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La negación o la minimización de la pobreza
Dr. Bernardo Kliksberg
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Entorno NovEduc - Boletín Educativo/57
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Año II - N°57 - 19.12.2001
EDICIONES NOVEDADES EDUCATIVAS
BUENOS AIRES - MÉXICO
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Estimados todos/as:
En la Argentina se viven, hoy, tiempos muy difíciles. Dado el contexto
actual, queremos compartir con Uds. la columna del Dr. Bernardo
Kliksberg acerca de "La negación o la minimización de la pobreza"
publicada en la Revista Novedades Educativas en julio de 2001.
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La negación o la minimización de la pobreza
Dr. Bernardo Kliksberg
Existe una intensa discusión metodológica sobre cómo medir la pobreza en
la región. Sin embargo, a pesar de los resultados diversos que surgen de
diferentes mediciones, los estudios tienden a coincidir en dos aspectos
centrales: a) las cifras de población ubicada por debajo del umbral de
pobreza son muy elevadas; b) existe una tendencia consistente al
crecimiento de dichas cifras en los últimos 20 años. Las cifras se
deterioraron severamente en los ochenta, mejoraron discretamente en
parte de los 90, pero en los años finales de la década aumentaron
significativamente. En su conjunto, la pobreza es mayor en el 2000 a la
que la región tenía en 1980, tanto en términos de número de pobres, como
en el porcentaje que significan los pobres sobre la población total.
La CEPAL estima, en su Panorama Social de América Latina 2000, que la
población en situación de pobreza creció, desde 1997 hasta comienzos del
2000, de 204 millones a no menos de 220 millones. Analizando la
estructura de la fuerza de trabajo en ocho países de la región, que
comprenden el 75% de su población total (Brasil, Chile, Colombia, Costa
Rica, El Salvador, México, Panamá y Venezuela), la CEPAL constata que el
75% de la población que tiene ocupación “percibe ingresos promedios que
en la mayoría de los países no alcanzan por sí solos para sacar de la
pobreza a una familia de tamaño y composición típica”.
Según refiere el BID (1998), la evolución de la pobreza en América
Latina fue la siguiente:
Como puede observarse, desde los 80 se produce una firme elevación del
número de personas que gana menos de dos dólares diarios. Verrier (1999)
señala que en toda América Latina había, entre 1970 y 1980, cincuenta
millones de pobres e indigentes, pero que en 1998 ya eran 192 millones.
La Comisión Latinoamericana y del Caribe para el Desarrollo Social,
presidida por Patricio Aylwin (1995), considera que se hallan en pobreza
“casi la mitad de los habitantes de América Latina y el Caribe”.
Diversas mediciones nacionales señalan, con las diferencias propias de
cada realidad, la extensión y profundidad de la pobreza. Un informe
detallado sobre Centro América (PNUD-Unión Europea, 1999) señala que son
pobres el 75% de los guatemaltecos, el 73% de los hondureños, el 68% de
los nicaragüenses, y el 53% de los salvadoreños. Las cifras relativas a
la población indígena son aun peores. En Guatemala se halla por debajo
de la línea de pobreza el 86% de la población indígena frente al 54% de
los no indígenas. En Venezuela se estimaba la pobreza entre el 70 y el
80% de la población. En Ecuador, en un 62,5%. En Brasil se estima que el
43,5% de la población gana menos de dos dólares diarios, y que 40
millones de personas viven en pobreza absoluta. Aun en países donde
tradicionalmente las cifras de pobreza han sido bajas, como en la
Argentina, el Banco Mundial ha estimado que está en pobreza casi la
tercera parte de la población y el 45% de los niños. En las provincias
más pobres, como las del nordeste, la tasa es del 48.8%.
Uno de los tantos indicadores del grado de “rigidez” de la pobreza
latinoamericana lo proporcionan las proyecciones sobre niveles de
educación e ingresos. La CEPAL (2000) afirma, sobre su base, que “10
años de escolaridad parecen constituir el umbral mínimo para que la
educación pueda cumplir un papel significativo en la reducción de la
pobreza; si se tiene un nivel educativo inferior a 10 años de
escolaridad y no se poseen activos productivos, son muy escasas las
probabilidades de superar los niveles inferiores de ingreso
ocupacional”. El promedio de años de escolaridad en la región se ha
estimado en 5,2, virtualmente la mitad del mínimo necesario para tener
posibilidades de emerger de la pobreza.
Frente a estas realidades, la alternativa lógica es partir de ellas, y
tratar de encontrar vías innovadoras para enfrentarlas. Sin embargo, en
el discurso público latinoamericano de las dos últimas décadas, ha sido
reiterada la tendencia de algunos sectores a optar por otra vía, la
negación o minimización del problema. La falacia funciona a través de
diversos canales. Uno es la relativización de la situación. “Pobres hay
en todos lados” es el tipo de respuesta utilizado por algunas
autoridades públicas, cuando se les pregunta sobre el ascenso de las
cifras de pobreza en su país. En materia económico-social, lo
conveniente es siempre desagregar los datos, y tener una perspectiva
comparada e histórica para saber cuál es la situación real. Los países
desarrollados tienen efectivamente también porcentajes de población
ubicados por debajo de la línea de pobreza. Pero hay varias diferencias.
Por una parte, las cifras difieren muy fuertemente. La población pobre
es normalmente en ellos menor al 15%. Es muy diferente tener entre una
sexta y una séptima parte de la población en situación de pobreza, a
tener a casi la mitad de la población en ese estado. No sólo es una
diferencia cuantitativa, es otra escala, que implica considerables
diferencias cualitativas. En los países desarrollados se habla de
“islotes" de pobreza, o de “focos" de pobreza. En vastas áreas de
América Latina, es muy difícil reflejar la realidad con ese lenguaje. La
pobreza es extensa, diversificada, y tiene actualmente incluso una
fuerte expresión en las clases medias, en donde el deterioro de sus
bases económicas ha generado un estrato social en crecimiento denominado
“los nuevos pobres”.
No hay "focos de pobreza" a erradicar, sino un problema mucho más amplio
y generalizado que requiere estrategias globales.
Por otra parte, la comparación estricta podría llevar a identificar que
la brecha es aún mucho mayor. Las líneas de pobreza utilizadas en los
países desarrollados son mucho más altas que las empleadas normalmente
en América Latina. Así, entre otros, la difundida tendencia a medir la
pobreza considerando pobres a quienes ganan menos de 2 dólares diarios
es muy cuestionable. En todos los países de la región, la línea de
pobreza está muy por encima de esa cifra.
Otro pasaje usual del discurso negador es la afirmación de “que pobres
hubo siempre”, por tanto, no se entiende por qué tanto énfasis en la
situación actual. Allí la falacia adquiere el tono de la ahistoricidad.
Uno de los razonamientos más utilizados cuando se trata de relavitizar
un problema grave es quitarle el piso histórico. La pobreza ha existido
en América Latina desde sus orígenes, pero el tema es ¿cuáles son las
tendencias presentes? ¿En qué dirección apuntan, van hacia su
disminución, su estancamiento, o su incremento? En los últimos 20 años
parece haber suficientes evidencias para preocuparse. Los indicadores
han experimentado un deterioro; con altibajos y variaciones nacionales,
las cifras han ascendido. Son muy pocos los casos en donde ha habido
reducciones de consideración.
La falacia de desconocer o relativizar la pobreza no es inocua. Tiene
severas consecuencias en términos de políticas públicas. Si hay pobres
en todos lados, y los ha habido siempre, ¿por qué dar al tema tan alta
prioridad? Hay que atenuar los impactos, pero no asustarse. Basta con
políticas de contención rutinarias. La política social no es la
importante. Es una carga de la que no es posible desprenderse, pero como
se trata de afrontar un problema que siempre existirá y todos los países
tienen, cuidado con sobrestimarla. El enfoque lleva a políticas sociales
de muy bajo perfil, y a una desjerarquización de todo el área social. En
algunas de las expresiones más extremas de la falacia, se procuró, en la
década pasada, eliminar, de las agendas de reuniones relevantes, la
"pobreza", viéndola ya en sí como demasiado cargada de connotaciones.
Además de conducir a políticas absolutamente incapaces de enfrentar las
realidades de pobreza, la falacia expuesta entraña un importante
problema ético. No sólo no da soluciones a los pobres, lo que lleva a la
perduración y acentuación de situaciones de exclusión humana antiéticas,
sino que va aún más lejos, a través de la minimización y la
relativización está cuestionando la existencia misma del pobre.
Bernardo Kliksberg es asesor de ONU, OEA, OIT, UNICEF y otros organismos
internacionales. Coordinador del Instituto Interamericano para el
Desarrollo Social (INDES/BID). Entre otras distinciones, designado
profesor honorario por la UBA. Autor de numerosas obras, entre las
últimas: Capital social y cultura (FCE, 2000); La lucha contra la
pobreza en América Latina (FCE, 2000); Pobreza. Un tema impostergable
(FCE, 1997); Desigualdade na America Latina (UNESCO, Brasil, 2000). Las
opiniones expuestas en este trabajo son del autor y no representan
necesariamente las de la organización donde se desempeña.
Este material fue cedido por el autor a Novedades Educativas para ser
difundido, a través de la revista, entre los docentes, apuntando a su
capacitación integral. Fue publicado en la edición N°127 de la Revista
Novedades Educativas, julio de 2001.
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