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Podemos
quedarnos tranquilos o terminar de
inquietarnos: siempre habrá un
creador cinematográfico dispuesto a
abalanzarse sobre una obra literaria,
capaz de despellejarla o de conferirle
nuevos fulgores. No siempre se sabe
con certeza, claro está, qué es lo
que incita a guionistas y realizadores
a hincarle el diente a la monumental
obra de Marcel Proust, o a los magníficos
cuentos de Silvina Ocampo o a ese
prodigio teatral que son las piezas de
Tennessee Williams.
Algunas
veces son la afinidad estética y
cierta manera de percibir el mundo las
que contribuyen a producir ese
encuentro. Otras, es la búsqueda de
prestigio y aun el esnobismo lo que guía
a escritores y realizadores, seguros
de que la asociación con autores de
renombre les proveerá el anhelado
reconocimiento de las academias.
También
están la pereza intelectual y la
falta de ideas, desde luego: en toda
novela más o menos decente hay una
buena estructura dramática y una
galería de personajes que, si son
trabajados con oficio y sagacidad
narrativa, simplifican las cosas. El
resto es intención artística, la
posesión de un lenguaje personal, el
propósito moral que guía a un
creador toda vez que decide ofrecer su
mirada del mundo. ¿Pero a quién le
importan estas cuestiones en un mundo
diseñado según las enseñanzas del
marketing y cuyo auditorio planetario
ha sido moldeado de acuerdo con los
dictados de Hollywood? ¿Hay alguien
allí?
Un
par de cuestiones invitan a pensar en
estos temas. La primera la constituyen
dos emprendimientos en los que
interviene el Instituto de Cine: una
serie de programas para televisión
basados libremente en obras literarias
argentinas (de Haroldo Conti y Rodolfo
Walsh a Esteban Echeverría y Gregorio
de Laferrére y de Julio Cortázar y
Silvina Ocampo a Guillermo Saccomano y
Antonio De Benedetti, toda una muestra
de pluralidad estilística), que
difundirá Canal 7, y un ciclo de
telefilms denominado "Amores
ciegos" (cuyo menú literario va
de Adolfo Bioy Casares y Juan Carlos
Onetti a Marcelo Birmajer y Carlos
Fuentes), un proyecto compartido con
España que, como el anterior, tuvo un
amplio respaldo de José Miguel
Onaindia, quien desde sus oficinas del
Instituto de Cine espera afianzar el año
próximo las relaciones entre cine y
televisión.
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El
otro motivo es el espléndido ensayo
"Cine/Literatura, ritos de
pasaje", con el que Sergio Wolf
examina la enmarañada red de riesgos
y operaciones que entraña la adaptación
cinematográfica. O, para decirlo con
él, la transposición. La adaptación,
advierte, parece insinuar que es la
obra literaria, opulenta en formas y
significados, la que "en su
pasaje al territorio del cine no
contemplaría más que pérdidas o
reducciones"; es ese ordenamiento
jerárquico, la idea de que el cine es
el último furgón de las bellas
artes, el que procura poner en discusión.
Wolf se encarga de analizar -y lo hace
de un modo exhaustivo- las arduas
decisiones que demanda la aproximación
a una obra literaria, a la que a
menudo críticos y espectadores le
reclaman fidelidad. Pero la fidelidad
es, observa, un territorio brumoso.
Y
las comparaciones no son sólo
odiosas: suelen ser el fruto de una
memoria caprichosa e incompleta.
Sucede a menudo que cuando abandonamos
la sala cinematográfica, y
despotricamos contra el realizador que
sentimos que acaba de destruir una
novela, tenemos un recuerdo vago del
original literario; la memoria invoca
apenas una atmósfera -"el aroma
que persiste del libro", dice
Wolf- y se deshace de consideraciones
acerca de la estructura dramática, la
transposición de lenguajes o el
delineamiento de personajes. Lo que
impera a primera vista es el efecto o
sentimiento que, a su turno,
promovieron ambas obras en el lector y
el espectador.
Le
pregunto a Oscar Barney Finn cuál es
su experiencia en el aula de estudios,
de qué manera piensan el tema sus
alumnos. Le sobra autoridad en el
tema: Barney ha construido una obra
cinematográfica, teatral y televisiva
que con mucha frecuencia recreó
piezas literarias, desde sus ciclos
consagrados a Manuel Mujica Lainez
("El coleccionista",
"El dominó amarillo") hasta
sus incursiones en el universo de
Kafka o de Anouilh.
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* *
Dice
que es una experiencia desalentadora.
Los jóvenes no leen, y tampoco ven
cine.
"Todavía
recuerdo la expresión de asombro y
aturdimiento de un muchacho a quien le
dije, después de ver uno de sus
trabajos, que tenía características
pinterianas." Barney dice que el
alumno no estaba seguro de que fuera
un halago o una reprobación:
sencillamente, no conocía la obra de
Harold Pinter. "Si un estudiante
quiere filmar, tiene que tener
noticias del surrealismo, del realismo
poético francés o de la nouvelle
vague. Es impensable que no sea así,
y no sólo porque ese conocimiento
enriquecerá su universo estético y
su horizonte artístico: en caso
contrario, siempre creerá que en sus
trabajos está inventando algo, que
nadie lo ha hecho antes que él."
Saquear:
ésa es la palabra que pronuncia
Barney. Un creador debe saquear la
obra literaria, reinterpretar aquello
que lee, trabajar en libertad, sin
miedos. Sólo exige que, a cambio, el
autor demuestre sentirse seducido por
la obra que tiene entre manos, y mucha
honestidad intelectual. Y advierte
que, si está vivo, también el autor
debe ser generoso, desprenderse de su
propia vanidad y dejar hacer.
"Los franceses son tremendos:
creen que pueden hacer y deshacer con
Borges, pero ponen el grito en el
cielo si uno se mete con sus
autores."
Por
Víctor Hugo Ghitta
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