad que llene los museos, una sociedad que abarrote los teatros, puede aplaudir el genocidio.
A menos que esa sociedad se sitúe críticamente respecto de su cultura.
Sin crítica, la cultura prepara la barbarie. Ella misma es barbarie.
Un hombre al que se educa en la aceptación acrítica de la cultura, está siendo educado para la barbarie. Está siendo educado para ser dominado o para dominar.
En cambio, una cultura crítica trabaja contra la barbarie. Una cultura crítica crea espacios en los que un hombre puede abrir a otros su experiencia y abrir su experiencia a la de otros hombres, incluso a la experiencia de hombres de otros tiempos. Una cultura crítica prepara a un hombre a relacionarse con otros y no a dominar a otros o a resignarse al dominio de otros. Una cultura crítica educa contra el sacrificio del hombre al mito, sea éste una fe, una idea, una patria o el mercado.
El productor de cultura debería ser consciente de que sus piezas pueden convocar la crítica o clausurarla. De que sus piezas pueden abrir diálogo o suspenderlo.
El productor de cultura puede trabajar para justificar el presente estado de las cosas o para interrogar acerca del presente estado de las cosas. Puede trabajar para la evasión o para la conciencia.
El productor de cultura puede adherirse a la tradición vencedora o hacer que en su obra resuene el silencio de las tradiciones vencidas.
El productor de cultura puede trabajar por el enmascaramiento de la fragmentación de su sociedad o hacer a su sociedad consciente de esa fragmentación.
El productor de cultura puede contribuir a que su sociedad se represente su experiencia como una experiencia completa o hacer que su sociedad reconozca su incompletitud respecto de esa suma de la experiencia que sólo posee toda la humanidad.
El productor de cultura puede presentar su obra como resultado de la necesidad o abrir debate acerca de la justificación de su obra. Puede camuflar su propia dependencia respecto del mercado o hacer visible esa dependencia. Puede esconder las condiciones sociales que hacen posible su trabajo o suscitar una meditación sobre esas condiciones. Puede mostrar lo que se ha sacrificado para producir su obra o alimentar la hipnosis del progreso.
Una pieza de cultura contribuye a la crítica cuando es capaz de dirigir el gesto crítico, primero, hacia sí misma; segundo, hacia su productor; tercero, hacia la tradición en que se inscribe; cuarto, hacia esa experiencia incompleta que hoy llamamos cultura. Una pieza de cultura crítica muestra que ni ella, ni su autor, ni su tradición, ni lo que hoy reconocemos como cultura, recogen sino un fragmento de la experiencia humana. Una pieza de cultura crítica muestra los límites de nuestra experiencia.
Pero, si hablamos con precisión, ninguna pieza cultural es, de suyo, crítica, así como cualquiera puede serlo. Porque lo fundamental en una cultura crítica no es la intención del productor de una pieza cultural, sino la actitud con la que los receptores de esa pieza se sitúan ante ella. Esa actitud nunca será demasiado crítica.
Lo fundamental para una cultura crítica no es que los productores de cultura sean críticos, sino que lo sean sus receptores.
El verdadero creador de una cultura crítica es la comunidad. Una cultura crítica es una cultura sin guardianes. No hay en ella nombres sagrados, ni lugares sagrados, ni tiempos sagrados. No hay en ella santos ni iglesias. No hay en ella ámbitos fuera del alcance de la crítica. De ahí que una cultura crítica pueda encontrar resistencias en el narcisismo de los productores de cultura. Pero una comunidad crítica sabe que la cultura es demasiado importante para dejarla sólo en manos de sus productores. Una comunidad crítica sabe que, llegado el momento, los líderes en la producción de cultura pueden ser líderes de la barbarie.
En cambio, si es capaz de contener su infantil propensión al egoísmo, el productor de cultura puede contribuir muy activamente a la formación de una comunidad cuyo eje sea el diálogo crítico. Puede ayudar a hacer democracia. Puede ayudar a romper la alienación de unos seres humanos respecto de otros a que aboca el mercado.
La imagen del mundo futuro como "aldea global" no debe confundirnos. Se utiliza esa imagen como si la globalización trajese consigo la extensión de la comunidad. Pero si sólo es el mercado lo que va a extenderse, la imagen más probable del futuro es una atomización máxima en que cada ser humano verá a todos los demás como sus competidores. En cambio, la extensión del diálogo crítico sí puede hacer comunidad. En lugar de frágiles agregaciones de productores/consumidores, el diálogo crítico puede formar comunidades de conciencia y de experiencia.
Cuando una pieza de cultura es capaz de provocar en sus receptores no sólo la adhesión o el rechazo, sino el diálogo crítico, entonces esa pieza se engarza en un texto cuyo autor es la comunidad. A través de la discusión pública, la pieza cultural deja de ser un mero eslabón de la cadena producción-consumo para integrarse en un tejido colectivo de conciencia y de experiencia.
No la mera acumulación de cultura, sino una relación crítica con la cultura, tal podría ser el eje de un humanismo capaz de hacer frente a la barbarie.
Una cultura crítica no educa para el pesimismo, sino contra el fatal optimismo del progreso. Es cultura que afirma la vida humana frente a la naturaleza. Cultura para la felicidad.
Por eso, antes que reclamada por los productores de cultura, una cultura crítica debería ser reclamada por los ciudadanos. Antes como ciudadano que como productor de cultura, me interesa el éxito de esa cultura capaz de generar una comunidad de experiencia y de conciencia. Como ciudadano, me interesa que se escuchen otras voces que el redundante monólogo autoapologético del mercado; voces a contracorriente. Como ciudadano, me interesa que haya recursos para la disidencia, sobre todo para aquella disidencia que está en peligro porque no sabe convertirse en mercancía. Sé que de la autonomía de una cultura crítica depende mi propia autonomía. Por eso, nada me interesa tanto como una cultura que haga de mí y de mis conciudadanos una comunidad crítica. Y como ciudadano se la reclamo a mi ciudad.

 

 


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